Por Diego Castañeda

En la historia de la economía mexicana, del siglo XX y hasta nuestros días, un tema que ha resultado sumamente complicado es el de hacer una reforma fiscal lo suficientemente profunda para que elimine la crónica debilidad fiscal del país. Muchos intentos se hicieron en el pasado, los más destacados fue el de la famosa reforma fiscal propuesta por el célebre economista Nicholas Kaldor y la que el presidente Echeverría pretendía hacer y que fue saboteada por los empresarios mexicanos de su tiempo.

Hoy en día, al igual que hace 20 o 50 o 70 años, las finanzas públicas del país no son las más sólidas; por ello mismo, nuestra capacidad de hacer cosas nunca ha sido especialmente buena. Si deseamos vivir como un país rico, necesitamos un Estado que pueda proveer de los bienes y servicios públicos de calidad que un país así tiene: el desarrollo cuesta caro y México tradicionalmente no ha tomado las medidas para pagarlo. En algunos casos esto se debió a la facilidad para obtener recursos petroleros al precio de dilapidar la riqueza del momento en lugar de transformarla en riqueza para el futuro. En otros casos, simplemente no se quiso asumir los costos políticos o molestar ciertos intereses económicos.

Por estas razones debemos ver con muy buenos ojos que ya se piense en diseñar una reforma fiscal para los próximos dos años. Una que corrija estos problemas históricos y le dé la capacidad al país de gastar en lo que necesitamos. Por esta razón es bueno que nos preguntemos qué características debe tener la reforma fiscal que necesitamos.  

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1.- Debe ser progresiva: No sólo es un asunto de elemental justicia que la carga fiscal sea progresiva (que se pague más conforme se gana más) y que produzca más escalones que los que existen hoy en día en el ISR, además de todo es un asunto constitucional. Una reforma progresiva permitirá, además de optimizar la recaudación y con ello dotar al país de recursos, hacer frente a la creciente desigualdad en el país. Si bien existen otras formas de combatir la desigualdad, México aún tiene bastante espacio para hacerlo por el lado fiscal, con impuestos progresivos y un gasto eficiente que promueva el crecimiento inclusivo.

2.- Debe considerar los impuestos al capital: México es un país donde se cobran pocos impuestos al capital, contamos con un impuesto a transacciones en bolsa muy bajo. Una forma de limitar este problema sería eliminar las distinciones en la fuente de los ingresos y tratar todos los ingresos por igual, no importa si son un salario o una ganancia de capital, todos los ingresos deben ser sujetos de la misma tasa.

3.- Debe generar incentivos a la recaudación de las entidades federativas: Hoy en día, salvo la Ciudad de México, las entidades federativas dependen de forma casi total en los recursos federales que reciben. Esto, además de generar debilidad fiscal en los estados, produce una fractura en la rendición de cuentas de los gobernantes locales y estatales. Poder gastar sin hacerse cargo de la recaudación impone un límite en los reclamos que los ciudadanos hacen al no ver de forma directa cmo sus contribuciones se manejan. Esto permite que los gobernadores sean muy irresponsables con el gasto ya que no pagan el costo político de tener que recaudar.

Hacer esto no es tarea fácil, por las pocas capacidades que existen en muchos estados y municipios; no obstante, hay formas de mitigarlo a través de convenios que permitan la formación de dichas capacidades y que la recaudación propia sea recompensada con recursos federales.

4.- Debe promover nuevos impuestos progresivos en lo local: Impuestos como las tenencias o los prediales deben ser recuperados. Hoy, México es el país de la OCDE que recauda menos impuestos a la  propiedad, un impuesto además que es muy eficiente, progresivo y genera pocas distorsiones.

5.- Debe incorporar un rediseño del federalismo fiscal y de la distribución de los recursos federales: Los recursos que reciben los estados deben concentrarse en aquellos estados que tienen mayor atraso. La reforma fiscal debe contribuir no sólo a disminuir la desigualdad del ingreso y de la riqueza, debe contribuir a reducir desigualdades regionales.

6.- Debe plantearse elevar gradualmente la recaudación de poco más de 13 por ciento del PIB en al menos unos 3 o 4 puntos: Suficiente para al menos hacer frente al problema futuro de pensiones y para generar mayor inversión pública. 3 o 4 puntos quizá sean insuficientes para mucho, pero es un buen primer paso. Por poner un ejemplo, un sistema de salud universal podría ser factible si, unificando el gasto actual, se sumaran otros 2 o 3 puntos.

7.- Debe verse reflejado en un gasto eficiente: Uno de los problemas que enfrenta el país es que existe muy poca confianza entre la gente respecto a la capacidad de gastar bien. Mayor recaudación por necesidad debe estar atado a mostrar un uso mejor de los recursos; de lo contrario, será difícil vencer la resistencia natural de la población a apoyar una mayor recaudación.

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Una reforma de estas características no es fácil, pero es muy necesaria para el desarrollo del país. Por más que se haga eficiente el presupuesto hay un límite en la capacidad del Estado para hacer cosas y ése ha sido un problema constante en nuestra historia. Si en 2021 logramos tener una reforma de este tipo, probablemente estaremos superando uno de los principales obstáculos para el desarrollo del país. Los países más ricos son aquellos que tienen los recursos para invertir en lo que necesitan; contrario a lo que muchos dicen, la evidencia sugiere que, en la medida en que se usan esos recursos en infraestructura o educación (por poner un par de ejemplos comunes), se favorece el crecimiento económico.

Si existe una lección que debemos tomar de la discusión del presupuesto 2019 es que México necesita con urgencia esta reforma; de lo contrario, viviremos permanentemente quitándole a unos para darle a otros. Ésa no es la forma de construir el país que queremos.

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Diego Castañeda es economista por la University of London.

Twitter: @diegocastaneda