Por Esteban Illades

La semana pasada el presidente López Obrador dio un anuncio sorpresivo en su conferencia matutina, de ésos que le gustan y dominan los ciclos noticiosos durante días. El anuncio fue que la refinería de Dos Bocas, en Tabasco, cuya construcción había mandado a una licitación limitada –es decir, a un concurso entre cuatro compañías especializadas–, sería llevada a cabo por Pemex, la paraestatal que desde hace medio siglo no participa en este tipo de proyectos.

Según el presidente, el motivo para declarar desierta la licitación fue que una de las cuatro empresas se retiró y las otras tres dijeron que no podían entregar el proyecto en el tiempo y los costos establecidos; tres años y ocho mil millones de dólares.

Que las compañías –repito, especializadas– dijeran que no se podía es lógico: los proyectos a esa escala y complejidad requieren de eso, complejidad en planeación y ejecución. Quienes han intentado desafiar estos requisitos –como Brasil o Venezuela a principios de siglo– se han encontrado con sobrecostos masivos y períodos de construcción duplicados e incluso triplicados. También con proyectos inconclusos y abandonados.

Las compañías que participaron en la licitación se negaron a prometer cumplir lo exigido por el presidente por simple lógica: no se puede.

Sin embargo, el presidente piensa distinto, y aquí hay algo digno de analizar. Para él y su gobierno, la construcción de un proyecto tan grande de infraestructura no pasa por lo técnico, sino por lo anímico. Por eso no ha anunciado ni planes ni planos aquí, o para el aeropuerto de Santa Lucía o para el Tren Maya. Porque para el gobierno eso es secundario.

FOTO: EDGAR JASSO /CUARTOSCURO.COM

Y ése es el mensaje que transmite, que por un lado cree el presidente y por otro contagia a sus seguidores. A raíz del anuncio sobre cómo Pemex se encargaría del levantamiento de Dos Bocas no faltaron quienes dijeron que los mexicanos lo podemos todo. Que si nos arremangamos y metemos los brazos al lodo alzaremos esto como lo hizo Lázaro Cárdenas en los años 30, junto con los ingenieros nacionales, y en plena afrenta a todos aquellos que dijeron que no era posible entonces ni es posible hoy.

Se trata, pues, de la voluntad no sólo como discurso, sino como fundamento de un sistema de gobierno: adiós a la técnica, despídanse de los datos. Los expertos no importan porque antes que ellos estamos nosotros, y nosotros sabemos lo que queremos y lo que necesitamos, y por ello somos capaces de construirlo.

Es –ni siquiera vale la pena decir “toda proporción guardada”, porque es exactamente el mismo mensaje– como cuando en el Mundial la fiebre de la selección contagia al país. Es el Chicharito Hernández pintándose el pelo y diciendo que pensemos cosas chingonas, que México puede ser campeón del mundo porque el deseo del Chícharo y de Layún puede con todo y más.

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Pero también es la selección de Brasil enfrente, o en este caso la realidad: no porque uno quiera que algo suceda es que sucederá. No porque trabaje muy duro lo conseguirá. Hay otros, muchos, factores en juego, factores que no dependen del ánimo del futbolista o del presidente.

En el caso de la selección es una selección brasileña con mejores futbolistas, con jugadores más talentosos. Y una selección mexicana cegada por su orgullo y su soberbia.

En el caso del gobierno es la realidad la que le planta cara: una refinería no sólo no resolverá los problemas energéticos del país, sino que su construcción –que implica el gasto cuantioso de recursos– causará más daño que beneficio. Daño ambiental, por un lado, porque ninguna refinería es limpia. Daño a una compañía que está casi quebrada, y que debería invertir el dinero que tiene en rescatar lo que vale la pena rescatar. Daño al erario mexicano, cuyo dinero debería gastarse en temas más apremiantes, como los graves, gravísimos problemas de abasto de insumos en hospitales públicos, por poner un solo ejemplo.

Pero eso es accesorio, no principal, para el gobierno. Porque la voluntad lo puede todo. Y porque esos daños seguro no importarán cuando los mexicanos rescaten a México, porque quién más si no ellos para amarrarse las agujetas y ponerse a trabajar, o ése es el discurso. ¿A trabajar en qué? He ahí el asunto. A trabajar –y desperdiciar su talento– en construir, valga la imagen, un elefante blanco.

Sólo que en este caso será negro porque estará cubierto por chapopote.

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Esteban Illades

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