Por José Ignacio Lanzagorta García

El “bus de la libertad” es una provocación andante. Su objetivo es bastante claro: despertar expresiones de repudio tales que puedan ser tachadas de intolerantes y violentas. Así, víctimas de huevazos, grafitis y gritos, buscan demostrar la existencia de una “dictadura gay” que oprime a “la familia” e impondrá, por las buenas o por las malas, una nociva “ideología de género”. Tanto saben que su camión es agresivo que lo invocan una y otra vez con el derecho a la libertad de expresión. Lo llaman así, “bus de la libertad”, precisamente para acrecentar la condena contra quien se resista a su paso. Incluso, cuando circuló por Estados Unidos, uno de los mensajes que desplegaba fue el de “#FreeSpeechBus”.

El camión es iniciativa de una organización española llamada CitizenGo, que aglutina a algunos de los segmentos más conservadores de la sociedad española, notablemente la llamada “HazteOír”. A través de su presencia en redes sociales ha logrado difundir sus mensajes a todo el mundo de habla hispana y, sobre todo, en los últimos años que se han tratado de empujar en el continente distintas iniciativas de interés para la comunidad LGBTI y también para las mujeres. Y CitizenGo ha encontrado inmediatos y fuertes socios en muchos de los países latinoamericanos y Estados Unidos. El Consejo Mexicano de la Familia, encabezado por Juan Dabdoub, el señor de los brazos largos, es sólo uno de sus capítulos mexicanos que formaron el infame Frente Nacional por la Familia.

Bus de la libertad

Foto: Facebook

Este conglomerado de organizaciones y movimientos directamente vinculados a la Iglesia Católica –que cautelosamente trata de tomar la distancia que puede de ellos– y a otras denominaciones cristianas, logró en estos años lo que no se había logrado en las décadas anteriores: socializar y politizar un mensaje sencillo y accesible a las masas contra las agendas progresistas en materia de políticas de visibilidad y derechos civiles para las disidencias sexuales y de género. Las plataformas digitales –la infografía, el hashtag, el video, el post–lograron que ese término acuñado en los 90 por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, “ideología de género”, finalmente llegara de forma empaquetada, digerida y lista para usarse hasta al más pequeño de sus hijos. Antes no necesitaban disentir activamente: las sociedades eran lo suficientemente homofóbicas, lesbófobas, tránsfobas y misóginas como para requerir el involucramiento de las masas para defender una agenda que les era tan ajena como una hija machorra, un sobrino rarito, el amigo que se mudó lejos y dicen que ahora es amiga. Pero algunas partes del mundo algo han cambiado.

Como sea, el discurso de CitizenGo, Confamilia y demás suena y es pedestre. A muchos les encanta decir que es “de otro siglo”. Pero la verdad es que es un discurso de nuestro presente. Es tan moderno que sus tácticas discursivas se insertan en lo que entendemos como modernidad, al menos, liberal. Apelan a la libertad de expresión para sentenciar quién puede y quién no puede tener qué derechos. Apelan a una condición de minoría oprimida cuya cultura, religión y visión del mundo está siendo oprimida por las fuerzas del mercado. Apelan al relativismo cultural para señalar que su visión es tan políticamente viable como cualquier otra en un contexto liberal. Y, lo más irónico, apelan a la ciencia para refutar el género como construcción social.

En todos los casos se observa un conocimiento de la forma en la que entendemos y construimos las democracias liberales, un punto de “verdad”. Existe un entendimiento de que no son admisibles los argumentos de fe que escuchábamos en décadas anteriores o seguimos escuchando en contextos con un laicismo menos arraigado. Aprendieron a hablar el lenguaje del liberalismo. Y justo eso es lo que los vuelve tan irritantes. Más allá del punto de partida –la tolerancia, la libertad de expresión, el relativismo cultural o la ciencia–, sus argumentos nunca se sostienen. Al final, la parte medular de su postura sólo se sigue de una visión normativa estricta y cerrada sobre los cuerpos, sexualidades y organizaciones familiares que el liberalismo, bajo la norma del mutuo consentimiento, ha ido consignado a la esfera de lo privado. Así que no hay compatibilidad alguna. Pero ellos han encontrado una fuerza extraordinaria en hacerse creer a ellos mismos que su postura es liberal. Quieren el aplauso sólo por haber intentado dejar el argumento de fe, por ese punto de partida de nueva “verdad” que antes no aceptaban.

Su insoportable “bus de la libertad” busca ese aplauso. Cada juez que –en el caso de España–, les ha negado el paso por una ciudad; cada mitin de repudio que enfrentó en México o en otros países latinoamericanos, ganó CitizenGo, ganó Dabdoub. Lograron su cometido en ser víctimas de un liberalismo que fracasa en tolerar su libertad de expresión. Lo vimos en redes: el mensaje prefabricado estaba listo para ser enviado: “piden tolerancia y no toleran”, “los violentos son ellos”. Esto, por supuesto, no es para llamar a la culpa de quienes sucumbieron ante la provocación de este bus. Esto es más bien para celebrar ese triunfal día en que Dabdoub levantó la mano para taparle la boca a una chica que lo increpó. En un solo segundo quedó demostrado que son ellos los frágiles a la provocación, que ese nuevo liberalismo del que hablan es sólo una fachada en la que tampoco creen. Instantáneamente, ese “bus de la libertad” que buscaba mostrarse como un ruidoso blanco de la intolerancia, se desmoronó. Parece que quienes están detrás del bus soportan mucho menos provocación a sus ideas que la intolerancia que buscan recibir con sus provocaciones.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito