¿Qué vamos a comer?“, la pregunta que te haces todos los días. A tu mamá o papá, a tus compañeros de trabajo o a ti mismo cuando ya tienes mucho antojo o ha llegado la hora de comer. La respuesta es el platillo o lo que comes por separado (no en conjunto): pollo, puerco, res, ensalada, pastel, arroz, caldo, pizza, pasta, caracoles…

Una pregunta tan cotidiana y cuya respuesta es tan intrascendente, que no reparas en ella ni un sólo día. Sin embargo, hay personas que no se la hacen nunca porque nunca hay respuesta. El hambre. Y hay otros tantos que dependen de la respuesta que tú diste antes… los que comen las sobras.

De este modo, podemos clasificar a las personas en tres grupos: “los de arriba, los de abajo, los que caen“. Los que comen lo que quieren, los que comen las sobras y los que no comen nada. Con esta frase, arranca la película de El hoyo (The Platform) de Netflix, una producción española que a unos días de haberse estrenado, se convirtió en tendencia dentro y fuera de la plataforma.

El hoyo, dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, nos presenta a Goreng, un sujeto que despierta en un cuarto de concreto junto a un viejo que le explica que se encuentra en el famoso “Hoyo”, un edificio de cientos de pisos que tiene un agujero en medio donde todos los días, una vez, baja una enorme mesa con comida o con los restos de ella, depende en qué piso estés.

Si estás en los primeros pisos (y aquí “primeros” es completamente relativo) podrás comer. Si estás en los últimos, podrías morir de hambre o sobrevivir con los restos de comida que los de arriba dejan. Es decir, si estás un piso abajo del primero, entonces comes “lo que les sobra a los de arriba, y así sucesivamente.

Desde su estreno hace unos días, El hoyo causó furor, un impacto que creemos, va dirigida a una simple razón: nos vemos reflejados en ella, y aún así, nos sentimos con la calidad y autoridad moral para criticar a los personajes que aparecen (y desaparecen) en la historia. 

Es justo decirlo, El hoyo es demasiado obvia. “Los de abajo están abajo“, y estarán ahí mientras alguien esté por encima, lo cual significa que tienen un poder. La metáfora ya conocida de la diferencia de clases que tanto hemos visto en el cine. De hecho, hace uso de algunos elementos de filmes de años anteriores. 

Snowpiercer fue primero en 2014; luego High Rise de 2015; y el año pasado, en 2019, Parasite. Estas tres películas, y ahora se suma El hoyo, utiliza el sentido más literal de niveles: un tren con vagones en el que el último es el de la miseria; un edificio enorme cuyo primer piso corresponde a los privilegiados. En Parasite es más sutil, pero un sótano refleja la decadencia y la necesidad (el sótano donde vive la familia y el de la residencia). 

En El hoyo es igual. El piso uno recibe la mesa llena de comida y deciden comer todo lo que pueden. ¿La razón? Porque pueden, y porque de esa mesa, y lo que coman los demás, depende de la decisión que tomen un par de personas.

Ahora bien. El hoyo se distingue por una cosa: el que está hasta arriba, podría aparecer mañana en el último piso, y maldecir a aquellos que se terminan todos los platillos. Pero nadie nunca aprende la lección o, ¿acaso hay una lección que aprender aquí? Ninguna. Si estás en el piso 7, tienes “derecho” de hacer lo que quieras con la comida, y eventualmente, con la vida de los demás.

La película es una alegoría a la desigualdad y una cruda presentación de los estragos del encierro, y peor aún, los efectos que tiene la superviviencia cuando salen a relucir los instintos más primitivos (no siempre bajos) de los seres humanos: en una guerra, como es la vida, si no matas te matan. 

El mensaje de El hoyo no tiene mucha ciencia, pero sí requiere de un trabajo de reflexión más individual. El sentido se entiende desde la primera escena en la que Goreng y Trimagasi conversan.

Pareciera ser que el mensaje es el siguiente: si racionan la comida, entonces todos los pisos podrán comer algo. Es decir, toma lo que sólo necesites. *Y de inmediato se nos viene a la mente las personas llenando sus carritos del súper con papel de baño, gel antibacterial, guantes, cubrebocas*.

La comida es el valor más importante en El hoyo. Pero si una vez al día a los personajes les dieran la oportunidad de sentarse, una silla sería el objeto de valor, o de deseo. El sexo, el dinero, y en último lugar, la vida de las personas. 

En realidad, esta película es magnífica no por su mensaje, sino porque es un thriller de horror bastante efectivo. En primera está el diseño de producción, el cual es tan simple, que por eso es perverso: cuartos de concreto con dos camas, un lavabo y un excusado. Hay un uniforme para todos los que se encuentran ahí, y no más.

También apela a un tipo de horror que navega o coquetea con la ciencia ficción (como si se tratara de un futuro casi cercano), y lo hace muy bien. Las tomas lo reflejan, potenciado al misterio que el director decide guardar. La mirada hacia abajo, en un edificio frío, y el hecho de que el espectador y los protagonistas ni siquiera saben cuántos pisos son. 

Las actuaciones son interesantes por el tipo de personajes que se desarrollan. Ivan Massagué como Goreng se plantea como un mesías capaz de iniciar una revolución que no puede ir para ningún lado que hacia abajo. Durante su tiempo en el hoyo, medido por el hambre, se encuentra con otros personajes interesantes como Trimagasi, interpretado por Zorion Eguileor que le agrega un sentido de ambigüedad a la historia, obviamente. 

La cereza del pastel, si es justo decirlo, es el personaje de Imoguiri en las manos de Antonia San Juan. Una mujer que desde la administración y la burocracia, cree en el idealismo de algo que no es un experimento, ni una prueba, sino un sistema establecido que no funciona para nadie, ni siquiera en nombre de aquellos que se sacrifican por una causa noble que nunca ha existido. 

Si se raciona la comida, dicen, todos podrán comer. Sin embargo, todos los que están ahí, aunque lleven meses, no saben a qué realidad se enfrentarán en un tiempo. Un encierro en el que se desconocen todas las personas, un piso arriba en el que se revelan de una forma, y un piso abajo en el que reluce otra. Y esta, nuestra realidad de ahora, en la que debemos aprender a vivir de cualquier forma, pero todavía no a sobrevivir…