Hablar de Toy Story es remontarnos a dos décadas atrás. Cuando éramos niños, no nos sumergíamos en historias complicadas —porque simplemente no las entendíamos— ni comprendíamos el trasfondo de los personajes. En realidad solo veíamos a un vaquero siendo el juguete favorito de un niño (posiblemente nosotros) y unas aventuras de esos juguetes que cuando había un humano presente, eran inertes pero a la hora de que la habitación estaba vacía.

Sin embargo, habían tres sentimientos con los cuales, a pesar de ser pequeños, sí comprendíamos: los celos, el enojo y la soledad. 

Conforme los años, nos encontramos con Toy Story 2 —cuando todavía éramos pequeños— y muchos años después, con Toy Story 3, una película que llegó cuando ya éramos adultos y que precisamente por eso, representó el cierre de una saga con la que crecimos. 

Entonces casi 10 años después llega Toy Story 4, la última entrega de la saga de estos juguetes creados por Disney y Pixar que nos muestran que desde un principio, siempre hubo profundidad a la hora de crear cada una de estas historias. 

Desde que se anunció, muchos aseguraron que no había necesidad, pues el ciclo estaba cerrado. Pero los creadores opinaron lo contrario ya que en realidad, el ciclo de relación juguete-niño en efecto ocurrió con Toy Story 3 pero el ciclo de Woody todavía necesitaba un cierre. 

Así fue como pusieron sobre la mesa cuestiones mucho más profundas y filosóficas que ellos mismos nos explicaron durante su paso por México para promocionar la última entrega de Toy Story. Ahí nos explicaron que en realidad, las películas siempre se trataron del viaje de Woody y que, aunque no quisieron hacer menos a la tercera entrega, con esta complementan el círculo del protagonista. 

Si pensabas que Toy Story 4 no tiene sentido y es innecesaria, aquí te dejamos la explicación que el director de la misma, Josh Cooley, y el productor Jonas Rivera, tienen que decir: