Lo que necesitas saber:
El emo como subcultura nació y se difundió por medio de las redes sociales y, como pocas, logró salir de las pantallas. Algo que definió su permanencia.
La angustia adolescente de los 2000 no encontró mejor refugio. Y no sólo en la música: el emo fue para millones de jóvenes de la primera década del siglo XXI un escape que inició en las redes, para luego saltar de las pantallas a las calles. Todo un movimiento.
En la música, un género que explotó tras casi 20 años
Pelo cubriendo parte del rostro y mucho maquillaje. Ropa que mezclaba lo gótico y punk: chamarras de cuero, pantalones y playeras ajustadas y, de preferencia, oscuras. Una subcultura que encontró una pronta difusión y aceptación por ser de las primeras de la era tecnológica y de las redes sociales.
Las raíces de la “Emotional Music” (simplemente conocida como “emo”) comenzaron a mostrarse desde finales de los años 70, como un subgénero derivado de la fusión de variaciones del punk, pero con la distinción de letras más encaminadas a verter emociones y no tanto un contenido político. El emocore (por ser hardcore con tintes emotivos) podría ser la primera vertiente de lo que ahora conocemos como emo, con la banda Embrace como uno de sus principales representantes.
No mucho pasó con el emocore. No a nivel masivo. Y fue a mediados de los 90 que tuvo un resurgimiento en la cuna del grunge, Seattle, con bandas como Sunny Day Real Estate, para luego explotar por completo en los 2000, con My Chemical Romance, Fall Out Boy, AFI y demás bandas que se atrevieron a llevar el sonido hasta los terrenos del pop. ¿Por qué no?
El emo, la primera subcultura nacida en redes sociales
La subcultura emo ha merecido varios estudios académicos, en los cuales se detecta que su apogeo se dio durante la primera década de los 2000, principalmente entre los años 2001 y 2008. Durante esta etapa, muchos de los fans conectaron con las bandas (y entre sí) gracias al alcance mundial de redes como Facebook y MySpace.
“Los adolescentes que se consideraban marginados pudieron encontrar a otros con intereses similares en música, estilo y sentimientos a través de una red social”, apunta Tamara Dunn en “Emo (genre and subculture)”, un artículo en el que se destaca que, a pesar de que esta escena musical estuvo fuertemente dominada (como muchas otras) por hombres, Paramore, con Hayley Williams al frente, pudo colocarse como una de las bandas más identificables.
“Los fans de la música emo suelen identificarse con el estilo confesional de las letras. Los temas comunes incluyen la perspectiva masculina sobre el amor inalcanzable, la angustia adolescente y los colapsos melodramáticos”.
Más que un look, el reflejo de una época
El look emo es considerado como de la era Y2K por los especialistas en moda: reflejo de una época de profunda melancolía, quizás por el devenir ante un nuevo siglo lleno de cambios ideológicos y materiales. Mucho para una generación, de ahí el sentimiento de inconformidad y de una necesidad de individualismo.
Claro, también reflejo de la música que lo impulsó: maquillaje, ropa ajustada en colores oscuros y con patrones rectangulares y de formas redondeadas. Una estética con la posibilidad de adaptarse a cualquier persona: algo creado para todos. Esto, en general.
Cada persona podía añadirle cualquier característica particular: cinturones, piercings, cadenas, gorras, pulseras, tatuajes, calzado deportivo o botas, etcétera. Elementos poco novedosos, recogidos de modas pasadas, algo que no es evidencia de poca originalidad como se pudiera pensar (y como se les acusó en aquella rivalidad de “emos vs punk”) sino que es evidencia de la ambivalencia en la que se movió esta subcultura.
“Si bien muchas subculturas se caracterizan por su desapego a las clases sociales y culturas dominantes, el emo es una combinación de pensamiento alternativo y convencional. Muchos de sus estilos se prestan a proyectos de bricolaje, como teñirse el pelo y decorar zapatos. Tiendas como H&M y Hot Topic comercializaron artículos dirigidos a jóvenes que se autodenominan emo”.
Un movimiento estigmatizado
Además del “robo” de elementos de identidad de otros géneros, el emo fue acusado de promover la autolesión e incluso el suicidio entre sus seguidores. Ante estos señalamientos, siempre se aclaró que hablar del dolor físico como metáfora de la angustia y el desencanto no es algo exclusivo del emo…
Pese a las explicaciones, siguió la agresión verbal y física contra los adeptos a esta subcultura, no sólo por una supuesta “falsa emotividad”, sino llegando a los terrenos de la homofobia, haciendo escarnio del “estilo afeminado” de los chicos. Todo esto llegó hasta la propagación de grupos anti-emos.
Penosamente, México es identificado como uno de los principales núcleos de ese “odio al emo”, llegándose a detectar infiltración de “trolls” en grupos de fans, según documentaron diversos estudios realizados en el extranjero; uno de ellos, el de Zdanow y Wright, titulado “La representación de la autolesión y el suicidio en los grupos de redes sociales emo”.
Y bueno, ni qué decir de las burlas originadas desde medios convencionales, como la televisión… las cuales persistieron en el tiempo , alcanzando el título de memes. ¿Y cómo resistió a tanto? No por indiferencia, sino porque “en lugar de enfadarse con el mundo, el emo se caracterizó por dirigir su ira hacia adentro: sabían de las etiquetas, pero qué importaban.
La permanencia de la subcultura emo, signo de su autenticidad
Pese a todo, el emo sobrevivió y perduró y, ahora, a más de 20 años de su explosión masiva, vive una revalorización que reafirma lo que todos los jóvenes que se unieron a él siempre supieron: que tiene autenticidad.
“Si bien la explosión inicial de internet propició el surgimiento y la difusión del emo, es precisamente internet la que ha asegurado que las subculturas nunca vuelvan a existir de la misma manera”, señala Ewens, recalcando la particularidad del emo, al sobrevivir a pesar del medio que lo hizo popular.
Así como el emo, muchas subculturas se han originado en redes, pero pocas han logrado lo que hicieron aquellos chicos de ojo delineado y pelo cubriendo el rostro: perdurar: las redes difunden infinidad de contenido que casi nunca llega a materializarse más allá de las pantallas.
El emo fue algo excepcional, aunque las propias redes hayan significado su “institucionalización” y eventual caída… como ha ocurrido con casi todo. Sin embargo, en lo que va del siglo XXI, no ha existido una subcultura que haya rebasado las pantallas para lograr atrapar a millones de adolescentes desde lo más profundo de sus inseguridades. Definitivamente, el emo fue algo más que una moda y de música emocional e intensa.
