Por Guillermo Núñez Jáuregui

En la fila para pagar el gas me percato de un eslogan: anuncia que la institución bursátil en la que me encuentro es “el banco a la altura del México por venir”. Se sigue que el México del presente no está a la altura del banco. Nada que oponer, pero pensemos en esa curiosa maña, de pensar siempre en un futuro mejor, en las promesas de un país que se mueve, o desplaza, para negar la responsabilidad por el presente. Cuando el gobierno habla sobre la necesidad de mover a México no lo dice, claro, en un sentido literal: finalmente, el país, con el planeta, se mueve. Lo dice y repite en otro sentido, donde el movimiento implica tiempo (y, por descontado, progreso). Claro que el tiempo no implica, necesariamente, progreso: nadie se engaña. Las cosas también se echan a perder con el tiempo.

Me encanta esa boutade de algunas películas de ciencia ficción sobre viajes en el tiempo donde los encabezados de periódicos se transfiguran instantáneamente, cuando algo se ha alterado en la historia (el chiste apareció en Volver al futuro, pero también fue la columna vertebral de Early Edition –donde era el periódico el que viajaba en el tiempo–, y en la miniserie que adaptó a la televisión 11.22.63, la novela de Stephen King). Esos relatos de inspiración pedagógica y moralizante (que le deben tanto a la primera novela de H.G. Wells, La máquina del tiempo, 1895) parten del mismo principio humanista: las acciones del presente importan por la responsabilidad que tenemos con el mañana. Nada que oponer, pero pongamos nuestra atención ahora en otra realidad: la experiencia del tiempo.

Como todos sabemos, la medición del tiempo y su experiencia son dos cosas distintas. El tiempo, para decirlo pronto, es relativo. No hace falta adentrarnos en las complejidades de la física para percatarnos de ello: la duración de un momento puede prolongarse dependiendo de nuestra atención, nuestro estado anímico y, en suma, del estado de nuestro cuerpo. Las cabezas conectadas a audífonos, los ojos puestos sobre una pantalla, obligan a una experiencia del tiempo distinta a la de la mente libre de distracciones. El tedio situacional, como el que experimentamos cuando esperamos nuestro turno en el banco, dista de las profundidades del aburrimiento existencial, que nos pone en el siempre riesgoso contacto con nuestro espíritu (o alma o conciencia, como prefieran). ¿Se ha aburrido un adulto tanto como un adolescente que se está dando cuenta de la amplitud del mundo?

Daniel Chang

Aunque el cine y la literatura (La montaña mágica, A la búsqueda del tiempo perdido, La amante de Wittgenstein… por mencionar casos conocidos) han tematizado y representado las ambivalencias de la experiencia del tiempo, en el cómic también se han desarrollado formas creativas para representarlas. Los golpes de vista que ofrecen yuxtaposiciones de distintas temporalidades han sido explotados por autores como Richard McGuire (responsable del destacado Here, de 2014) o en varios títulos de Chris Ware. Menos logrado, por derivativo, es el trabajo de Cliff Chiang y Brian K. Vaughan en Paper Girls (2015- ) pero merece comentarse porque tematiza –como cierto cine de ciencia ficción espectacular– el tropo del viaje en el tiempo. Como lo hizo en Y: El último hombre (2002-2008) o lo hace ahora en Saga (2012-), Vaughan ha vuelto con Paper Girls a algunos de los lugares comunes de la ciencia ficción popular (sean escenarios distópicos o exploraciones en el Space Opera).

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En el caso de Paper Girls, la fidelidad a la nostalgia, uno de los vicios de la cultura popular reciente, es protagónica. La historia sigue a un grupo de preadolescentes que reparte periódicos en la década de los ochenta; de ahí el uso de una paleta de colores estridentes que evocan la iluminación neón que fue tan popular en la época; o la tipografía Neo-Noir de su portada. Como sea, al margen de los saltos temporales con los que avanza la trama –a unas décadas adelante, pero también a un extraño futuro más o menos steampunk, o a un pasado prehistórico– es interesante la decisión de K. Vaughan de introducir en su trama, constantemente, artefactos de marca Apple, que no dejan de deslumbrar a las preadolescentes. Es uno de los guiños más inteligentes del título (así como la alteración del lenguaje con el paso de las épocas), pues refleja con precisión una de las maneras en las que hoy, obsesionados con la aceleración, viajamos en el tiempo. La comunicación instantánea o las aplicaciones tipo Uber, Lyft o Rappi crean la ilusión del desplazamiento sin fricciones.

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Paper Girls, que lanzará su próximo arco (el cuarto) a principios de octubre, también refleja, con el encuentro simultáneo de distintas temporalidades, otra extraña forma en la que hoy viajamos en el tiempo. Como ha señalado el filósofo italiano Franco Berardi, los desplazamientos temporales son una experiencia común de nuestra época: mientras que en Sillicon Valley se encuentra en pleno siglo XXI (que, ay, sigue siendo misógino y capitalista), en el Medio Oriente se ha viajado en el tiempo a la Edad Media, los EEUU ha vuelto a la época de la Guerra Fría y el Ku Klux Klan, y en México, ¿no seguimos varados en los setenta de la Guerra Sucia y el terrorismo de Estado?

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj

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