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¡Deja esa relación tóxica! Replanteemos nuestra relación con el plástico

Por Elisa Caballero, Regina Gómez, Beatriz Acevedo y Andrea Pliego

El plástico. Material omnipresente. En la actualidad, prácticamente ya no podemos imaginar nuestra vida sin este conveniente material que ha probado tener más consecuencias negativas que las que podíamos imaginar. ¿Qué es el plástico? Es un polímero, un material sintético o semi-sintético derivado del petróleo que, dependiendo de su composición molecular, tiene diferentes propiedades y, por lo tanto, usos. Podemos encontrarlo en los más diversos contextos y presentaciones: desde fibras para ropa, hasta partes automotrices, instrumentos de cocina, juguetes, incluso en micro esferas en pastas de dientes y productos de belleza. 

El plástico se inventó en la década de los 30, aunque su uso se intensificó en los años 50. Sólo medio siglo bastó para que el milagroso material se convirtiera en uno de los desafíos ecológicos más grandes que la sociedad actual ha enfrentado. Su uso indiscriminado es una de las principales razones, especialmente cuando se trata de objetos desechables de un sólo uso. Solamente en la última década, hemos producido más plástico que en toda la historia de la humanidad; por mencionar algunas cifras, en 2015  se produjeron en total 380 millones de toneladas (Greenpeace, 2020) lo que equivale a dos tercios del peso de la población mundial.

La industria del plástico objetará que el problema no es el material ya que con un adecuado manejo de residuos los “supuestos” daños al ambiente pueden ser aminorados. Sin embargo, dicha premisa no es más que una ilusión. La angustiante realidad es que solamente alrededor del 19.5% de los residuos plásticos son reciclados, otro 25.5% incinerados y el restante 55% es desechado (Geyer et al., 2017), ya sea en rellenos sanitarios, tiraderos al aire libre, o su destino más conocido, los océanos.

¿Y el principal responsable?

De acuerdo con Geyer (2017), a nivel global el sector industrial que más plástico produce y desecha es el del empaque y embalaje (packaging), con casi 42% del plástico producido.

La relación es clara: la producción y desecho del plástico está guiada por el consumo. De hecho, son los países más ricos (o enriquecidos como diría la ecofeminista Yayo Herrero) quienes producen la mayor cantidad de residuos plásticos, lo que nos muestra, de nuevo, la relación que hay entre estilos de vida y daños al ambiente. La conveniencia, practicidad, higiene y demás argumentos a favor del plástico vienen con un alto costo que las nuevas generaciones no estamos dispuestas a pagar

El problema no es solamente una gran cantidad de desechos plásticos que no se degradarán hasta dentro de 500 años. Entre las principales consecuencias de la contaminación por plástico se encuentran la contaminación de agua y atmosférica por el proceso de extracción de la materia prima fósil así como la producción misma. La exposición a plásticos de uso común significa el riesgo permanente de ingestión o inhalación de microplásticos, con efectos en el sistema endócrino o incluso cáncer. Por su composición química, los plásticos tienden a degradarse en partículas muy pequeñas que contaminan todo lo que tocan (agua, aire y tierra) liberando químicos tóxicos que no solamente nos enferman a nosotrxs sino a los demás seres vivos que habitan los ecosistemas expuestos a dichas toxinas (CIEL, 2019).

Muchas de las consecuencias que la contaminación por plástico para nuestra salud y la salud de los ecosistemas es aún desconocida. Nos enfrentamos a un problema de dimensiones nunca antes vistas y los efectos a largo plazo son un misterio que deberemos esperar para conocer.

Pero… ¿queremos hacerlo de brazos cruzados mientras tanto? 

Conforme hay mayor preocupación respecto a la forma en la que utilizamos este material (como cualquier otro de un solo uso) y al impacto evidente que hemos visto de este sobre los ecosistemas, términos como “ciclo de vida circular”, “compostable”, “reciclable”, o “biodegradable”, entre otros, se han vuelto cada vez más comunes. Esta toma de conciencia y cambio en “hábitos de consumo” no han pasado desapercibidos para las compañías, quienes han propuesto “soluciones” al plástico tradicional.

