Lo que necesitas saber:
Lorde tuvo su show más grande en México a la fecha hoy en el Palacio de los Deportes. Te contamos cómo se puso.
Nos lanzamos a ver a Lorde al Palacio de los Deportes, en su show más grande a la fecha en la CDMX. En un sold out absoluto, 17,000 almas se reunieron para ver a una de las fuerzas del pop más genuinas (te dejamos 5 claves sobre su sonido acá). Te contamos cómo se puso este conciertazo.
Lorde convirtió el Palacio de los Deportes en su cuarto
Las primeras palabras de Lorde fueron en español y sonaron como una declaración de alegría nerviosa: —“Holiiii, bienvenidos a Ultrasound. Es mi show más grande hasta ahora aquí, no lo puedo creer. Sé que tuvieron vacaciones hoy, ¡así que vamos!”—. Y justo desde ahí, la neozelandesa dejó clara una de las cosas que más nos ha enamorado de su proyecto desde el inicio: Lorde baila como si estuviera sola en su cuarto, sin poses de estrella pop perfecta, sin coreografías rígidas, sin miedo a verse rara.
Esa naturalidad, frente a un Palacio de los Deportes lleno, convirtió el show en algo íntimo aunque tuviera escala de arena. Comenzó con “Hammer”, “Royals” y “Broken Glass”, un combo que tuvo a “Buzzcut Season” como seguidora, de las más cantadas de la noche.
Un setlist de puras bombas del pop alternativo moderno
Lo impresionante de Lorde en vivo es que, de pronto, te cae el veinte: su repertorio ya funciona como un greatest hits generacional, de pura rola confesiónal genuina.
Entre las 24 rolitas, nos impresionaron “The Louvre”, “Liability”, “Man of the Year”, “Team”, “Green Light”, “Ribs”, “Oceanic Feeling”, “Big Star”, “What Was That” y “David”. Un rolón tras otro que no nos dejó sentarnos ni un momento.
El Palacio no dejó de corear ni bailar porque cada bloque abría una puerta distinta: la adolescencia minimalista de Pure Heroine, el drama nocturno de Melodrama, la sensibilidad luminosa de Solar Power y la crudeza corporal de Virgin. Todo el tiempo, Lorde hablaba sincera y despreocupada, parecía en verdad un avistamiento a su cuarto cuando tenía 17.
Cuatro músicos, todo en vivo y un vocerrón
Lorde salió acompañada por cuatro músicos que hacen todo en vivo, y eso cambió por completo la dimensión del concierto. En una época donde muchos shows pop descansan demasiado en tracks, aquí se sintió la respiración humana de la banda: bajos, texturas electrónicas, arreglos que empujaban las canciones sin volverlas irreconocibles. Quizás una batería en vivo lo hubiera elevado más.
Y encima, Lorde cantó con una potencia brutal durante casi dos horas. Su voz no necesita adornos, porque su discografía siempre ha partido de un lugar confesional, de una forma muy suya de convertir lo íntimo en himno colectivo.
“I brought some friends”: una fiesta rara, intensa y contagiosa
—“I brought some friends”—, dijo Lorde al presentar a sus músicos y a los dos bailarines que la acompañaron. Y esa frase resumió muy bien el espíritu del show: más que una producción donde todo parece milimétrico y distante, Ultrasound se siente como una fiesta entre amigos que sienten demasiado.
Lorde y sus bailarines actuaban las canciones, las sudaban, las vivían con una energía que se contagiaba de inmediato. En “Supercut”, por ejemplo, esa euforia se volvió casi física, Lorde se subió a una caminadora para correr, cantar, recordar, perderse en una canción que ya pertenece al catálogo definitivo del pop alternativo moderno.
Minimalismo de club masivo
El show lució minimalista, pero nunca pequeño. Con láseres, pantallas móviles y estructuras tipo estribos, Lorde armó una experiencia de club masivo sin llenar el escenario de cosas innecesarias. Todo tenía una función emocional: la luz cortaba el aire, las pantallas acercaban gestos, el movimiento escénico subrayaba el cuerpo como tema central de esta etapa con Virgin.
Ultrasound no busca impresionar por cantidad; impresiona por precisión. Cada elemento visual parecía salir de la misma pregunta: ¿Cómo se ve una canción cuando alguien la siente con todo el cuerpo? Lorde se revolcaba en el piso corría y sudaba, sin ir a camerinos o necesitar cambios de vestuario.
La genialidad de Lorde está en los detalles raros
Si no has visto a Lorde en vivo, cuesta explicar por qué su show se siente tan distinto. Su genialidad aparece en las decisiones que van más allá de la música: cuando habla de su ropa interior y luego se queda en ropa interior; cuando en “Supercut” corre sobre una caminadora de gimnasio; cuando en “GRWM” convierte los close-ups a su abdomen y la coreografía de sus manos en una especie de ritual pop incómodo.
Antes de “Oceanic Feeling”, Lorde soltó una de las frases más bonitas de la noche: —“Soy de un lugar muy lejano, le escribí un disco a ese lugar y esta es mi canción favorita de ese disco”—. Ese momento abrió la parte más contemplativa del concierto.
Luego, “Big Star” llegó con una imagen preciosa: Lorde cantando echada junto a parte de su banda, todos mirando hacia arriba mientras se proyectaban auroras boreales, como si de verdad estuvieran viendo las estrellas. Ahí el Palacio bajó la intensidad sin perder conexión; el show respiró y mostró que Lorde también domina el silencio emocional entre tanta euforia.
“I’m a freak”: Lorde encontró casa en la CDMX
—“I know you know this about me because you’re here, but I’m a freak. I feel particularly understood in Mexico City”—, dijo Lorde, sorprendida por la entrega de sus fans. Y la frase pegó porque resume la relación que construyó durante toda la noche: una artista rara, intensísima, vulnerable, bailando con miles de personas que entienden perfectamente ese idioma.
Ultrasound confirmó que Lorde ya no necesita demostrar su lugar en el pop alternativo: lo habita con libertad total. En el Palacio de los Deportes, su cuarto se hizo enorme, y todos terminamos bailando adentro.
