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Y así, Internet nos salvó del desamor

Hoy es 17 de mayo, #DíaMundialDelInternet, y en Sopitas.

Hoy es 17 de mayo, #DíaMundialDelInternet, y en Sopitas.com queremos analizar este tema desde distintos escenarios. Empezamos con el primero de ellos…

“Como sabemos, en cosas de amores lo común es fracasar”, dice Ramón Córdoba al inicio de su novela ‘Ardores que matan (de ganas)’. A esta frase yo agregaría: “… y lo era aún más cuando no había Internet”.

Solemos enfocarnos en los avances que la llegada del Internet trajo en materia productiva, musical, económica y de entretenimiento, por citar sólo algunos. Pero, ¿cómo cambió la llegada del Internet la forma en la que nos relacionamos sentimentalmente? Los conservadores dirán que el amor sigue siendo para los valientes que se atreven a buscarlo sin importar los rechazos. Permítanme diferir.

Provengo de una generación partida. Prácticamente la mitad de mi vida la viví aun fuera del gran boom de Internet. Por lo tanto, tengo una idea de lo que era el mundo “sin estar conectados”. Con la llegada de esta red virtual nada volvió a ser igual… ni siquiera el amor.


La vida sin Internet

Tengo muchos recuerdos de mis fracasos amorosos. Uno de ellos viene desde tercero de primaria. Al igual que el resto de mis compañeros de salón estaba enamorado de Mónica. Mi amor por ella estaba condenado a la deriva: yo era un niño gordo, tímido y con nula habilidad para hablarle a una niña. Además mi Dulcinea era la niña más guapa de la escuela y traía tras de sus huesos a otros 20 pelados (sin albur). Aun así, pensaba que no era imposible que Mónica fuera mi novia.

Durante tres días estuve planeando cómo declararle mi amor a Mónica y madrugar al resto de mis competidores. Sería a la hora del recreo, antes de que Mónica se reuniera con sus amigas para jugar a las Barbies. El primer día fui decidido hacia ella, pero cuando se volteó y me miró preferí seguir de frente, preso de un miedo que nunca había sentido. Aunque por dos semanas hice el intento de volverme valiente y abordarla, nunca logré intercambiar ni una palabra con ella. Al próximo curso los papás de Mónica se mudaron y jamás la volví a ver.

Esta historia típica de un loser se repetiría infinidad de veces en los años venideros. Me pasó con Beatriz en sexto de primaria. Un 14 de febrero le regalé un Gato Garfield de chocolate a la hora de la salida, cuando ya no había nadie en el salón, salvo el maestro, que metió su cuchara y frente a ella me preguntó sí Bety me gustaba. Le dije que no y salí corriendo como un vil cobarde.

También fracasé con Jazmín. Ella vivía a una calle de mi casa y cada tarde iba al parque de la esquina a espiarla cuando salía a jugar con sus amigas. Sólo sabía su nombre. No tenía forma de averiguar nada más de ella ¿Acercarme a sacarle información a sus amigas? Impensable, me comerían vivo (aunque de eso pedía mi limosna).

Entonces entré a una secundaria de varones. Mi contacto con mujeres de mi edad y prospectas de novia era nulo. Así pasé varios años de obscuridad… hasta que Internet llegó a mi rescate.

El invento que cambió la vida de los solitarios

Estoy seguro que la historia de los párrafos anteriores la comparto en menor o mayor medida con otros miembros de mi generación.

Claudio fue el primero de mis amigos que tuvo Internet en su casa. Cuando nos invitó a ver de qué se trataba muchos quedaron fascinados con la posibilidad de jugar en línea, otros con las imágenes de mujeres encueradas que podían encontrarse con sólo dar un clic, y otros con la posibilidad de escuchar y bajar canciones en línea. En cambio, a mí lo que me sedujo fue cuando mi amigo entró por un momento a una sala de chat. Claudio nos mostró cómo podía platicar en tiempo real con chicas de nuestra edad, las cuales no sólo vivían en nuestra propia ciudad, sino también en otros estados y países. Aquello me pareció una maravilla.

Con el pretexto de que tenía tarea, cada tarde le pedía dinero a mis papás para ir al café internet. Ahí pasaba horas platicando con otras chicas (espero que hayan sido chicas). Me enamoré de algunas. Con algunas intercambiaba mi dirección de correo electrónico e incluso me atreví a teclearles uno que otro piropo. Aquello no era propiamente nada, pero a mí me sabía gloria.

Tantas tardes en el ciber café hicieron que mis papás contrataran una conexión a internet en casa. Aquello fue mi perdición. Pasaba horas buscando a mi posible esposa. Tantas horas de charla virtual hicieron que fuera entendiendo a las chicas de mi edad. Por lo menos fui aprendiendo qué decirles para que se interesaran en mí. Comprendí qué temas les interesan y cuáles no, cómo hablarles y qué frases podían “moverles el tapete”.

Cuando volví a una escuela mixta ya estaba más o menos preparado para lo qué me esperaba. Si bien aún me faltaba enfrentar a las mujeres ‘frente a frente’, con las armas que contaba me fue más que suficiente para acercarme a ellas. Como es natural, me enamoré de una de ellas, pero ahora tenía al Internet de mi lado.

Del Messenger, Facebook, las tarjetas virtuales y otras maravillas

¿Cuántos de ustedes se han visto beneficiados por Internet con fines amorosos?

Quien ahora escribe estas líneas confiesa haber pasado varias noches charlando por Messenger (Q.E.P.D) con sus compañeras de clase. Varias veces me animé a invitarlas a salir por medio de este sistema de mensajería instantánea. Cómo olvidar los nervios que daban cuando después de formulada la invitación, en la pantalla aparecía el mensaje <<’Fulanita de tal’ está escribiendo un mensaje>>. En el caso de que la susodicha aceptara, había felicidad absoluta. En caso contrario, no pasaba nada, de aquel asunto no se enteraba casi nadie (a menos que la invitada en cuestión fuera una hija de la fregada e hiciera el asunto público, pero esto al menos a mí nunca me pasó).

