Lo que necesitas saber:
La fotógrafa Graciela Iturbide tiene un ojo único para capturar la cultura mexicana con su cámara. En 2025 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes.
Existen personajes en México que han dedicado toda su vida a dignificar nuestras raíces más profundas; tal es el caso de Graciela Iturbide, una artista que ha dedicado su vida a capturar en una cámara los rostros, las manos, los paisajes, los rituales, los aromas y las deliciosas atmósferas que coexisten en este país. En ese sentido, más que una fotógrafa, es una tejedora de todas las luces y sombras que deambulan en este territorio en el que nos tocó nacer.

Y es que, en palabras del gran Manuel Álvarez Bravo: “Nadie mira el mundo como Graciela”; para ella, la fotografía es algo más que la técnica para tomar imágenes mediante la acción de luz; es más bien una posibilidad de echar un vistazo al alma verdadera de las cosas y revelarla al mundo a través de la poesía de congelar el tiempo.
Para Iturbide, la cámara no solo retrata realidades, también las transforma. Su proceso es tan simple como poderoso: primero mira, luego el lente succiona su mirada y en ese instante surge la eternidad. De ahí que sus fotografías sobre México sean casi místicas, un mapa intenso que nos deja explorar su manera particular de entender el presente compartido.

En cada pieza que salió de esa cámara legendaria, que la acompaña a todos lados, recordamos que en Juchitán hay mujeres que cargan iguanas, que los pájaros son versos que vuelan y que los altares del Día de Muertos son collages que agrupan fragmentos de lo que fue: flores, amores y un pasado resistente que navega en nuestro interior.
Graciela Iturbide y sus paseos de domingo
Nacida en Ciudad de México en 1942, Graciela creció en una “familia tradicional”, siendo la mayor de trece hermanos. Desde chica siempre fue responsable y profundamente autónoma, por lo que decidió cursar sus estudios en un internado de San Luis Potosí, donde se pudo acercar a las artes.

La parte de la fotografía vino del lado paterno; de hecho, sus primeras imágenes las capturó en la cámara de aficionado de su abuelo; sin embargo, el llamado llegaría hasta muchos años después. Primero se casó, tuvo tres hijos y luego, cuando no quería resignarse a ser solo eso, escuchó en la radio que abrirían una carrera de cine en la UNAM y, ávida de saber más sobre la cultura, se postuló y entró a los 27 años.
El inicio de sus 30 fue casi legendario: se divorció, se enamoró de las cámaras y conoció al gran Manuel Álvarez Bravo. Tras ser su alumna, el profesor le hizo una propuesta fantástica: ser su asistente. Así se inauguraron los paseos los domingos; ambos artistas se iban al campo, sacaban fotos y luego en la tarde las revelaban en un laboratorio. Él la enseñó no a ser fotógrafa, sino una artista multifacética.

En sus primeros años salía a la calle y tomaba pedazos de la realidad cotidiana de las CDMX en los años 70. Luego todo se hizo más profundo: capturó, por ejemplo, una crónica del Festival de Avándaro e hizo un recorrido en imágenes del pueblo Seri, un viaje que le permitió descubrir una de sus grandes pasiones: mezclar el surrealismo con los retratos en blanco y negro.
Graciela Iturbide, la historia de una mujer, una iguana y un pájaro
Para hablar de las fotos de Graciela Iturbide, necesitamos poner el centro en los grandes temas que la han obsesionado desde sus primeros días como artista: la vida, la muerte, la fuerza de las mujeres y, sobre todo, la búsqueda honda de las raíces de lo que fuimos y lo que somos en México.

Estos poemas visuales tomaron su forma en Juchitán, Oaxaca, un sitio donde no solo retrató a la sociedad zapoteca, sino que nos hizo ver el dominante y revolucionario papel que tienen las mujeres en la comunidad. Pocas cosas tan absolutamente genuinas como contemplar Nuestra Señora de las Iguanas, una foto donde quedó inmortalizada la mirada de la maestra Zobeida Díaz.
En su colección de postales sobre Las Muxes comprendemos los matices de un pueblo que está regido por sus propias reglas en el que la cultura es más importante que el género. Un lugar que ha edificado un universo propio invadido por el amor, los colores, las texturas y ojos que anteceden a las palabras.

Finalmente, vale la pena hacerle una mención honorífica a la relación entre Graciela y las aves. Lejos de ser una fijación estética, los pájaros son símbolos que expresan, por un lado, la muerte (sus alas transportan almas que se van) y, por otro, el mundo onírico, ese que irrumpe en el paisaje y lo trastoca.
7 fotos para conocer el alma poética de Graciela Iturbide
La vida de Graciela Iturbide es en sí misma la aventura de amar algo y nunca dejarlo ir. Al respecto, la artista comentó: “La cámara y la fotografía te llevan a lugares íntimos, son un pretexto para conocerte a ti y al mundo.”
Con esto en mente, aquí les dejamos una breve, pero altamente hermosa, galería con sus trabajos más importantes. Obras definitivas que en el 2025 la hicieron merecedora del Premio Princesa de Asturias de las Artes, uno de los reconocimientos más importantes del mundo hispanohablante.








