Lo que necesitas saber:
Mientras las soluciones de fondo por parte del Estado siguen pendientes y sin romantizar la precariedad, exploramos algunos hacks que pueden ayudarte a comer mejor sin gastar más
La dificultad para acceder a una vivienda digna es uno de los principales motores de malestar en México, incluso por encima del impacto del crimen organizado y la inseguridad, sus efectos alcanzan diferentes áreas de la vida, como la alimentación; pero mientras las soluciones de fondo por parte del Estado siguen pendientes y sin romantizar la precariedad, exploramos algunos hacks que pueden ayudarte a comer mejor sin gastar más.
Más allá de la vivienda digna: cuando la renta también se come tu comida
Hay conversaciones que terminan convirtiéndose en preguntas periodísticas. La mía comenzó hace varios años, cuando apenas había salido de la universidad, trabajaba para pagar la renta y comprar una vivienda era una posibilidad tan lejana que ni siquiera ocupaba un lugar en mis preocupaciones.
En una de esas pláticas, un amigo, varios años mayor que yo, me contó que se había impuesto una meta: llegar a los 40 años con un departamento propio. Lo logró, pero, como él mismo decía, le costó, metafóricamente hablando, lágrimas, sudor y sangre.
Recuerdo que, en más de una ocasión, intentó convencerme de organizar mejor mis finanzas y pensar en la posibilidad de adquirir un patrimonio. Sin embargo, en ese momento la realidad era otra: cuando buena parte del ingreso se destina a pagar una renta, ahorrar parece un lujo. Entre todo lo que me dijo, hubo una frase que se me quedó grabada.
“Desde que dejé de pagar renta, por fin pude empezar a comprarme ropa”.
En aquel entonces no terminé de comprender lo que quería decir. Los años pasaron y, por distintas vueltas de la vida, tuve la oportunidad de comprar un pequeño inmueble gracias al apoyo de mi familia.
No fue un crédito hipotecario ni una historia de éxito financiero; fue una oportunidad que sé que no está al alcance de todas las personas. Y aunque tener una vivienda propia implica nuevas responsabilidades y otros gastos, hubo un cambio que me sorprendió casi de inmediato: empecé a comer mejor.
Sin proponérmelo, mi refrigerador comenzó a llenarse con alimentos que antes compraba con menos frecuencia. Empecé a elegir productos de mejor calidad, a preocuparme menos por estirar el presupuesto hasta el siguiente pago y a sentir que el dinero rendía de otra manera. Entonces recordé aquella conversación de hace años y me hice una pregunta:
¿Hasta qué punto el alto costo de la vivienda no solo está dificultando el acceso a un hogar, sino también está modificando la forma en que las personas comen, cuidan su salud, organizan su presupuesto y, en general, viven?
Los dos grandes motores del malestar en México, más allá del crimen organizado y de la inseguridad, son los bajos salarios y las condiciones de acceso a una vivienda digna y asequible, reconoció Andrés de la Peña, periodista de datos y colaborador del Instituto de Estudios sobre la Desigualdad.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares publicada por el INEGI en 2025, el 15.7 por ciento de los hogares mexicanos vive en una vivienda rentada, lo que representa alrededor de 20.7 millones de personas que pagan alquiler.
Por su parte, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL; señaló que la proporción de hogares que renta en la región pasó de 16.4 por ciento en 2002 a 20.9 por ciento en 2022.
El organismo internacional identificó también que el 27 por ciento de los hogares pertenecientes al quintil más pobre vive en una vivienda rentada, es decir, el alquiler tiene una presencia mayor entre quienes disponen de menos ingresos y, por lo tanto, cuentan con un margen más reducido para cubrir otras necesidades.
De la Peña explicó que hablar de acceso a una vivienda digna exige considerar las distintas condiciones económicas, laborales y familiares de cada persona, por lo que en el caso de quienes pagan renta, la situación podría ser crítica al destinar una parte importante del ingreso a conservar un techo reduce el margen para cubrir otras necesidades como la alimentación, la recreación, el tiempo libre y la salud, no solo de manera inmediata, sino también a largo plazo.
El problema también modifica la manera en que las personas habitan las ciudades, ante la imposibilidad de pagar una vivienda cerca de sus centros de trabajo, muchas terminan rentando en zonas cada vez más alejadas e incrementa los tiempos de traslado, altera los ciclos de sueño y limita el descanso, dijo.
La tensión económica también influye en decisiones como tener hijos o formar una familia, al no contar con el espacio, los recursos ni el tiempo necesarios, por lo que para el experto todos estos efectos forman un círculo vicioso que deteriora progresivamente la calidad de vida.
Aunque la crisis de acceso a la vivienda es global, sus causas adquieren distintos matices en cada lugar: la turistificación, la especulación inmobiliaria y la concentración de la propiedad en pocas manos han contribuido a que la vivienda deje de distribuirse como un derecho y se consolide como un activo financiero, dijo el también internacionalista.
