Esta semana Vagando con Sopitas.com sale de la Ciudad de México, y hace recuento de uno de los sitios más enigmáticos que tiene nuestro país: La Cueva del Diablo, en San Andrés Tuxtla, Veracruz.

En México hay muchas cuevas a las que se les llama “Del Diablo”, aunque una de las más impactantes es la que se encuentra en la región veracruzana de Los Tuxtlas, área llena de leyendas y compuesta por los poblados de Santiago, San Andrés y Catemaco. Si bien, este último es el que más fama posee, no debemos dejar de lado que toda el área está llena de historias y misticismo. Apenas se pone un pie en estas tierras, todo cambia: el olor a tierra, los colores del cielo, la vegetación selvática y hasta el estado de ánimo se hace diferente. La vida se vuelve un instante, la muerte, espacio infinito. Quizá por eso, aquí la impresión de “no estar” siempre es latente.

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Lugares así necesariamente son ricos en historias: Hay quién habla de una bola de fuego que en las noches sale de un cerro y recorre a gran velocidad la Laguna de Catemaco; otros mencionan que toda la región está llena de una especie de duendes llamados ‘chaneques’ o que la zona está tan cargada de magnetismo que sirve como base de seres y naves extraterrestres. De entrada, todo esto que sonaría a fantasía, comienza a tornarse real cuando nuestros propios ojos atestiguan el ramillete de ritos y ceremonias de los lugareños.

Varias veces he estado en Los Tuxtlas, casi siempre en plena Semana Santa. Hacerlo es adentrarse en un recorrido del que difícilmente nos repondremos: Desde altares de santos adornados con plantas y polvos aromáticos, hasta procesiones silenciosas; desde el fervor casi exagerado de la población y su fe ciega en la Virgen del Carmen o el Cristo Negro de la Misericordia. Elementos que en sí podrían ya darle renombre mundial a Catemaco y a Los Tuxtlas, y que inevitablemente quedan relegados a segundo término debido a un atractivo mucho más poderoso y atractivo: la brujería.

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Para aquellos que piensen que la fama de los brujos de Catemaco es un mero invento para atraer turismo, permítanme desengañarlos: hay muchos charlatanes, sí, pero también chamanes y brujos dedicados al cien por ciento a practicar limpias, conjuros, amarres y cuanto trabajo se nos ocurra. Convendría, antes que nada, hacer una clara diferenciación entre los términos ‘brujo’ y ‘chaman’. Los primeros practican las artes obscuras, los segundos sólo trabajan con magia blanca. Y aunque suene muy romántico el asunto, aquí también el bien y el mal se complementan y crean un balance perfecto. Por eso, a finales de marzo y principios de abril, brujos ‘buenos y malos’ tienen sus ceremonias por separado en sitios distintos.

Oculta en un cerro está la llamada ‘Cueva del Diablo’, centro de los ritos de brujería negra y a la que he tenido oportunidad de visitar en un par de ocasiones.

¿Alguien se resistiría a vivir la aventura de comprobar con sus propios ojos que todo esto existe?

Yo no. La necesidad de conocer nuevos lugares me hizo caer en la necesidad de acudir al llamado de mi curiosidad. Por eso, acompañado de varios familiares hice el recorrido que me llevaría de Catemaco a San Andrés Tuxtla y de ahí, seguí el camino hacia la carretera a Veracruz, después del segundo tope di vuelta a la derecha y subí un par kilómetros para dejar el auto a un lado de la carretera e internarme a pie por un caminito que me llevaría hasta la llamada ‘Laguna Encantada’, que debe su nombre a que cuando llueve el nivel de sus aguas baja, y en tiempos de sequía éste sube, además existe la creencia de que no tiene fondo.

A pesar de que este destino es considerado como turístico, rara vez uno puede encontrarse con algún guía, por lo que muchas veces la gente termina haciendo el recorrido por sí misma, aunque lo recomendable es hacerlo acompañados de algún lugareño y en grupos numerosos, debido a que en la zona a veces se han registrado algunos asaltos.

Desde aquí, el paisaje es hermoso pero tan solitario y silencioso que da miedo. Al azul intenso de las aguas tranquilas lo cubre una espesa vegetación que sólo deja escuchar los sonidos de algunas aves y animales de la selva. A lo lejos, en la mitad de aquel depósito acuoso, en una rudimentaria embarcación a base de tablas, dos mujeres indígenas de llamativos vestidos cruzan la laguna con una velocidad fuera de lo común.

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Para llegar a la ‘Cueva del Diablo’ hay que rodear brevemente la orilla de la laguna por un pequeño tramo. Después viene lo complicado que es adentrarse en la selva, siguiendo un caminito apenas marcado y que a ratos es apenas perceptible. Tras cada paso las plantas y hierbas se mueven a causa de los animales que al escucharnos se alejan despavoridos, no así una serpiente coralillo que decide atrancar a medio camino e impedirnos el paso. Después de unos minutos, ella y su veneno se aleja dándonos permiso de seguir. Así son cerca de dos kilómetros de subir, bajar, atravesar raíces gigantescas de árboles, piedras, matorrales y plantas; de escuchar sonidos extraños y no ver más que algunos rayos de sol que prófugos atraviesan el espeso techo que los árboles selváticos nos brindan.

