¿Por qué me interesa?

Hace cuarenta años sucedió otra clausura del Mundial. Era 1986, era el Estadio Azteca y Maradona era el mejor del mundo.

No hay fecha que no llegue, y aunque se pasó demasiado rápido, el domingo le diremos adiós, por cuatro años, al Mundial. Tras jornadas llenas de controversias y fútbol, México, Canadá y Estados Unidos se despiden con una colección de aprendizajes y, sobre todo, con una certeza: el mejor estadio del mundo está en Ciudad de México. Ahora tiene otro nombre, pero para nosotros siempre será el Azteca; un lugar mítico donde fuimos testigos de la clausura más espectacular del mundo, esa que sucedió un verano de 1986.

Hace más de 40 años, 114 mil personas vieron un partido histórico./imagen Wikipedia

Los 114,600 aficionados que fueron al estadio no pueden creer que ya pasaron más de cuarenta años desde aquel domingo 29 de junio. No fue solo decirle adiós a la mejor selección mexicana que hemos visto, o regresar a la normalidad después de recibir a cientos de miles de personas; fue ser testigos de un partido por demás dramático en el que descubrimos que los milagros existen y que Maradona no se parecía a nada que hubiéramos visto en la cancha. 

Una clausura mundialista del siglo XX

A diferencia de la clausura del Mundial del 2026, que promete estar llena de artistas, la ceremonia de 1986 fue en realidad poco glamurosa. Antes de iniciar el partido, hubo una presentación discreta de bailes regionales, con máximo cuidado para que el pasto no se arruinara antes del juego; luego, un hombre atravesó el estadio con una bandera que en vez de escudo tenía el balón mientras las cámaras se centraban en el palco del presidente de la época, Miguel de la Madrid.

Se enfrentaron dos selecciones históricas./imagen Wikipedia

Como seguramente sucederá el domingo en Nueva York, el Estadio Azteca estaba a reventar. Había gente de todo el planeta, pero en particular mexicanos, argentinos y alemanes. El público estaba lleno de personas con peinados estrafalarios, como se usaba en los ochenta, personas con binoculares y algunos seres que en vez de gorras tenían puestas sombrillas de cabeza, para que el penetrante sol de ese día de junio no los derritiera.

De pronto, un silencio; la voz institucional (que también era la de Canal 5) de Melquiades Sánchez Orozco anunció ante público extasiado la llegada a la cancha de las selecciones.

Alemania Federal vs. Argentina: un partido histórico

Aunque los medios todavía hablaban del intenso partido entre Argentina e Inglaterra, las Malvinas y la “mano de Dios”, esta final prometía aún más emociones, ya que los dos países formaban una de las rivalidades más feroces de la historia del fútbol internacional, entre otras cosas porque ambas selecciones eran sólidas y tenían en sus filas a dos leyendas: Maradona y Matthäus.

Los jugadores salieron de los vestidores y, como había sido costumbre en los otros partidos, caminaron un gran tramo para atravesar el campo; la cámara los siguió en todo momento. Luego se ubicaron en línea recta y el himno nacional llenó el estadio; el público cantaba en las tribunas y movía sus banderas con gran emoción, como si México hubiera llegado a la final. Después se escucharon la marcha nacional, tanto de Argentina como de Alemania Federal.

Sonó el primer silbatazo y el partido fue tan cardiaco como nos podemos imaginar. El marcador se abrió al minuto 21 a favor de Argentina gracias a un cabezazo de Burruchaga. Tras idas y venidas de una portería a otra y el descanso del primer tiempo, Valdano se escapó por la izquierda y le dio a la selección sudamericana su segundo tanto. Este gol hizo que durante 10 minutos todos vaticinaran una victoria relativamente sencilla para el equipo de Maradona.

Sin embargo, sucedió lo inesperado: Karl-Heinz Rummenigge anotó un primer gol en el minuto 74 y en el 81 Rudi Völler empató el marcador. Se auguraban tiempos extras, pero solo tres minutos después de la hazaña alemana, las piernas milagrosas del Diego cambiaron la historia; gracias a una pincelada larga, casi imposible, de media cancha, Burruchaga selló un golazo, dándole a su país la segunda copa en su historia.

La ceremonia de entrega del trofeo

Tras 90 minutos complejos, una victoria merecida, una paloma blanca caminando entre jugadores y haber tenido un Mundial tan controvertido como brillante, el silbatazo final le dio a la selección de Argentina su momento de gloria. Los jugadores se dispersaron por la cancha, hicieron cánticos con sus “hinchas”, que habían viajado a México solo para la ocasión, y celebraron en grupo, como debía ser.

Cayeron del cielo papeles de colores y en el fondo sonó una música triunfalista. Reporteros y fotógrafos se amontonaban en la cancha para inmortalizar la reacción del capitán. Maradona le dio un dramático abrazo al entrenador Carlos Salvador Bilardo y los otros jugadores cargaron la bandera albiceleste con un orgullo conmovedor.

Como dato curioso, la ceremonia no ocurrió en medio de la cancha, como es costumbre, sino en un palco del Estadio Azteca, rompiendo todos los protocolos. A la hora de la entrega, los presidentes de México y de la FIFA, Miguel de la Madrid y João Havelange, repartieron medallas. Primero plateadas al equipo de Beckenbauer y después doradas para los campeones.

El beso de Maradona a la copa es simplemente histórico./imagen Wikipedia

Finalmente, sucedió un instante histórico. De la Madrid le entregó la copa a Diego Armando Maradona, que simplemente la llevó a la tribuna. Los aficionados lo cargaron en hombros y él, mejor futbolista de todos los tiempos, besó el trofeo, regalándonos uno de los minutos más sublimes en la historia, no solo del balompié, sino del mundo.

Comentarios