Fue el mail de un compañero de la redacción, recibido poco antes de las 6 de la tarde, el que hace justamente un año me alertó de lo sucedido. Minutos después la noticia se replicaría en todos los medios nacionales: Acababa de morir José Emilio Pacheco.

Uno nunca espera recibir una noticia de ese calibre un domingo por la tarde y mucho menos está preparado para recibir de golpe una tristeza semejante. Muchos podrán decir que exageraba, que es imposible sentir tanto pesar por la muerte de alguien a quien sólo vi en un par de ocasiones y a quien realmente nunca traté. Yo les respondería que en cuestiones literarias, es la obra de un escritor la que nos acerca a él de manera intima.

Contrario a la mayoría de mis contemporáneos, a mí no me dejaron leer

Las Batallas en el Desierto en la secundaria, más bien llegué a él por mero gusto y curiosidad, justo cuando estudiaba los últimos semestres de la universidad. Recuerdo haberlo leído esta novela de un jalón en el estacionamiento del campus, encerrado en mi auto. Creo que falté a una o dos clases esa tarde pero no me importó, en aquellos momentos pasaba por una profunda confusión amorosa y leer aquellas páginas en las que Carlos, su protagonista, también navegaba en un mar de confusión sentimental, me hacía sentir comprendido. Para cuando terminé de leerla, sabía que esa historia estaba destinada a impregnárseme en la piel.

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Desde entonces, he leído “Las Batallas” un par de veces más, encontrándola en cada ocasión más fascinante. En ella, José Emilio no sólo registra en sus letras una entrañable historia de amor, sino también la nostalgia por una ciudad que dejó de existir y de la que es difícil no enamorarse. Amar una metrópoli en constante cambio, en la que a cada paso el olvido va erosionando nuestros recuerdos: tal es el sentimiento que compartía con este escritor que hace un año decidió volverse eterno.

No pasó mucho tiempo antes de irme acercando al resto de la obra de José Emilio Pacheco. Con El Principio del Placer nuevamente caí cautivado con otra historia de iniciación amorosa y que respira mexicanidad. De igual forma devoré el resto de las narraciones contenidas en ese libro, encontrando en cada una elementos con los que no sólo me identificaba, sino que me ayudaban a explicarme a mí mismo, y eso, en la literatura es lo más valioso, pero a la vez, difícil de encontrar.

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Me acerqué a su poesía cuando en una librería me topé con una antología de toda su obra poética publicada por el Fondo de Cultura Económica. Y nuevamente fue otro descubrimiento inmenso. Nunca he sido un gran lector de este género literario, pero esos poemas me enseñaron que la poesía no tiene que emplear lo más pomposo del lenguaje ni hablar de cosas serias e importantes. Gracias a José Emilio, supe que la poesía era capaz de transmutar en las cosas más simples de la vida, que puede ser divertida, hablar de nuestra cotidianidad y no por eso dejar de ser bella.

Además, no podemos dejar de lado el enorme legado de José Emilio Pacheco dejó como columnista, guionista e incluso como traductor de obras como Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot; Vidas imaginarias, de Marcel Schwob; o Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.

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Dicen que cuando una obra literaria te cautiva es mejor no ir en busca del autor, pues podrías decepcionarte. Las dos ocasiones que tuve la oportunidad de ver a José Emilio me pasó todo lo contrario. La primera vez fue en el 2009, en una lectura de poesía que hizo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Al terminar su presentación me colé al área de prensa y tuve la oportunidad de charlar un par de minutos con él. Quedé asombrado de su sencillez, de su buen sentido del humor, de su amabilidad.

Unos meses antes de su muerte nuevamente me encontré con él. Aquella sería la última de sus presentaciones en público. Ocurrió en el Museo Nacional de Antropología, y aunque llegó en silla de ruedas, su mente brillante y extraordinaria maravilló a los presentes en una charla de hora y media. Con José Emilio lo de menos era el tema a tratar, pues cualquier tópico abordado por él siempre se volvía el más interesante.

Por eso es inevitable que a un año de su partida, sus lectores sigamos sintiéndonos un poco huérfanos. El 26 de enero del 2014 se fue uno de los representantes más grandes de la literatura nacional, el más honesto, el más humano, aquel al que jamás sentí inalcanzable, al contrario. A José Emilio no le gustaba que lo consideraban como una figura literaria, por más que sus logros, reconocimientos y letras le dieran los méritos suficientes.

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Hace un año quise ir a su sepelio en el Colegio Nacional de la Ciudad de México pero por cuestiones de trabajo no pude. Aunque me dolió no haberle dado un último adiós, me queda el consuelo de que, a diferencia de la ciudad mencionada en Las Batallas en el Desierto, el legado de José Emilio sí sobrevivirá al paso tiempo y jamás se convertirá en ruinas.

Gracias por todo querido José Emilio.

Por @gabrielrevelo

PD. También vale la pena leer El Eterno Viajero, la columna que hace un año Cristina Pacheco le dedicó a quién por años fuera su compañero de vida.