El alien preñador

Por Guillermo Núñez Jáuregui Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982) no sólo tienen la gracia de ser los dos largometrajes más importantes de Ridley Scott, además fueron consecutivos y revolucionaron la manera en que el cine aborda varios de los lugares comunes de la ciencia ficción (del encuentro con inteligencias extraterrestres hasta la inteligencia artificial, pasando por el viaje interplanetario).

Por Guillermo Núñez Jáuregui

Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982) no sólo tienen la gracia de ser los dos largometrajes más importantes de Ridley Scott, además fueron consecutivos y revolucionaron la manera en que el cine aborda varios de los lugares comunes de la ciencia ficción (del encuentro con inteligencias extraterrestres hasta la inteligencia artificial, pasando por el viaje interplanetario). Hasta aquí, nada nuevo.

Otra gracia de Alien, el octavo pasajero es que se trata de la única película (que yo conozca, al menos) en la que un androide se ve en la necesidad de aclarar que un extraterrestre no es lo mismo que un zombi.


Por lo demás, ambos filmes lograron una especie de transición de las representaciones de la ciencia ficción en el cine de serie b a uno de grandes producciones e ideas propositivas. Críticos culturales de la talla de Fredric Jameson, por ejemplo, han señalado que ante las historias con temáticas de género que proliferaron entre los sesenta y setenta (“suavizando” o “debilitando”, en opinión de Jameson, el impulso utópico de las que ponían en su centro preocupaciones como la lucha de clases), tanto Alien, el octavo pasajero como Blade Runner representaron una crítica puntual y muy a tiempo de las corporaciones y las multinacionales (esto pueden leerlo en el noveno capítulo de Arqueologías del futuro, su libro de 2005).

Y es cierto, al menos Alien… mantiene el misterio de los relatos de Stanislaw Lem sobre lo alienígeno (filtrado en la adaptación de su novela Solaris a través del lente de lo erótico): del famoso xenomorfo se sabía muy poco en esa película; tenía sangre de ácido, sus procesos de crecimiento eran extraños y acelerados (sólo se le ve en su momento de gestación, de nacimiento y, más adelante, de ¿madurez?). El filme no “trata” sobre el alienígena sino sobre las condiciones de peligro en que la compañía Weyland-Yutani ha decidido colocar –por intereses privados– a la tripulación del Nostromo.

El filme añadía un elemento misterioso, otra raza alienígena (la estructura del filme, además, recupera el formato clásico de Diez negritos de Agatha Christie, en la que se va eliminando a un personaje tras otro; alusión que tal vez es lo que me hace preferir el título que eligieron en México para su estreno). Jalando esa hebra, desde 2012, cuando se estrenó Prometeo, Scott ha buscado enmarcar el relato de sus alienígenas en tropos más ambiciosos de la ciencia ficción, incluyendo narrativas de impulso utópico, como la colonización planetaria, el extraterrestre como Dios-dador-de-vida, pero sin dejar de ser pesimista (los dadores de vida, al que pertenecía ese otro alienígena misterioso, parecen tener una sociedad fascista y militar; el xenomorfo, se nos ha revelado, no es otra cosa que un arma biológica, un patógeno fuera de control).

Esta semana, como todo mundo ya sabe, además de estrenarse el segundo avance de Blade Runner 2049 (a lanzarse en octubre)… ¡se celebra el día de las madres! Y el viernes se estrena Alien: Covenant. Aprovecho la efeméride para subrayar que también en la saga de los alienígenas se le ha dedicado tiempo a cuestiones de género, pero en clave catastrófica. No en vano el nuevo filme presenta a una tripulación conformada por parejas sexuales. Y al margen de la burda fantasía masculina de Aliens (1986), en la que súbitamente Ripley descubre instintos maternos y decide empuñar rifles de alto calibre (pues James Cameron no es precisamente un director sutil), ¿no es cierto que las películas de Scott sobre el xenomorfo también nos dicen algo sobre la relación entre el género y las estructuras sociales?

En la sociedad que conocemos, los vínculos afectivos o sexuales van de la mano de otras estructuras, como la herencia (la prole) e incluso la tradición matrimonial y otras legislaciones civiles. En el mundo que propone el universo llevado al cine por Scott no es así. Quiero decir: sí, ahí están los humanos (con sus encuentros sexuales y afectivos, las normas de género que conocemos), pero también hay androides (una siniestra forma en que el hombre impotente se replica a sí mismo); más importante aún, una vida que, sencillamente, se abre paso, inseminando incluso a mujeres estériles, como ocurre en Prometeo. Ese filme representó un proceso de aborto necesario para sobrevivir a una vida extraterrestre no deseada, casi tan impactante como otra idea radical, el varón humano inseminado (en el universo de Alien, el resultado o nacimiento siempre es violento y letal, como recordamos todos los que vimos la famosa escena con John Hurt).

Y aquí está la nota pesimista (por lovecraftiana): a pesar de las cosas que conocemos, como las limitadas instituciones afectivas de nuestro planeta y tiempo, parece que podríamos encontrar cosas peores en el universo y que apenas podemos imaginar. O tal vez (y hay que insistir hoy, que celebramos a nuestras madres) nos hemos topado con una de esas catástrofes-muro con las que choca continuamente nuestra imaginación.

En todo caso, ante la popularidad de “franquicias” irreflexivamente pro-familia como Rápido y furioso, es agradable ver cómo siguen vigentes narrativas anticonceptivas como Alien.

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj





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