Por Esteban Illades

La semana pasada, con un retraso inusual para un partido que tiene mayoría en el Congreso, la Cámara de Diputados aprobó el presupuesto de Egresos de 2020, ese instrumento que define cómo se gastará el dinero el próximo año.

El presupuesto no tiene mayores sorpresas: recortes a lo que le parece inútil al presidente –órganos autónomos como el INE, el Poder Judicial, la defensa del medio ambiente– y aumento de dinero a lo que le importa –gasto social a través de becas, en su mayoría–. 

Pero hoy no toca ocuparnos de eso. Toca ocuparnos de lo que sucedió alrededor de la aprobación: entiéndase, el papel que jugaron los partidos políticos que supuestamente nos representan en el Congreso.

Empecemos por Morena.

El partido con mayoría en San Lázaro se metió en un pleito interno del cual no logra salir, al grado de que tuvo que convocar a una sesión en una sede alterna, porque no se podía entrar a la cámara de Diputados. A diferencia de otras ocasiones, el pleito no era con organizaciones externas –como, por ejemplo, el sindicato de maestros en sexenios anteriores. 

No, aquí fue el propio Morena el que se torpedeó a sí mismo. Esto se debe a dos cosas: la primera es que la orden presidencial era que se aprobara el documento sin moverle ninguna coma. Y de hecho, así se hizo. Incluso una diputada llegó a quejarse que el documento presentado por Morena ante el Congreso venía, literalmente, firmado por la Secretaría de Hacienda (y sí, el presupuesto lo elabora el gobierno, pero el punto es que Morena en serio no se tomó la molestia de ajustar absolutamente nada). 

La segunda, que el ala campesina del partido quería mayores recursos para el campo. Podemos debatir sobre si esos recursos los querían en verdad para ayudar a sus representados, o si sólo querían hacer caravana con sombrero ajeno, pero el caso es que una parte importante de Morena no quería que el presupuesto pasara como llegó. Sin embargo, se les mayoriteó, se les movió el Congreso del lugar, y al final el presidente logró lo que quería: su presupuesto sin cambios mayores.

Foto: Pedro Gonzalez Castillo/Getty Images

Pero esa discusión fue adentro del partido. No se hizo pública, no se hizo en las tribunas de la Cámara. En lugar de tener un cuerpo legislativo que nos mostrara qué discute y por qué, lo que tuvimos fue una movida como las de antaño: a la población no se le justifica lo que se hace en su nombre.

Y, pues, sobra decirlo, qué clase de representación es ésa, aquella que sólo cumple lo que pide el presidente sin discutir. Una representación como las del priismo del siglo XX, de ésas de lo que “lo que diga mi dedito” y “sí, señor presidente”. La facción más grande del Congreso no puede pensar por sí misma, aparentemente. Ni a nombre de sus ciudadanos, tampoco.

Dirán algunos que está bien, que qué bueno que la bancada del presidente sea una oficina que sólo alza la mano cuando se le pide. Pero se supone que el Congreso es el órgano deliberativo de los tres poderes; es decir, donde se discuten las leyes, donde se reflexiona. En esta ocasión, como en otras tantas, la reflexión brilló por su ausencia.

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Foto: Noticias Congreso

Del otro lado estuvo la oposición, que sólo atinó a decir que no y ya. No fue a la sesión que se convocó en Santa Fe, no discutió porque se rindió de antemano. Como la ley prevé que el presupuesto se aprueba con mayoría de votos y nada más, decidió no entrarle a la pelea. Los morenistas se burlaron, diciendo que no aprobaron el presupuesto porque ya no tenía los moches que antes se repartían. Y la oposición… se quedó callada. No discutió, no propuso, no intentó. Dejó que Morena hiciera y deshiciera sin siquiera alzar la voz. Fue el Veracruz de la política nacional.

Pese a tener tanta polarización política en redes sociales, para tener tanta animadversión de posturas ideológicas en la discusión pública, el Congreso actuó como siempre, como si nada de eso existiera. Faltó a sus responsabilidades más básicas. En lugar de debatir lo público, como se ha hecho desde hace milenios en distintas sociedades, actuó como si no fuera importante. Como si no estuviera representando a nadie. Volvió a actuar como hizo durante la mayor parte del siglo pasado.

Y pues se supone que México ya cambió, ¿no?

No sólo con la llegada de la autodenominada Cuarta Transformación en 2018. El cambio había llegado con la aparición de una oposición seria desde que se dio la apertura política de finales de los 70. Desde ese entonces parecía que, con el paso de la historia, cada vez veríamos mayor diálogo, más discusión, más choques; vaya, mayor interés en defender posiciones, fuese por ideología o fuese porque su papel como legisladores sí les importaba. 

Pero no, otra vez hubo involución política. La oposición de ahora, que había sido oposición antes, pero que también ha pasado por el poder, ya no atina a entenderse a sí misma o a quién representa. Es un grupo de personas que no sabe para qué se levanta a trabajar más que para checar tarjeta y devengar un sueldo. Y el partido del presidente es literalmente el partido del presidente, su apéndice. No es una fuerza política, no es una unión de corrientes. Es sólo el dedo que aprieta el botón para que el tablero electrónico muestre una lucecita verde que les dé permiso de aplaudir.

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Esteban Illades

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