Se trata, advirtió, de una dinámica inédita de la crisis de vivienda de en la historia de la especia humana ante la cual el Estado está obligado a intervenir y construir nuevos sistemas de acceso.
En México, señaló, el modelo de acceso a vivienda es antiguo y disfuncional, pues los créditos privados tienen costos demasiado altos, mientras que las opciones públicas no responden a la dimensión de la necesidad.
Además, mecanismos como el Infonavit y el Fovissste se concentran en el financiamiento, pero no intervienen directamente en la especulación ni en el aumento de los precios. Por ello, aun cuando una persona consigue un crédito, el monto puede no ser suficiente para adquirir una vivienda digna.
A esto se suma que el sistema está diseñado principalmente para quienes tienen un empleo formal y deja desprotegida a una amplia población que trabaja en la economía informal.
Para De la Peña, cualquier nueva política de vivienda debe reconocer esa realidad y abandonar un modelo que ya no corresponde con la estructura laboral del país.
El especialista consideró que México podría observar experiencias desarrolladas en lugares como los Países Bajos, Bélgica, Nueva Zelanda y Nueva York, donde existen esquemas de vivienda pública o renta asequible con una participación más activa del Estado.
En algunos de estos modelos, los recursos obtenidos mediante las rentas se reinvierten en la generación de nueva vivienda, lo que permite ampliar gradualmente la oferta y mantener precios más bajos.
Es necesario construir una nueva agenda política alrededor del derecho a la vivienda, relató el tambien activista sobre vivienda digna; aunque reconoció que la transformación no será sencilla, se muestra optimista ante el trabajo de organizaciones civiles y colectivos que han colocado el problema en la conversación pública y presionan para que el Estado responda a una realidad que ya afecta prácticamente todas las dimensiones de la vida.
La renta también enferma
“Ya no puedo más con mi roomie. Es un borracho insoportable y ayer se puso loco”, fue el mensaje con el que la usuaria de TikTok @bandida.324 acompañó un video en el que documenta una discusión con la persona con la que comparte vivienda.
En las imágenes se observa a un joven ingresar a la habitación, cerrar la puerta e intercambiar insultos mientras aparentemente se encuentra en estado de ebriedad. Sí, una pesadilla.
Aunque se trata de un caso particular, la escena pone sobre la mesa una realidad cada vez más frecuente: compartir una vivienda ha dejado de ser una decisión y, para muchas personas, se ha convertido en una necesidad económica con implicaciones como las que relata el reel de Tik Tok.
Para la doctora Teresa Ofelia González Anaya, especialista en salud pública, este es uno de los nuevos rostros de la crisis de vivienda, donde el incremento sostenido de las rentas está obligando a más personas, particularmente jóvenes, a compartir departamentos o casas con familiares, amistades e incluso desconocidos, una dinámica que también puede derivar en conflictos de convivencia y afectar el bienestar.
Aunque existen fuentes como la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH); la investigadora consideró que los datos disponibles siguen siendo insuficientes y están dispersos, lo que dificulta construir un diagnóstico preciso sobre el impacto del costo de la vivienda.
Sin embargo, con los datos que hay González Anaya encontró que los hogares pertenecientes al decil de menores ingresos pagan, en promedio, una renta de 2 mil 500 pesos mensuales, mientras que su ingreso ronda los 5 mil 600 pesos.
Es decir, casi la mitad de sus ingresos se destina únicamente al pago de la vivienda, muy por encima de la recomendación financiera de no destinar más del 30% del ingreso al alquiler.
Para la especialista, esa cifra también obliga a preguntarse por la calidad de las viviendas a las que puede acceder este sector de la población con ese nivel de gasto.
El panorama tampoco mejora al revisar el resto de la distribución de ingresos ya que al analizar la mediana nacional, la académica encontró que una renta de 22 mil pesos mensuales representa alrededor del 85 por ciento de un ingreso cercano a los 26 mil pesos.
Con base en ese comportamiento, estimó que alrededor del 60 por ciento de los hogares mexicanos no podría pagar una renta con los ingresos que reporta la propia encuesta.
La pregunta, afirmó, es inevitable: ¿Cómo le están haciendo quienes hoy viven en alquiler?
Para González Anaya, las respuestas apuntan a un problema que trasciende el mercado inmobiliario y comienza a convertirse en un asunto de salud pública.
Y es que cuando una parte creciente del ingreso se destina a pagar un techo, las familias suelen desplazar el consumo de alimentos de mejor calidad y optar por opciones más baratas, una decisión que, sostenida en el tiempo, puede incrementar el riesgo de obesidad, diabetes, hipertensión, problemas de la vista y desnutrición.
La especialista en política pública consideró que el Estado debe intervenir antes de que el problema escale pues a a su juicio, es necesario revisar la forma en que opera el mercado de arrendamiento, las condiciones de los contratos de renta y las reglas que hoy permiten el incremento de los precios.
De no hacerlo, advirtió, la presión que enfrentan millones de personas para acceder a una vivienda podría terminar alimentando una burbuja con consecuencias económicas y sociales cada vez más profundas.
¿Y mientras tanto?