Tal es el caso de los “bioplásticos”, los cuales tienden a estar hechos a base de un polímero natural (plantas u otros materiales biológicos) y simulan las características de los plásticos petroquímicos normales (ver esquema de tipos de plásticos). Esto puede parecer como una gran solución al problema inminente de sobreconsumo/desecho que tenemos de plástico; sin embargo, en su gran mayoría, es una forma de capitalizar las tendencias de preservación del ambiente, mejor conocido como “greenwashing”. 

Foto: Playa caribeña tomada de Bioguía. Diagrama informativo: B. Acevedo.

El término “greenwashing” hace referencia a “hacer creer a la gente que una empresa está haciendo más para proteger al medio ambiente de lo que realmente hace” (Acaroglu, 2019). Y si bien no todas las compañías lo hacen con malas intenciones, es cierto que, al no ser claros con la información y las particularidades que conlleva la gestión de los bioplásticos, están lucrando con la venta de un producto que difícilmente será dispuesto de manera correcta y que terminará dañando el ecosistema. 

En casi todos los casos, para que los bioplásticos se degraden necesitan ciertas características específicas al desecharse, tales como oxígeno, luz o calor que no están presentes en un relleno sanitario común, una composta casera o en el océano, por ejemplo. Por otro lado, su producción también incluye una cierta cantidad de productos petroquímicos, lo cual no los hace 100% naturales o biodegradables, sin contar la cantidad de energía necesaria para producirlos. Es por ello que la problemática va más allá de encontrar materiales “más amigables” con el ambiente; más bien, es una oportunidad para cuestionarnos nuestro estilo de vida y hábitos de consumo; asimismo. reflexionar lo que implica la vida de los productos, desde su fabricación hasta su desecho.

¿Qué es la campaña Julio sin Plástico y por qué surgió?

Ante esta desinformación y falta de orientación sobre qué hacer con la problemática del plástico, la campaña de “julio sin plástico” nace de la necesidad de concientizar sobre el consumo de plásticos que tenemos, en particular los de un solo uso y motivar a las personas a que por medio de sus acciones cotidianas reduzcan el consumo de este material

plástico contaminación desechos

Foto: Pixabay

Empezó en 2011 en Australia por un pequeño grupo de personas, pero en los últimos años ha tomado fuerza convirtiéndose en una de las campañas ambientales más grandes a nivel mundial. De acuerdo con cifras de Plastic Free Foundation, en 2019 la convocatoria logró la participación de 250 millones de personas en el mundo, los cuales en promedio redujeron su consumo de plástico en casi un 5% (23 kg al año en promedio por persona); de igual manera, se ponderó que durante este año se pudo evitar que 825 millones de kg de plástico de un solo uso terminaran en el ecosistema (PFF, 2019). 

¿Cómo implementarlo en nuestra vida? 

Llevar a cabo acciones a nivel personal es un excelente punto de partida para poder avanzar en este camino hacia una vida más consciente con el ambiente. Sin embargo, los cambios individuales no son suficientes, y menos si se quedan en el mismo plano de consumismo que nos trajo aquí en un principio. 

Por medio de pequeños retos como julio sin plástico podemos empezar a desarrollar los hábitos necesarios para reducir nuestro consumo de materiales de un solo uso (no sólo plásticos) y a vislumbrar un estilo de vida que no dependa de estos. Pero, principalmente, es una gran oportunidad para cuestionar todo aquello que nos han enseñado que está bien o que es normal. Cuestionar los procesos productivos, el sistema económico, los costos al planeta y a quienes lo habitamos de un estilo de vida que es insostenible. Como bien mencionamos anteriormente, el plástico en sí mismo no es el problema, sino cómo y para qué lo usamos. Si podemos hacernos estas preguntas, campañas como julio sin plástico, ya lograron más de lo que nos imaginamos.

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Andrea Pliego, Elisa Caballero, Beatriz Acevedo y Regina Gómez son integrantes de Contaminantes Anónimus.

Twitter: @contaminantesa

Facebook: Contaminantes Anónimus

Instagram: contaminantes.anonimus

Referencias