¿Por qué me interesa?
Además de ser recordado por su talento para atajar goles, Jorge Campos tenía un estilo que hoy en día es icónico.
La historia de México en los mundiales no sería la misma sin Jorge Campos, ese mítico portero que, además de proteger nuestra cancha con talento y salvarnos de varios goles, será por siempre recordado por tener la valentía de desafiar a la moda deportiva de los años 90 e imprimir en sus atuendos una sinfonía caótica de colores fluorescentes, figuras asimétricas y cortes poco convencionales.
Para entender el impacto de los trajes estrafalarios de Campos, lo primero que debemos tomar en cuenta es que en los años 90 el fútbol profesional, ese que se jugaba en las copas del mundo y en las ligas locales, era más bien sobrio. Los porteros más destacados del mundo, como Peter Schmeichel de Dinamarca, usaban uniformes que deambulaban entre el gris y el morado y que casi siempre eran diseñados por las marcas deportivas, para lucir iguales.
Entonces apareció en la escena el “Brody”, carismático, sonriente y de no más de 1.68 de estatura, y el fútbol como lo conocíamos cambió. Su sola presencia lo hizo más humano, más divertido y sobre todo le enseñó al mundo que en México los colores se veneran, son parte de nuestra cotidianidad, de nuestra idiosincrasia y de nuestra cultura.
Campos no se parecía a nada; mientras los otros porteros se vestían para confundir a los delanteros, él se paraba orgulloso delante de su portería para que todos lo vieran: los niños, los otros jugadores, el árbitro y hasta los fotógrafos que se gastaban rollos en él. Esa seguridad genuina replanteó el papel anónimo y solitario que siempre habían tenido los arqueros.
La historia de un encuentro fluorescente
El origen del atuendo de Campos está profundamente ligado a su tierra natal, Acapulco, y a una de sus grandes pasiones el surf. Al respecto comentó en una entrevista: “Siempre me gustó el tema del diseño… quería sentirme cómodo y quería algo que me recordara mi origen”.
Sin embargo, la idea que tenía no se materializó hasta que conoció a Daniel Ríos, uno de los fundadores de la Aca Sport, marca noventera que vestía a varios equipos de la primera división. El empresario había diseñado un primer uniforme en color neón que fue rechazado por Ardían Chávez. El portero del América, al ver la tela estrafalaria, rechazó la oferta; dijo que era demasiado estridente para él.
Fue así como el diseñador llegó a Pumas para ofrecerle a Campos algunos atuendos más discretos. Por fortuna, el joven miró en la maleta aquellas piezas exóticas y recordó las bermudas que usaban los surfistas acapulqueños. Se emocionó, había encontrado una paleta de colores que lo hacía regresar a casa, y simplemente dijo: “Yo sí me los pongo”.
Este momento marcó el inicio de una relación colaborativa asombrosa. Campos no fue solo un modelo, sino que se involucró activamente en todos los momentos creativos. Juntos perfeccionaron los diseños, incluyeron el color favorito del portero, el rosa mexicano, los famosos rombos en el pecho y hasta le hicieron un homenaje a los atardeceres de Acapulco.
La historia de un mexicano que ama México
A pesar de que la paleta de colores y la tela llegaron de otra parte, para Jorge Campos sus uniformes siempre fueron una representación fantástica de su vida en Acapulco. Antes de conocer a Ríos, ya extrañaba el mar y buscaba plasmar en algún lado esos colores vivos con los que creció.
Jorge Campos nació en 1966 y se crio en un rancho llamado El Plan de los Amates, cerca del puerto de Acapulco. Según sus propias palabras, su infancia fue feliz y libre. Montaba a caballo, caminaba en el campo y en las tardes se iba a echar la cascarita a la playa con sus amigos.
Su padre tenía un equipo amateur donde debutó y donde recibió su apodo más famoso, “El Brody”. De niño era tan pequeño, que para cuidarlo lo pusieron como portero. No obstante, su espíritu rebelde y tenaz lo impulsaron a ser mejor cada vez, hasta que
A los 17 años, Mejía Barón lo descubrió y se lo llevó para Pumas en 1988. Empezó como delantero y en la primera temporada anotó catorce goles. Sin embargo, su talento para atajar hizo que regresara a custodiar la portería y a que se convirtiera en el portero titular. Pese a medir menos de 1.70, la velocidad de sus reflejos y una extraña capacidad de anticipación lo consagraron y le dieron un boleto para ser titular en la selección de 1994.
El tercer mejor portero del mundo
Lejos de ser una simple rareza, el estilo y el talento de Campos rompieron los esquemas del fútbol y trascendieron la cancha para convertirse en un fenómeno atemporal que ha sobrevivido hasta nuestros días.
Sus uniformes le robaron el foco a los delanteros y pusieron a los porteros en el centro. Llamaban tanto la atención que incluso la FIFA incluyó la camiseta original que usó en el Mundial de Estados Unidos en el Museo de la FIFA en Suiza. Asimismo, sus camisas y shorts formaron parte de una exposición en el Museo de Artes Decorativas de París.
La influencia de Jorge Campos sigue más viva que nunca y sus uniformes son a la vez obras de arte y recuerdos nostálgicos de la infancia de miles y miles de niños mexicanos y de ese momento en el que paraba goles y nos volvíamos a ilusionar.
