Por José Ignacio Lanzagorta García

El gobierno de Enrique Peña se acabó en 2014. Él mismo da señales para pensar eso. Ayer, Denise Maerker presentó una buena entrevista con el presidente saliente donde le brindó la oportunidad de exponer y reflexionar públicamente sobre su legado y sus errores. Incluso ante su conocida incapacidad de expresarse elocuentemente, fue contundente al decir que son las reformas estructurales, aquellas que consiguió con el llamado Pacto por México en el curso de sus primeros dos años de gobierno, lo que deja su administración a la sociedad mexicana. También señaló que fue justo al término de ese ciclo, que vinieron los dos eventos que más marcaron su gobierno: el reportaje del conflicto de interés de la casa blanca presentado por el equipo de investigación de Carmen Aristegui y la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotztinapa. ¿Y luego?

Dice Peña que su gobierno ha seguido presente en la vida pública del país tras las elecciones del 1 de julio, pero que naturalmente la prensa está más interesada en cubrir al gobierno entrante. Tiene razón. A todos nos comen las ansias, con filias y fobias, de ver ya movimientos luego de este largo letargo donde los sobresaltos estuvieron de la mano de los gasolinazos de 2017, la impresionante escalada de violencia y los incontables escándalos de corrupción que no hicieron más que acumularse hasta la incapacidad de retenerlos en la memoria. Es cierto, la casa blanca y la noche de Iguala marcaron tanto a la administración que nos resulta difícil el ejercicio de recordar todo lo otro que, en la misma tónica, en el mismo sentido, vino después y que, en suma, derivaron en la aprobación presidencial más baja y en el borrado del PRI en el mapa electoral del país.

Nunca tuvimos muchas reflexiones públicas de Enrique Peña. Salvo algunas esporádicas y escuetas entrevistas, sólo privó la obsesión del evento acartonado con escenografía perfecta, teleprompter y casi siempre varios minutos de retraso. A pesar de todas las señales de desgaste y fracaso de la fórmula, sólo tuvimos el intento por repetir hasta la náusea el éxito meramente comunicacional que lo llevó a la silla presidencial. Necesitábamos de la visita de mandatarios extranjeros para que el presidente mexicano se viera obligado a enfrentar a la prensa en una conferencia y, ya fuera por falta de capacidad o de práctica, los resultados fueron casi siempre desastrosos. Como es de esperarse, no admite conflictos de interés, pero aún así resultó refrescante escucharle admitir errores de comunicación. Que Angélica Rivera no debió salir a regañarnos por tener esa casota fruto de su esforzado trabajo en Televisa. Qué valioso hubiera sido escucharle estas reflexiones… desde 2014. Tal vez así su gobierno hubiera podido relanzarse para los largos cuatro años que le siguieron.

Peña Nieto
Foto: Hector Vivas/Getty Images

Estábamos desacostumbrados a la ausencia de un conflicto postelectoral y el período de transición se siente más largo que nunca, más de lo que ya es. Ya hasta vamos a tener foros y una consulta en octubre como actos de un gobierno que aún no inicia. La administración entrante llega en medio de tantas expectativas después de la sequía de un gobierno presente, activo y responsivo, que la reflexión sobre el sexenio de Enrique Peña corre el riesgo de diluirse, de anularse. Como referente, pensemos que el gobierno saliente de Felipe Calderón, aún en el período de transición, presentó como iniciativa preferente su reforma laboral que hoy se le atribuye a Peña. Probablemente Calderón buscaba limpiarse lo más posible la impresión de su legado de violencia y muerte con la del reformista. No lo logró: se quedó con la imagen de la guerra y Peña, de la mano de la fuerza legislativa del PRI, logró capturar y capitalizar las reformas.

Con todo, el recuerdo de las reformas se desdibujó y, sobre todo, quedó allá, cuatro años atrás, sin poder capitalizar el registro de lo que sí han transformado. Encima, muchas de ellas y al margen de la posición ideológica que uno pudiera tener sobre ellas, no lograron zafarse de las dudas que despertaron los candados que, de origen o de último momento, lograron colocarle los miembros del Pacto por México para descafeinarlas, limitarlas o incluso desvirtuarlas. Incluso, al mencionarlas Peña en su conjunto, impide distinguir de aquellas que pasaron relativamente inadvertidas pero que tuvieron algunas implicaciones y efectos notables (pensemos, por ejemplo, en la financiera) de las que fueron más repudiadas y politizadas para el resto del sexenio, como la educativa. López Obrador sólo tendrá que echar para atrás una sola de las reformas para terminar con el legado de Peña.

Con todo, parece que la reflexión sobre el sexenio de Peña se reduce a un período de 2 años y que quedaron atrás hace ya otros cuatro.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito

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