Por Guillermo Núñez Jáuregui

Como los encabezados de periódicos, el imaginario popular ya ha dado cuenta del retorno del fantasma nuclear que se desprendió de la Guerra Fría. No sólo han vuelto relatos sobre los “hijos del átomo”, los mutantes, sino que el cine de monstruos (de Godzilla a King Kong) ha regresado a las grandes pantallas. Se trata, como todo mundo sabe, de una de las ramas más fructíferas de la ciencia ficción catastrófica. En cambio, son escasos los filmes de impulso utópico que atienden otras de las obsesiones de la posguerra: la exploración espacial (que también puede verse, claro, como una veta de la carrera armamentista). Los que han gozado de popularidad en nuestro siglo parecen estar condenados a explorar tópicos como la sobrevivencia, la superación personal o el manejo de crisis de relaciones públicas (como se vio, por ejemplo, en Gravedad, la cinta de Alfonso Cuarón de 2013; o en Misión rescate, la cinta de Ridley Scott de 2015). Llama la atención que incluso filmes logrados (donde sí se aprecia el impulso utópico) como Interestelar (2014, de Christopher Nolan) también deban atender el tópico de la sobrevivencia y la catástrofe. La renovada saga en torno a Alien (la más reciente entrega fue este año, a cargo de Scott), parece sugerir que la exploración del espacio exterior está marcada por el horror.

¿Qué hay, entonces, del espacio interior? ¿No goza de mejor prensa? Las ansiedades a las que nos somete la experiencia acelerada del tiempo móvil parecen reflejarse no en filmes sobre viajes en el tiempo, sino de un tiempo dislocado o maleable (Primer, Al filo del mañana, Looper, Source Code, Arrival…). Y la manera en que las nuevas tecnologías afectan nuestra vida interior (incluyendo bodrios que celebran la sociedad del rendimiento, como Limitless, de 2011), también ha sido atendida por la ciencia ficción, en filmes notables como Ex Machina, Her, Under the Skin (y no tan notables, como Chappie), por no hablar de Inception, que también logra mostrar la manera en que la experiencia del tiempo se distingue de su medición. A pesar de la manera inusitada en que mucho de la ciencia ficción reciente atiende estos fenómenos, no deja de ser curioso que algunas de estas obsesiones ya hayan sido machacadas previamente. El “espacio interior”, por ejemplo, fue tematizado de manera literal en un filme taquillero que este año cumplió treinta años: Viaje insólito (o Innerspace, de 1987), de Joe Dante.

Si el mito de la desmaterialización ya tiene un largo bagaje histórico, lo mismo debe decirse de su condición material, la miniaturización. No debe pasarse por alto que el filme de Dante (uno de los muchos que entonces fueron producidos con la venia de Steven Spielberg) fue, a su vez, una nueva versión de Fantastic Voyage (1966, de Richard Fleischer). La comedia de aventuras de Dante –que trata sobre un piloto que recorre el interior de un hombre común– parece responder a la obsesión de una economía maravillada por la miniaturización de circuitos integrados, o microchips: la tecnología de posguerra (el primero fue construido en 1959) se perfeccionaría entre los setenta y ochenta (el filme se desarrolla en las calles de San Francisco pero también en… Silicon Valley). Llama la atención que filmes como éste o el posterior Querida, encogí a los niños (1989) trataran a la miniaturización desde las coordenadas de la comedia de aventuras, dirigida a toda la familia, cuando el tratamiento del mismo tópico, en la década de los cincuenta (como en la novela El increíble hombre menguante de Richard Matheson) o a finales de los setenta (con la serie Tierra de gigantes) se abordara desde tonos más sombríos.

Pero parece que la miniaturización no es tan divertida como se creía. A finales de año Alexander Payne volverá a este tópico con lo que promete ser una sátira sobre la sociedad del rendimiento (con Downsizing, a estrenarse en diciembre, sobre un hombre que descubre que llevaría una vida más fructífera si bajara costos… minimizándose). Mientras que en el mundo del diseño y la arquitectura la micro-vivienda tiene años de gozar popularidad, (todo sea por el aprovechamiento del espacio, la funcionalidad y el rendimiento), uno debe preguntarse si la sátira no llega demasiado tarde.

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj

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