Por José Ignacio Lanzagorta García

A lo largo de la última década una buena parte de la conversación sobre lo público se agilizó y se horizontalizó al digitalizarse. Los fascinantes intercambios entre las primeras generaciones de blogueros fueron quedando atrás para abrir paso a formas interactivas mucho más dinámicas y con muchos más participantes. Aunque Twitter y Facebook fueron creados unos cuantos años más atrás, ha sido en esta última década que fueron masificándose cada una a su ritmo, con sus lógicas y limitaciones, para alojar una comunicación fluida. Más allá de sus dramas empresariales, del entusiasmo o escepticismo ante su irrupción, de los apresurados análisis políticos sobre sus impactos y del aprovechamiento de sus cientos de miles de millones de palabras convertidas en datos, empieza a ser posible hacer una historia de ellas como objetos en y de la cultura contemporánea.

Pesimistas y optimistas han abundado siempre. La asfixia del presente a veces nos impide tomar distancia para no elaborar conclusiones catastróficas o utópicas sobre los efectos de algo que no ha dejado de ser novedad. Sin embargo, creo que es posible convenir que esta comunicación horizontalizada es, por lo general, agresiva, impaciente y politizada. Quienes hicieron prestigio de su voz y su pluma en otros canales y tiempos, encontraron en las redes a lectores hirientes y groseros. Sus voces y textos tenían una recepción inmediata y pues… se sacaban de onda. No era raro encontrar poco tiempo después de su primera inmersión en redes, la columna o la participación de radio o televisión de estos gurús desencantada ante el furor de la hipercomunicación. Y cómo no: era más fácil para ellos presentar una idea o argumento en un medio vertical, imaginando receptores reflexivos tomando apuntes, en vez de troles.

Esta agresividad, impaciencia y politización de la comunicación en redes nos ha dado una serie de fenómenos –a veces atroces como hostigamientos masivos, granjas de usuarios corporativizados en torno a algún fin político, entre otros– que han servido para quienes han querido aprovecharlos. La comunicación política ya no puede ser la misma que antes y tampoco la mercadotecnia. Y a veces es difícil no resultar intimidado por las tácticas que deliberadamente potencian o detonan estas dinámicas de agresividad, impaciencia y politización en redes. Ante esta intimidación, algunos se apresuran a llamar a la regulación de las redes o, de plano, las abandonan. Todo esto es el pan nuestro de cada día y sobre esto hay ya ríos de tinta, investigación formal y análisis de ocasión, todos partiendo de lo incipiente y volátil del fenómeno.

discusión redes sociales

Imagen: Shutterstock

Sin embargo, hay un fenómeno adicional relacionado con esto que suele pasar inadvertido en la conversación cotidiana, pero que en el mundo editorial ha comenzado a llamar la atención. Se trata de una modificación en los hábitos de escritura fuera de las redes, especialmente en los géneros periodísticos. Tenía que haber sido mi propio editor quien me dio a conocer esta reflexión que se ha estado haciendo en la materia. Este acercamiento inmediato con lectores híper reactivos que dan las redes tiene a los escritores al borde de un ataque de nervios y los impulsa a convertirse en comentócratas complacientes. En consecuencia, se apresuran a escribir más rápido, textos más breves, más obvios y, sobre todo, más pobres en términos literarios. Y agregaría que, con el tiempo y a medida que conocen mejor a sus audiencias, también se vuelven más sectarios: complacer a la burbuja, a la cámara de eco. El resultado ha sido textos hechos bajo fórmulas probadas, con figuras retóricas mínimas y argumentos sencillos. La literalidad es una meta de estas nuevas plumas, pues cualquier cabo suelto, cualquier cosa sujeta a interpretación, puede significar días de troleo.

Mi editor, un amante de las buenas letras, mira este panorama con cierto pesimismo. Si se creyó que la era hipertextual traía consigo un florecimiento de las letras en los géneros periodísticos, lo que se mira es todo lo contrario. La máxima vigilancia sobre los textos breves en los redes sociales asfixian la creatividad y la innovación literaria. Se debe ser lo más claro, lo más explícito, lo más literal.  A veces no sé si coincidir con él o no. Un extraño optimismo me da a pensar que el espíritu del tiempo justamente impone restricciones de formato que más que asfixiarlas, les exige más a la creatividad y a la innovación. Es decir, quien tenga las herramientas para producir textos que satisfagan la literalidad y la sencillez en una primera lectura, pero que consiga transmitir un mensaje más profundo a través de formas que tal vez pasen inadvertidas, podría marcar la pauta de las y los mejores escritores de nuestro tiempo.

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José Ignacio Lanzagorta García es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito