Yayoi Kusama llegó a Nueva York cuando en la ciudad había una vibrante comunidad de artistas de vanguardia. Música, pintura, fotografía y otras disciplinas fluían aparentemente con un objetivo en común...

Lo que necesitas saber:

Yayoi Kusama llegó a Nueva York cuando en la ciudad había una vibrante comunidad de artistas de vanguardia. Música, pintura, fotografía y otras disciplinas fluían aparentemente con un objetivo en común...

El arte de la fallecida Yayoi Kusama pasa por varios periodos y uno de los más destacados es el emparentado con la psicodelia, el cual desarrolló a su llegada a Nueva York a finales de los 50. Una mujer que de niña experimentó alucinaciones en las que hablaba con las plantas y veía cómo los objetos inanimados cobraban vida, no pudo caer en mejor sitio para desarrollar su arte que en la ciudad que albergó a una de las escenas más experimentales del siglo XX.

Yayoi Kusama dentro de su primera habitación de espejos, Infinity Mirror Room — Phalli’s Field (1965).

Kusama llegó procedente de Japón a Nueva York en 1958, cuando todavía estaba latente el “Verano del Amor” celebrado en California, donde se reunieron todas las expresiones de contracultura del momento, en pos de crear una estética unificada que manifestara la liberación social, política, étnica y sexual… y la nueva forma de expandir la conciencia por medio de la experimentación con drogas, como el LSD.

Aunque tuvo una formación en Arte, Yayoi Kusama siempre fue en contra de la institucionalidad y las reglas; un hecho no mínimo, tomando en consideración el entorno tradicional y conservador en el que creció (además, en plena Segunda Guerra Mundial). Con una inquebrantable confianza en lo que hacía, no tuvo el menor problema para integrarse a la vibrante comunidad artística de Nueva York, donde relucían nombres como Claes Oldenburg, Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Lou Reed, Allen Ginsberg, entre otros.

Yayoi Kusama junto a su Dot Car, 1965. Fotograma del documental Kusama – Infinity. Credit: Fotografía: Harrie Verstappen. Cortesía de Magnolia Pictures.

Yayoi Kusama irrumpió en Nueva York con un arte que se integró perfectamente en lo que sus contemporáneos hacían, ¿o quizás ellos encontraron inspiración en ella? Difícil saberlo… aunque, según se sabe, Kusama reprochó que Andy Warhol copió algunas de sus ideas para sus creaciones, lo cual con el tiempo le provocó una profunda afectación emocional y mental, al ver que él alcanzó el éxito, mientras ella quedó un tanto relegada.

Pero el tiempo hizo justicia y ahora es claro ver cómo el arte de Kusama encapsula el ambiente de Nueva York de los 60, pero no sólo porque sus instalaciones evocan la alteración perceptiva a la que tanto se recurrió en aquellos años (con ayuda de drogas, en algunos casos)… sino por su interés en los happenings.

Yayoi Kusama en la sala de espejos hexagonales / Foto: yayoikusamamuseum.jp

De acuerdo con Kirstie Beaven del Tate, los happenings deben su nombre a Allan Kaprow, quien designó así al arte espontáneo: aquel que simplemente sucede (aunque de manera muy bien premeditada) y que, además, en su proceso de creación el artista se integra a la obra misma. Este tipo de manifestación fue desarrollado por diversos artistas asentados en Nueva York (incluyendo a Kusama), convirtiendo a la ciudad en el lugar de moda de la época. 

En sus obras, Kusama cubría con lunares los objetos cotidianos tomando como inspiración a pintores como Pollock y Rothko, con la intención de llevar al espectador a una especie de trance psicodélico y provocar la sensación de autodestrucción, entendiendo a ésta como el derrumbamiento de los límites entre el individuo y el universo… y, como primer límite, estaba el espacio público.

Each and Every Wish for Peace Just Shines (2023), Yayoi Kusama / Foto: yayoikusamamuseum.jp

“En otras palabras, las obras de Kusama evocan similitudes con los efectos visuales de las drogas alucinógenas, induciendo al espectador a experimentar transformaciones perceptivas”, señala el Yayoi Kusama Museum, en un texto en el que se destaca la conexión de las alucinaciones infantiles de la artista con el movimiento psicodélico que se extendió en Estados Unidos en los 60.

Y quizás no fue un robo de ideas, como alguna vez lo denunció, sino el sentir de toda una época, el espíritu del tiempo. Lo hecho por Kusama remite inmediatamente a The Velvet Underground que, para su disco debut, recurrieron a la “drone music” para crear un efecto similar al que la artista japonesa proponía con su arte. 

Para algunas de las canciones del célebre disco del plátano, John Cale afinó sus instrumentos de tal manera que crearan una frecuencia que, cuando se percibe de manera sostenida, crea un trance que puede llevar a una diferente percepción del espacio y el sonido. 

Cada frecuencia se percibe en un punto distinto del córtex cerebral… cuando repites un grupo de frecuencias creas un estado psicológico muy fuerte y profundo“, explica La Monte Young en el documental The Velvet Underground de Todd Haynes, en el cual se pone como ejemplo del bello efecto hipnótico al tema “Heroin”.

Bueno, hay que decir que la idea de incluir drone music en el disco de The Velvet Underground fue por influencia de John Cage, de quien Cale fue discípulo en sus primeros años en Estados Unidos. Cage a quien, por cierto, Kaprow encontró en su búsqueda de artistas que explotaran las posibilidades performativas del arte… así llegó a una clase del compositor y se fue con la tarea semanal de crear una obra: en respuesta, Kaprow comenzó a crear eventos a gran escala que denominó “happenings”.  Se cierra el círculo.

En fin, así como The Velvet Underground representa en la música al Nueva York de vanguardia, Yayoi Kusama lo hace en el terreno de lo visual y, así, varios artistas en sus respectivas disciplinas, con el común denominador de ver más allá de los terrenos visuales convencionales, alterando la percepción del tiempo y el espacio para fundirse con la totalidad: autoaniquilarse para llegar a la armonía con el universo. 

Hola, soy Álvaro. Estoy en sopitas.com desde hace algunos años. Todo ha sido diversión, incluso las críticas de los lectores. La mejor de todas: "Álvaro Cortés, córtate las manos".

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