Entonces se oye agua correr, y uno se alegra pues en aquel sonido se encuentra al menos un eco a los propios pensamientos. Minutos después, un pequeño manantial del que brota un pequeño riachuelo le da la bienvenida al aventurero casi suicida. No es muy grande, pero su agua transparente y fría brinda tranquilidad al visitante. Y uno la bebe, se sumerge en ella, se refresca y se olvida entonces de que está en medio de la selva, presa fácil de animales, bandidos o brujos. Uno olvida que nuestro destino en realidad es la casa del Diablo, y que con esas cosas no se juega. ¿Debería estar al menos un poco preocupado?

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Volví a mi miedo y angustia cuando apenas unos pasos arriba del riachuelo, una pared pintada con las leyendas ‘Respeta mi casa’ y ‘Satanás está vivo’, así como algunas veladoras negras nos dieron la bienvenida a un mundo que ya no pertenecía al de los vivos. Miedo a lo desconocido, a las fuerzas de aquello que no podemos controlar. Según nos contó un lugareño, hace varios años llegó un grupo religioso y en las rocas pintaron alabanzas a Dios, días después estas desaparecieron y surgieron unos nuevos mensajes más “oscuros”, desde entonces nadie se ha atrevido a escribir algo más.

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La cuesta se volvió más pesada y empinada. Piedras, musgo resbaloso, y a lo lejos el ladrido de unos perros furiosos convirtieron el aire en algo hostil. De pronto apareció ante nuestros ojos una gruta llena de mosquitos. Más leyendas escritas en las paredes de roca, cartas, fetiches, gallinas muertas, veladoras. Las paredes de la gruta también estaban llenas de flores secas y de un profundo olor a humedad.

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Aunque nos recomendaron no entrar a la cueva y mucho menos pisar los objetos del interior debido a la carga negativa de éstos, nuevamente la maldita curiosidad nos obligó a ingresar en aquella oscuridad, a revolvernos en aquel piso lodoso y escuchar los chillidos de los cientos de murciélagos que nos vigilaban. Inconscientemente abrimos varios papeles con peticiones realizadas al maligno, algunas acompañadas con fotografías de una pareja a la que se quería retener. También había dibujos muy raros y rollitos de cabello humano. Conforme uno se adentra más en esa cueva, más hostil y perturbador se torna el ambiente de esa cueva que se vuelve fría a pesar del calor exterior.

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Nuevamente escuchamos ladridos de perros, esta vez mucho más cerca. No quisimos correr riesgos y emprendimos el camino de regreso. Una hora después, ya muy cerca del auto, nos encontramos a un sacerdote con su Biblia, rezando muy concentrado al pie de la laguna. Algo lo sacó de su trance y nos saludó.

Al llegar al hotel nos dijeron que una fuga en el tanque de gas de mi casa en la Ciudad de México amenazaba con provocar una explosión en la calle. Afortunadamente los bomberos llegaron a tiempo. Eso ocurría justo cuando estábamos en el interior de la cueva, quizá sea cierto eso de las cargas negativas que guardan las cosas que están en el interior de esa cueva.

La magia de aquel lugar no se olvida rápido, al contrario, las imágenes y olores de la Cueva del Diablo siempre están allí. No me imagino cómo será esa noche en la que todos los brujos se reúnen ahí. El sólo hecho de pensar que por esa ruta selvática han pasado brujos y que en esa zona se conjura al diablo me parece surrealista. En lo personal creo que el mal existe, no podría concebir al bien sin la existencia de éste, y viceversa. Ver aquellos altares y sentir aquella presencia maligna me confirma que en la región de los Tuxtlas pasa de todo, menos cosas normales. Tras años de indagar sus leyendas cada vez me maravillo más con estos lugares que escapan de mi entendimiento. Algún día me gustaría escribir todo lo que sé de estas tierras. Aunque de intentarlo nunca acabaría.

He vuelto a esa cueva en otras dos ocasiones, aunque aún no sé por qué.

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La Laguna Encantada y la Cueva del Diablo se encuentran a 2 kilómetros al noreste de San Andrés Tuxtla (12 kilómetros de Catemaco), en el Estado de Veracruz.

Si sales del Puerto de Veracruz debes tomar la carretera núm. 180, con rumbo a Alvarado,  pasar por las ciudades de Lerdo de Tejada, Ángel R. Cabada, Santiago Tuxtla y San Andrés Tuxtla (es un trayecto de dos horas y media), al llegar pregunta a cualquiera, todos los habitantes saben dónde se encuentra la cueva.

Por @gabrielrevelo

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