Las necesidades de la población avanzan mucho más rápido que las políticas públicas y mientras millones de personas siguen ajustando su presupuesto para pagar un techo, las soluciones estructurales continúan moviéndose con una lentitud que difícilmente alcanza el ritmo de la crisis.
Pese a este andar a paso de tortuga de los y las políticos, pero sin la intensión de romantizar la precariedad ni mucho menos de trasladar a la sociedad civil la responsabilidad de resolver un problema que corresponde al Estado; vale la pena revisar alternativas que podrían aliviar la presión sobre uno de los pocos rubros del presupuesto donde aún es posible ahorrar: la alimentación.
Brenda Cárdenas, directora de Relaciones Institucionales de Cheaf México, explicó que una de las preguntas que cada vez escuchan con mayor frecuencia es: ¿Cómo ahorrar en comida cuando la renta se lleva buena parte del sueldo?
Y es que el incremento en el costo de la vivienda, el transporte, los servicios y los alimentos ha obligado a miles de personas, particularmente jóvenes, a replantear la forma en que administran su dinero, explicó la vocera de esta aplicación, que conecta a consumidores con supermercados, panaderías, restaurantes y otros comercios para rescatar alimentos que siguen siendo aptos para el consumo, pero que por razones logísticas o comerciales ya no serán vendidos.
Según cálculos de Cheaf México, la renta puede absorber entre 40 y 60 por ciento del ingreso mensual, convirtiendo a la alimentación en uno de los pocos rubros donde todavía existe margen para optimizar el presupuesto mediante estrategias de consumo inteligente.
Una revisión realizada por Cheaf México sobre el costo de la renta en algunas de las colonias con mayor demanda en la Ciudad de México ayuda a dimensionar esa presión sobre el presupuesto de un profesionista.
Brenda Cardenas explicó para Sopitas.com que iniciativas como Cheaf Mèxico puede representar ahorros de hasta 70 por ciento y citó el ejemplo de un pastel que normalmente cuesta alrededor de 600 pesos, pero que puede rescatarse por cerca de 200 pesos mediante un paquete sorpresa.
Señaló que cada alimento que termina en la basura también representa agua, energía, transporte, mano de obra y recursos desperdiciados, por lo que cuando esos productos no se venden, las pérdidas afectan a productores y comercios y terminan trasladándose a toda la cadena de producción.
“Recuperar parte de esos alimentos no sólo ayuda a disminuir esas pérdidas; también contribuye a reducir precios y permite que productos de calidad lleguen a consumidores que difícilmente podrían adquirirlos a precio regular”.
El problema, además, trasciende el bolsillo porque se estima que el desperdicio de alimentos genera entre el 8 y 10 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, es decir, si el desperdicio de comida fuera un país, éste ocuparía el tercer mayor emisor del mundo, únicamente detrás de China y Estados Unidos.
En México el desafío también es enorme, pues según Cheaf México cada año se desperdician alrededor de 30 millones de toneladas de alimentos, el equivalente a casi una tercera parte de toda la producción nacional y esto representa pérdidas cercanas a 45 mil millones de dólares, alrededor del 2.5 del Producto Interno Bruto, además de millones de alimentos que podrían aprovecharse para combatir la inseguridad alimentaria.
Frente a este panorama, distintos países han impulsado políticas para reducir el desperdicio de alimentos como Francia, Reino Unido y Chile cuentan con mecanismos que incentivan el rescate y aprovechamiento de excedentes alimentarios, además de aplicaciones especializadas como Too Good To Go, considerada una de las pioneras a nivel internacional en este modelo.
En China, por su parte, el gobierno impulsó la campaña “Plato Vacío”, orientada a reducir el desperdicio de alimentos y promover un consumo más responsable.
En México también comenzó a construirse un marco legal, como la Ley General de Alimentación Adecuada y Sostenible, publicada en 2024; que contempla disposiciones para reducir el desperdicio y fomentar el aprovechamiento de excedentes alimentarios.
Sin embargo, Cárdenas explicó que muchas de esas medidas aún no pueden implementarse plenamente debido a que sigue pendiente la publicación de su reglamento y mientras eso ocurre, buena parte de esos alimentos termina desechándose, incinerándose o destinándose a otros usos, como alimento para ganado.
A decir de la especialista, contar con ese instrumento permitiría generar incentivos para que más empresas donen o comercialicen sus excedentes, mejorar la medición del desperdicio de alimentos y avanzar hacia una política pública que beneficie al mismo tiempo a consumidores, comercios y al medio ambiente.
Mientras ese marco termina de consolidarse, iniciativas como Cheaf México buscan demostrar que reducir el desperdicio de alimentos no sólo representa un beneficio ambiental, sino también una alternativa para aliviar el impacto que el alto costo de la vivienda y el encarecimiento de la vida tienen sobre el bolsillo de miles de personas.
¿Y tú qué opinas? ¿Qué otros hacks has encontrado para hacer rendir el dinero cuando la renta se lleva buena parte del sueldo? Te leemos en los comentarios.
