Por Paloma Villagómez Ornelas

Si esta entrega hubiese llegado a tiempo, hace más de una semana, habría tratado de otra cosa. Algo más era lo urgente, otros asuntos apremiaban. Las escenas de muerte, violencia, desaparición y despojo estaban aún demasiado cerca. La cloaca abierta y pestilente como nunca y como siempre. Mara acababa de ser hallada muerta, asesinada. Mientras algunos veían el dedo que señalaba la luna, otros pedíamos pensar su muerte como el resultado de las acciones de un hombre, pero también como producto del sistema voraz que lo secunda, que ve en la violencia contra las mujeres un mercado, una oportunidad de propaganda, un nicho que explota engañosa, cínica, criminalmente.

En eso estábamos mientras la conversación se nos llenaba de epítetos torrenciales, huracanados y, de pronto, telúricos. Una secuencia de sismos intensos, cercanos, insistentes, agitaron la materia y la memoria colectiva de la tragedia y el espanto. Desde entonces no ha parado; no hemos dejado de temblar, literal y figuradamente. No sabemos si la alucinación es la calma o la sensación de movimiento.

La cartografía de la destrucción y el miedo es extensa. Hay ya muchas muertes y otros tantos que no aparecen. Hay tristeza, ansiedad, neurosis y delirios. El paisaje cambió. Donde antes había algo ahora hay campamentos de brigadistas, pero pronto habrá nada. Nada. Y la vista del vacío podría ser aún más intimidante que la de la agitación y el movimiento que todavía se ven en estos días. Vendrá el silencio, pero uno distinto al del puño en alto que, aunque crispa, da esperanza. Será ese silencio, el de las noches, el que sigue a las sirenas, a los helicópteros. Ese silencio.

Hay ya muchas crónicas y reflexiones, y habrá muchas otras porque es necesario, porque decir organiza el pensamiento, ayuda a entender, a ubicarnos en el relato de la experiencia propia y ajena. Escribir obliga a reagruparse, a articular de nuevo al cuerpo con la mente y el alma. Ojalá no nos cansemos nunca de leerlas todas porque es una manera extraordinaria de conocernos y reconocernos, de construir una memoria emocional colectiva.

Foto: Luis Arango

Todos los relatos, a no dudar, destacarán dos cosas: primero, el volcamiento inmediato y masivo de las personas de siempre, las y los civiles, para apoyar a las personas directamente afectadas por los derrumbes; segundo, el ominoso pasmo del Estado no sólo después sino antes del terremoto, cuando pudo haber hecho cumplir las reglas que hoy tendrían a varios a salvo.

Para bien y para mal, con sus permanencias y sus variaciones, la historia se repite con toda su humanidad; es decir, que todo ha sido bellísimo y terrible.

Salimos a las calles en un estado de estupefacción y extravío, buscando un lugar que nos llamara, un lugar en el que pudiéramos ser útiles, necesarios. Nos involucramos en las actividades más diversas, llenando a tope los espacios, desbordándonos de ganas de procurar.

Nos urgía proveer certezas, garantizarle a alguien presente o ausente que estaría bien, que esto pasaría, que mientras nosotros estuviésemos ahí todo estaría bien, aunque sabíamos que no había tal cosa. Era imperativo construir certidumbres: no te vas a quedar sin comida, tendrás dónde dormir, el medicamento llegará a tiempo, la herramienta llegará donde se necesita, vamos a rescatar a tu familia, no nos vamos a ir. No nos vamos a ir.

Nos lamimos las heridas, entre todos, descarada, descomunalmente.

Constatamos la existencia del “nosotros”, esa bestia extraordinaria, feroz, fuertísima que a veces parece mítica. Existe. Existimos. ¿Pues dónde estábamos?, nos preguntamos con fascinación frente a los ríos de gente, de todas las edades, cuerpos, barrios, acentos y nacionalidades. ¿Dónde andábamos, carajo?, nos decíamos erizados de gusto y de llanto por la infrecuente sensación de estar de acuerdo, por fin, en algo fundamental.

El tamaño de la emergencia obligó a bajar el switch de la desconfianza, a aceptar las promesas y la cercanía del otro sin miramientos. Suspendimos el juicio porque tuvimos que hacerlo, porque es muy difícil sostener al mismo tiempo las losas y el recelo.

En ése y otros muchos sentidos, la tragedia es también una lección. Si fuese posible identificar el origen y el destino de todas las ayudas, construiríamos un mapa hermoso y confuso, atravesado de cabo a cabo por trayectos enredados. Un mapa que sería absolutamente inútil si no fuese porque revela que somos capaces, quizás no de erradicar, pero sí de repensar y resignificar el impulso por distanciarnos.

Pero es la cosa con las desgracias naturales, que no son error de nadie y así es más fácil solidarizarse con las víctimas. Uno llega incluso a sentirse culpable de estar vivo y entero. Por eso nada nunca es suficiente, aunque luego no sepamos para quién, aunque luego nos confundamos entre ayudar al alter o ayudar al ego.

No suele suceder así con los desastres sociales; tendemos a creer que estos son responsabilidad de los afectados, que son víctimas de sí mismos: los pobres de su pobreza, los jóvenes de su desaparición, las mujeres de su muerte.

Foto: John Moore/Getty Images

Pero ésta también es una tragedia social. Llevamos días hablando de triángulos y binomios virtuosos, pero no podemos negar que en otra álgebra y en otra geometría malditas existen el binomio del dinero y la corrupción, el triángulo de la impunidad, la violencia y la muerte. La misma ganancia, el mismo interés, la misma red de complicidades privadas y públicas, mató de nuevo a tantos. Es más: mató a los mismos. Es absurdo y tenebroso que hoy volvamos a contar una historia de costureras que trabajaban en un edificio que no tardó más de tres segundos en desplomarse entero.

La fantasía de que el lado oscuro de la humanidad se suspende en momentos de tragedia es sólo eso, una fantasía de la que volvíamos anonadados cada vez que nos enterábamos de un atraco, de una marrullería. Continuó la violencia, el despojo, la negligencia, el oportunismo, la rapiña común e institucional. Cada escombro removido ha empezado a contar una historia infame.

Pero, dicen, donde hay sombra hay luz.

Como socióloga, me sentí ridículamente inútil pero también extraordinariamente llamada a entender. Nos urge saber más, comprender cómo nos activamos y desactivamos como sujet*s solidari*s, no sólo desde el activismo y los movimientos articulados, sino desde la ruptura de la continuidad de la vida íntima, cotidiana, desde nuestra domesticidad personal y pequeñita. Qué nos conmueve, qué no y por qué, qué disputas se abren, con quiénes construimos la narrativa del rescate y la reconstrucción. Urge, pues, hacer sociología del desastre.

Hoy no sé si nació una nueva cultura de protección, no sé si la procuración y el afecto que ahora nos brindamos perdurará sin tragedias masivas de por medio. No voy a decir que nos volvimos buenos, mejores. No sé si poner el cuerpo magullado de por medio nos unió para siempre. No sé si esto hacía falta, no sé si ahora sí lograremos sostener la indignación.

Pero tengo la certeza de que cuando vuelva a ocurrir ahí estaremos, con toda nuestra bella y terrible humanidad. Estamos estructuralmente dañados, fisurados, pero no nos derrumbamos. Queda no perdonar lo imperdonable, exigir una restauración material y moral menos desigual e injusta. Queda reconstruir la normalidad para que sea menos aplastante.

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Paloma Villagómez es socióloga y poblacionista. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de México.

Twitter: @MssFortune

Foto principal: Santiago Arau