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Con peras y manzanas: La economía después del COVID-19

Por Esteban Illades

Una de las cosas en las que no hemos reparado, porque a veces es difícil lidiar con más de una crisis a la vez –y vaya que en México tenemos focos rojos en varios sectores–, es lo que sucederá con la economía mexicana ya que la pandemia del coronavirus disminuya.

Hace unas semanas hablábamos del primer golpe duro: los precios del petróleo. Arabia Saudita entró en una batalla campal con Rusia y el precio de los barriles –incluida la mezcla mexicana– se desplomó a niveles críticos. A pesar de que México cuenta con una cobertura –una especie de seguro en caso de que los precios caigan–, eso no implica que 1) la cobertura sea infinita a lo largo del tiempo y 2) que la cobertura proteja los precios cuando lleguen a los niveles que estamos viendo. En términos llanos: el seguro no nos puede sostener y México tendrá que encontrar una nueva fuente de ingresos en lo que el mercado se estabiliza, lo cual no se ve que vaya a suceder pronto. Pemex va a sufrir todavía más este año.

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A esto hay que agregar el segundo golpe: las finanzas mexicanas estaban lejos de ser las mejores antes de que apareciera el coronavirus. El país no creció el año pasado; de hecho registró una pequeña baja en el Producto Interno Bruto. El presupuesto, el más austero en mucho tiempo, estaba agarrado con pinzas para que los programas del gobierno pudiesen funcionar. Con todo y eso a la administración no le dieron los números; por ello, tuvo que echar mano del fondo para emergencias, el Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios o FEIP. Ese fondo, pensado para los grandes problemas –como los que enfrentamos ahorita– se redujo casi a la mitad a principios de año porque al gobierno le faltaba dinero desde entonces, antes del covid-19.

Ahora es más que probable que tenga que volver a hacer uso de él para tapar el boquete que sólo crece debido a la catástrofe mundial.

Luego el tercer golpe: México, por más que queramos creer lo contrario, no es una economía autosuficiente. El país depende en enorme medida de la economía de Estados Unidos y de la economía del planeta entero. Depende del turismo, depende de la manufactura que exporta –pensemos en la maquila en la frontera, o en las armadoras de autos, por ejemplo; por lo tanto, depende de lo que hagan los demás países. Su principal socio comercial, Estados Unidos, ha reaccionado con las patas ante el coronavirus; al momento de escribir estas líneas, tiene una tendencia de infecciones mayor a la que tuvo China en sus peores momentos.  La luz al final del túnel ni siquiera se ve en el vecino del norte; varios de sus estados han ordenado cuarentenas obligatorias. Hay ciudades como Los Ángeles que, para efectos prácticos, tienen candado y llave hasta nuevo aviso.

Sin turismo estadunidense, sin consumo estadunidense –incluso de drogas, pues ese mercado también se está reduciendo por la cuarentena; no hay ni dealers ni consumidores en las calles– y sin cadenas de producción, México va a sufrir el famoso “si a Estados Unidos le da gripa a nosotros nos da pulmonía”. Sólo con una pequeña diferencia: a los gringos ya les dio pulmonía.

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No por nada las expectativas de crecimiento en México, hechas por los analistas internacionales, nos hablan de una caída del PIB que podría llegar a niveles de 1994-1995, del famoso error de diciembre (si tú, querido sopilector, no te acuerdas de esos tiempos, pregúntale a tus papás cómo les fue). Ya no estamos hablando siquiera de 2008-2009, la última gran caída mundial y la influenza mexicana, el AH1N1. Estamos hablando de un escenario similar al de una de nuestras peores crisis en la historia moderna nacional.

Sumemos un cuarto golpe. Algo que ha pasado debajo del radar en estos días es la consulta que se inventó el gobierno para detener una planta cervecera en Baja California. Constellation Brands, la compañía que maneja Corona y demás marcas de Grupo Modelo en Estados Unidos, llevaba años construyendo una planta en la región de Mexicali. La planta contaba con diversas irregularidades, y algunos grupos locales llevaban tiempo protestando su construcción. El gobierno, sin embargo, hizo lo mismo que hizo con el aeropuerto de Texcoco: en lugar de entrar y revisar irregularidades, creó una consulta pública en plena pandemia, en la que votó menos del 5% del padrón local y echó para atrás la planta, que llevaba casi el 80% de construcción.

Al igual que con el NAIM, envió una pésima señal, pero lo hizo en un momento aún peor. Le dijo a los inversionistas extranjeros, que vaya que se necesitan en estos momentos, que sus negocios podían ser borrados de un plumazo y sin aviso previo. Ahora Constellation tendrá que buscar otro lugar para construir; se llevará sus empleos y una muy buena cantidad de dinero, porque, una vez más, el gobierno deberá compensar los proyectos que desechó.

En resumidas cuentas, estamos diciendo que no somos un país serio para recibir inversiones, que vaya que son necesarias hoy.

El quinto y último golpe es el presidencial. A pesar de que la economía global se acerca a una recesión, y de que los analistas dicen que México será el país que peor parado salga de toda Latinoamérica –sin contar Venezuela, porque Venezuela es un mundo aparte–, el presidente no ha anunciado ningún proyecto o apoyo ante la catástrofe venidera. En Dinamarca el gobierno ya dijo que pagará el 75% del sueldo de los empleados de compañías privadas que estén en riesgo de ser despedidos con tal de que no los despidan. En Estados Unidos se está hablando de ayudas a negocios por lo que ellos llaman un trillón de dólares –mil billones en nuestro idioma–. Alemania ya se está ajustando para endeudarse. Todos, absolutamente todos, están viendo la tempestad y se están hincando.

Menos nosotros. Acá, por lo pronto, nada. Al contrario, la terquedad de Santa Lucía, de Dos Bocas y del Tren Maya, tres proyectos que no iban a ser rentables incluso sin crisis. Ahora, una vez terminada la pandemia, serán más inservibles aún. Pero serán nuestros, es la lógica.

Foto: AMLO

Así las cosas, el panorama no luce bien. No sólo es la contradicción entre el subsecretario López-Gatell y el presidente: uno nos dice que nos resguardemos, el otro que salgamos a restaurantes –adivina cuál es cuál–, sino el enorme nubarrón negro que comienza a acercarse y avisa tormenta. Es la economía, que antes no funcionaba bien y ahora va directo y sin escalas a un shock mayúsculo.

Momento de tomar decisiones y ajustar lo que haya que ajustar, tal y como está haciendo el resto del mundo. Pero no contengamos la respiración. Si algo nos ha enseñado el presidente es que, cuando la realidad se le sale de las manos, él responde tapándose los oídos para no escuchar nada más que a sí mismo.

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Esteban Illades

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