Mandar postales electrónicas, pensamientos y cartas románticas ya no requería toda una logística. Antes había que hacer una letra más o menos legible sobre el papel, comprar un sobre, entregarlo, esperar el momento adecuado para entregarlo, rogarle a Dios que ninguno de tus amigos burlones viera esa carta porque estabas destinado a semanas de risas a tus costillas. Ahora, basta un clic para hacer llegarle tus sentimientos a la persona que quieras.

Repito, viví ambas etapas. Mandé cartas en papel y también de manera electrónica. De entrada quizá a ellas les parezca más romántico recibir una carta de forma física, pero si el contenido de la misma no tiene substancia, entonces una postal o correo enviado desde la web y con el mensaje correcto puede ser más efectivo.

Dicen que el mundo es de los valientes y sí, pero también lo es de quienes saben sacarle provecho a la red.

Antes, enamorarse era aun más complejo que ahora. En cuanto uno caía idiotizado por otra persona, debía acercarse a ella haciendo acopio de valor. Repito, este reto era todo un goce para los valientes y aventureros que gustan de arriesgarlo todo. ¿Pero y los calculadores e introvertidos?

No había de otra, uno debía hacer acopio de coraje y acercarse. Intentar seducir a la otra persona, averiguar si tiene o no novio, sufrir en su ausencia pensando ¿qué estará haciendo?

Ahora las cosas no han cambiado mucho, pero sí son menos complejas. Con tan sólo tener el nombre de nuestra prospecta, uno sólo necesita del Google para obtener información sobre ella. En Facebook podemos ver si tiene o no pareja, la vida a la que está acostumbrada, sus gustos y afinidades, y el círculo de amigos y lugares que frecuenta. Si tiene blog o Twitter, uno puede enterarse más del día a día de esa persona y de su forma de pensar, así como saber si tiene el corazón roto, está clavada con otro o si se encuentra abierta a encontrar el amor.

Todo esto de andar espiando al objeto de nuestros deseos amorosos, antes era mal visto. Ahora también, pero está de moda y hasta tiene un nombre: Stalkeo.

Hoy los enamoradizos pueden regalar canciones vía online, declararse por medio de videos. Se puede charlar viendo la imagen de otra persona usando Skype y mandar emoticones. Si de plano no pescamos ni un resfriado, siempre nos quedarán los sitios de citas en línea como Match.com.

Por cierto, este sitio que cuenta con más de 60 millones de usuarios por lo menos en Latinoamérica, recientemente realizó un sondeo a 5 mil solteros de ambos sexos, encontrando que las mujeres son más propensas (48%) a investigar el perfil de Facebook de otra persona antes de concretar una cita. Los hombres sólo lo hacen en un 38%.

El Stalkeo en busca de parejas en la red es algo en serio. El mismo estudio refiere que un 27% de los hombres y un 26% de las mujeres aceptan que han “limpiado” la información en su perfil y fotos en Facebook antes de aceptar la invitación de amistad de alguien que les interesa, esto para causar una buena impresión a su nuevo contacto. Algo así como “limpiar la casa” antes de que nos visite alguien importante. El chiste es estar presentables.

El otro lado de la moneda es cuando esas mismas herramientas que nos ayudaron a conquistar son las mismas que pueden hundirnos y llevarnos a una ruptura. Por ejemplo, es bien sabido de muchos casos en los que una pareja rompe debido a fotografías o publicaciones en el muro de alguno de los dos.

Al consolidarse una ruptura, la cercanía que las redes sociales siguen permitiéndonos con la otra persona hace que el duelo se supere más tardíamente. Ya ven, nos gusta tirarnos al drama y echarle más limón a la herida viendo lo bien que se la pasan nuestros ex sin nosotros.

El lado obscuro del amor virtual

Todo en la vida tiene claroscuros. La búsqueda del amor auxiliándonos del Internet no es la excepción. Lamentablemente cada vez son más los casos de delincuentes y maleantes que usan las redes sociales y las salas de chat para enganchar a jóvenes para extorsionarlos o incluso plagiarlos. No se trata de satanizar las relaciones que se dan vía online pues lo mismo puede ocurrirnos “en el mundo real”, pero bien vale la pena tener cuidado con cualquier persona que se acerque a nosotros por este medio, sobre todo si se trata de desconocidos.

Sólo se trata de estar atentos y no caer en excesos de confianza.

El amor no cambia, sólo se transforma

Al final cada quién habla cómo le fue en la feria. No dudamos que haya quién sea capaz de ligar y encontrar el amor sin recurrir a Internet, aunque en estos tiempos, es casi imposible que alguien menor de 30 años no se haya ayudado de la tecnología online para conseguir algún fin amoroso, y claro, a veces sexual, pero ese es otro tema.

No se malentienda este texto. En ningún momento estamos en contra de enamorar a otra persona frente a frente; nada se compara con un intercambio de miradas en un bar, con abordar a quién nos gusta en una fiesta o con vivir la adrenalina de regalar un ramo de flores. Sin embargo, hoy en día aquellos que estabamos condenados a luchar en contra del desamor, ahora tenemos un gran aliado para salir de esa condición: el Internet.

Una vez que el amor salta de los monitores, los tablets y los smartphones al mundo real, Internet seguirá estando presente. Ya sea para mantener a las parejas comunicadas o para causar malentendidos. Es algo inherente al humano.

 Por @gabrielrevelo

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