Faust destruye tímpanos y reconstruye el escenario del Lunario

Dentro del marco del Festival de la Ciudad de México encontramos la sección de Aural, un humilde espacio dedicado a la música experimental. La gran mayoría… o mejor dicho, todos los artistas invitados a participar en Aural son reconocidos por destacar fuera de los margenes de todo lo que sucede en la industria del pop. Los asistentes a estos eventos deben quedar advertidos que lo que van a escuchar y ver puede vagar entre el experimentalismo sónico y el arte abstracto. Esto puede ser un ejercicio en paciencia para varios espectadores que no vienen preparados.

Lunes por la noche, el Lunario vuelve a prestar su escenario para dos actos internacionales de envidiable renombre. El primer artista invitado fue Stefan Joel Weisser, mejor conocido bajo el nombre de Z’ev. Este percusionista tiene una propuesta interesante ya que se dedica a crear una experiencia aural que se asemeja más a los brochazos de un pintor expresionista trabajando sobre la tela. Z’ev se colocó frente a su tambor, le dio la espalda al público y se sumergió en su arte. Su enfoque sobre sus instrumentos de percusión era tan sólido que ningún aplauso, silbido o grito de desesperación de la audiencia podía desviarlo. Después de una hora de VANGUARDIA PARA LAS MASAS, Z’ev se dio la vuelta con una sonrisa juguetona y se despidió de un público confundido pero contento consigo mismo por “tolerar” la obra de un artista de aquellos que clasifican como marginal.

Pequeña digresión:

Desde tiempo inmemorable, el artista siempre ha sido el loquito cuyas ideas excéntricas siempre han sido toleradas por la sociedad. A veces el loquito hacía cosas interesantes que divertían a los colonos por una hora, aunque estos pronto se olvidarían de todo para regresar a las cosas esenciales de la vida como trabajar, dormir, comer y cagar. De vez en cuando, el loquito cometía la osadía de expresarse a través de su medio, sin tomar en cuenta el entretenimiento frívolo de su audiencia. Estos actos artísticos provocaban reacciones incómodas dentro del espectador, lo cual provocaba el rechazo del artista. Faust es una banda alemana que desde sus inicios en los 70 fue rechazada por Polydor o tratada como un acto circense por Virgin Records. Aunque Faust jugó un importante papel en la creación del género ahora conocido como Krautrock, su trayectoria musical no duró más de cuatro años.

Tras su desintegración en 1975, Faust desapareció por varias décadas, hasta que resurgió en los 90 cuando algunos integrantes se dedicaron a recobrar algo de ese prestigio. Actualmente, el nombre de Faust sigue vivo gracias a dos de sus integrantes originales: el percusionista y panzer humano, Zappi W. Diermaier; y el bajista y vocalista Jean-Hervé Péron. En su alineación también cuentan con el apoyo del guitarrista James Johnston. (Y José Luis en el trapeador)

La banda inició su set en el Lunario de forma poco convencional. Con palas y escobas, los integrantes arrojaban piedras a un pulverizador o un mezclador (los aparatos de construcción no son lo mío). A lo largo del concierto, uno podría jurar que Zappi iba a terminar de construir un segundo piso al escenario del Lunario. Quizás el momento más espectacular fue cuando empezaron a salir chispas de uno de esas cosas que funden metal. No estoy muy seguro si hubo un setlist, ya que las canciones que tocaron eran normalmente distorsionadas, alargadas, machacadas y pulverizadas entre martillazos y barriles (aunque si pude reconocer “It’s a Rainy Day, Sunshine Girl”). Si algún lector hizo un setlist, lo apreciaría mucho si lo pusieran en la sección de comentarios.

El concierto de Faust fue un evento singular. Nuestros oídos seguro sufrirán las consecuencias, pero el buen arte deja costra. Así como los Residents lo hicieron hace un año exactamente, Faust dejó una impresión fuerte en la memoria de su público. Como si atestiguarán su primer concierto en el infierno. ¡Pero con DVDs gratis!

S-R: ***3/4