10 errores imperdonables de la Academia

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos ha metido la pata incontables veces al elegir a sus premiados. A continuación hacemos un breve recuento de 10 de estos estrepitosos errores:

Shakespeare in Love, mejor película, 1998

Ser cursi no está mal. Ser mediocremente cursi, definitivamente no es bueno. Seamos sinceros, ¿quién vio Shakespeare in Love y pensó “Santo Cristo resucitado, esta es la peli sobre amor real”? ¿quién soltó el mayor suspiro del mundo con cualquiera de los teatrales y absurdos besos entre Gwyneth Paltrow y Joseph Finnes? ¡NADIE!

Aunque sabemos que una película no necesita cumplir con esos requisitos para ser buena, quizá se compromete a lograrlo cuando busca crear un marco idílico para Romeo y Julieta,  una de las obras de amor más importantes de la historia. Más aún, cuando el mediocre Shakespeare de Finnes le hace explícitamente estas y más promesas a la mismísima reina Isabel.

Esta película triunfó sobre la más impresionante, soberbia y arrebatadora Elizabeth y debió recibir lecciones de eficiente y científica cursilería de sus contrincantes La vita è bella y Saving Private Ryan. Igualmente, le hubiera caído bien aprender algo de verdadera poesía de Terrence Malick, que ese mismo año también posicionaba su film The Thin Red Line entre las nominadas a mejor película.

Forrest Gump, mejor película, 1994

No negaremos que ver a Tom Hanks actuar como retrasado durante 142 minutos tiene su gracia (le sale bastante natural). Tampoco negaremos que aquel “¡Corre, Forrest, corre!”, muy a nuestro pesar, nos estrujó el corazón. Con estas dos observaciones, le hemos hecho toda la justicia posible a esta película. Ahora pasemos a lo importante e indignante: ¡la historia de superación personal más teta de la historia le ganó a The Shawshank Redeption!, Ok, antes de que reclames, sabemos que también es una historia de superación personal, pero al menos incluye cárceles, tormentas, gritos de gloria y uno de los suicidios más conmovedores del cine americano. ¿No estás conforme? aquí viene el golpe bajo: ¡los locos de la Academia decidieron que Forrest Gump era mejor que Pulp Fiction!, ¿en serio, hamburguesas de camarón vs. Big Kahuna Burger?, ¿ternura random contra katana random? ¡Hasta Four Weddings and a Funeral, que también estaba nominada, era mejor!.. al menos con ella no era políticamente incorrecto reírse.

Dances with Wolves, mejor película, 1990; Rocky, mejor película, 1976

¿Qué tienen en común Kevin Costner y Silvester Stalone? Que ambos arrebataron la estatuilla a dos de los mejores films de Scorsese.

Dances with Wolves es una conmovedora historia de conciliación del hombre blanco con los indios americanos, a quienes la industria dio muerte durante años y años con westerns tan amenos como incorrectos. A decir verdad, sentado tanto a la silla del director como del caballo, al que monta durante horas, Costner no lo hace nada mal. Incluso nos regala una secuencia invaluable en la que galopa abriendo los brazos al puritito estilo Titanic, no más porque YOLO. Pero que esta película casi pornográfica en su sentimentalismo venciera a la también nominada Goodfellas, resulta inconcebible. Aquella no era sólo una de las mejores obras de Scorsese, sino un refrescante hito en el género de gangsters, incluso por encima de The Godfather Part III, otra de sus contrincantes. Además, ver a Joe Pesci haciendo bailar a ese mesero con violentos disparos resulta mil veces mejor que ver a Costner bailando alrededor del fuego como Rainman empeyotado.

Aquella no era la primera vez que un filme políticamente correcto le arrebataba el Óscar a Scorsese. Ya en 1976, Rocky, escrita y actuada por Stalone, había aplastado a Taxi Driver en una ceremonia que resultaba tímida comparada con la de los dos años anteriores, en las que The Godfather Part II y One Flew Over the Cukoo’s Nest triunfaron, demostrando que las películas sobre la neurosis americana podían ser reconocidas por la gran Academia del nacionalismo gringo de las Artes y Ciencias Cinematográficas.

Por nuestra parte, preferimos el perturbador “You talkin’ to me?” que el aún más perturbador  (y no en el buen sentido) “Aaaadrian!

Chicago, mejor película, 2002

Corría el año 2002. El aire estaba impregnado con ese maravilloso aroma de emoción y adrenalina (una mezcla de olor a suadero y perfume de la merced) momentos antes de que se anunciara a la obra que ostentaría el premio a mejor película: ¿sería Gangs of New York, por la excelsa actuación de Daniel Day-Lewis y su imparable ritmo in crescendo?, ¿sería The Pianist, una de las pocas historias sobre el Holocausto tan conmovedora como elegante (excepto por el viejito que avientan por la ventana, horrible truco barato)?, ¿sería The Hours, con esa sublime narrativa musical y su brillante tratamiento de la línea sutil que separa a la muerte de la banalidad?

Ah, pero la Academia, en su eterna sabiduría, pensó que darle el Óscar a cualquiera de esas hubiera sido demasiado aburrido y predecible, así que decidió sorprendernos premiando a uno de los peores musicales de la historia, obra de Rob Marshall, director del resto de los peores musicales de la historia. Gracias a todos por participar… especialmente tú, Scorsese… otra vez.