Con peras y manzanas: ganó Biden, qué sigue

Por Esteban Illades

Después de varios días de incertidumbre, Joe Biden, el candidato demócrata y exvicepresidente de Estados Unidos, fue electo presidente de Estados Unidos. El mundo entero así lo reconoció; partes de nuestro país vecino explotaron en júbilo ante la noticia. Sólo hubo algunos que se negaron a aceptar el resultado.

El primero fue, sin sorpresa alguna, Donald Trump. El todavía presidente de EEUU llevaba meses diciendo que sólo reconocería los resultados de la elección si le favorecían a él; de lo contrario gritaría fraude. Y eso es exactamente lo que está haciendo: desde el martes por la noche asegura, sin presentar pruebas, que el partido Demócrata le robó la elección. Hasta Fox News, que durante los últimos cuatro años fungió como vocero de Trump, se ha desmarcado: ayer cuando la secretaria de prensa del gobierno actual, Kayleigh McEnany, dijo que había un fraude masivo, Fox cortó la transmisión y dijo que no podía dejar que ese tipo de mentiras se transmitieran en su espacio –la hipocresía les pasó por completo por encima: Fox se dedicó a difundir las mentiras trumpistas desde antes de la elección pasada; pero sólo ahora que el presidente va a perder la cadena dice tener escrúpulos.

Sin embargo, el desmarque es claro: los medios han abandonado al presidente Trump. Los mismos que lo encumbraron ahora lo ignoran.

Al no haber sido un triunfo decisivo –muchos pronosticaban que Biden barrería con Trump–, el partido Republicano ha decidido evitar la autocrítica. No sólo eso, se ha atado al destino de Trump. Mitch McConnell, líder en el Senado, ya dijo que no llamará a Biden presidente electo; muchos de los diputados republicanos han comenzado a circular la paparrucha del fraude en sus redes. Decidieron que se hundirían con el barco porque el barco obtuvo más de 70 millones de votos; algo podrán rescatar de ahí.

Pero ése será su legado: cederle todo a Trump hasta el fin.

En otras latitudes, son pocos pero notorios los líderes que han decidido no felicitar a Biden. Entre ellos China y Rusia, los dos enemigos perpetuos de EEUU; también Turquía, cuyo presidente ha forjado un gran compadrazgo con Trump.

Y, aunque usted no lo crea, México también forma parte de este selecto grupo.

Tan pronto las cadenas televisivas hicieron las cuentas con las que Biden salía vencedor –lo cual es un tema en sí mismo: el poder de los medios en Estados Unidos–, los países que más problemas han tenido para lidiar con Trump fueron los primeros en reconocerle el triunfo a Biden. Justin Trudeau de Canadá lideró la carga; poco después se sumó Angela Merkel. Luego se agregaron países amigos al gobierno actual –ahí está el Reino Unido– y más tarde hasta los que uno jamás creería que participarían tan pronto en una victoria demócrata: Nicolás Maduro de Venezuela, Benjamín Netanyahu de Israel, Cuba… hasta el Dalai Lama andaba en humor de fiesta.

Pero de nosotros, cero. Cierto es que el presidente estaba en Tabasco supervisando el trabajo para contener inundaciones, pero cierto es que desde el martes su cuenta podría haber tenido preparado un tuit o video en cualquiera de los dos sentidos.

Nada de eso. Como siempre prefiere, dio a conocer lo que tenía guardado en su ronco pecho y volvió a hacer que un tema de trascendencia internacional –la elección presidencial de nuestro principal socio comercial, la elección presidencial del país que todavía puede considerarse como el líder del mundo– se tratara sobre él. Todo lo regresó al supuesto fraude de 2006, y demostró que ese evento marca cualquier idea que tenga o decisión que tome. 

Los reclamos desde Estados Unidos no se hicieron esperar. Representantes y senadores demócratas –incluidos unos bastante bien conectados con la administración entrante, como Joaquín Castro, quien también tiene un papel importante en el Comité de Relaciones Exteriores de la cámara de Representantes–, mostraron desde desconcierto hasta enojo con el presidente de nuestro país. Más porque, dicen, si algo quiere Biden es iniciar una nueva etapa entre ambos gobiernos.

Pero bueno, tampoco es que vaya en contra de cómo es el presidente: mucho de lo que hace 1) es para que se hable de él, 2) responde a sus creencias individuales/personales; por más que tenga asesores o expertos en ciertos temas, él siempre tomará la decisión sin escucharlos. No por nada en varias ocasiones ha demostrado, en público, falta de entendimiento básico de diversos asuntos.

Y en ésas estamos. Tampoco es que Biden le deje de dirigir la palabra al presidente como si el mundo fuese una secundaria; pero sí es claro que la relación será mucho menos cercana que con Donald Trump. Para empezar, es poco probable que el presidente salga del país por segunda ocasión, dado que no le interesa, y dado que no habrá la amenaza de aranceles u otros castigos en caso de no cumplir con una demanda en concreto.

Pero lo que sí podrá suceder, y eso en parte porque los demócratas tienen un fuerte componente sindical, es que Estados Unidos le exija a México que cumpla con su parte del nuevo Tratado de Libre Comercio; y ahí, a diferencia de Trump, que tiene memoria de pez, Biden sí será más duro en sus exigencias. Y ahí es que el asunto quizá suba hasta un tono menos cordial.

Me adelanto. Lo que sigue es lo siguiente: los republicanos intentarán descarrilar el triunfo de Biden con recuentos, pero Biden igual será el presidente. Él tendrá que encontrar una manera de lidiar con 70 millones de personas que o no lo quieren, o de plano lo odian. Tendrá que hacer que su país reduzca contagios de covid-19, y tendrá que reparar todo el daño que hizo Trump durante estos cuatro años. Todo eso mientras el candidato que perdió la elección le grita “phony”, o lo que es lo mismo, espurio.

Dónde hemos escuchado antes…

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Esteban Illades

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