¿Por qué me interesa?
Coyoacán es la unión poética entre historia, naturaleza viva y arquitectura apoteótica.
Existen algunos lugares en la CDMX en los que el tiempo se detuvo y tenemos la oportunidad de literalmente caminar en otras épocas. Tal es el caso de Coyoacán, una alcaldía al sur de la ciudad plagada de casas de colores, leyendas épicas, callejones feroces, parques protagonizados por árboles que tienen más de cien años y cientos de plantas endémicas que aparecieron en el paisaje gracias a la erupción del Xitle.
Según los registros, tanto de la Alcaldía de Coyoacán como de la SEDEMA, este barrio cuenta actualmente con al menos 200 espacios públicos verdes, entre los que hay parques y jardines verticales. Esta gran variedad se debe a que, por un lado, es un valle lacustre y, por otro, es un paraje de suelo volcánico. Dicha dualidad ha generado que en la zona crezcan cientos de especies arbóreas que llegaron de otros países y de otros climas, desde eucaliptos hasta ahuehuetes.

Pero además de la importancia biodiversa que se puede percibir en todos lados, los barrios que integran la alcaldía han sido la inspiración de artistas urbanos que crearon en sus calles casas que parecen un sueño y diseñaron una pequeña ciudad dentro de la gran ciudad.
Por eso, cada parque “del lugar de los coyotes” es un diálogo con lo que fuimos, con esta ciudad monstruosa que, aunque está en constante cambio, todavía le rinde pleitesía a lo que permanece, como Coyoacán.
Larga vida a Coyoacán, el lugar eterno
La alcaldía ha tenido muchas vidas en la historia de la Ciudad de México. Fue el lugar donde se solidificó la lava del Xitle, un señorío prehispánico, un colorido pueblo colonial, espacio de experimentación y libertad para los arquitectos, refugio de Trotsky y la sede bohemia e intelectual de la Ciudad de México.
Como en casi toda la CDMX, sus orígenes se remontan a la época prehispánica; aquí se establecieron los tapanecas, una comunidad famosa por sus huertos y sembradíos de flores, que, además de dejar sus tradiciones y templos vivos, fueron los responsables de bautizar el lugar. Coyoacán proviene del náhuatl y significa “lugar de los coyotes”.

Tras la caída del imperio azteca, en el siglo XVI, los españoles llegaron al barrio para refugiarse de las batallas sangrientas que se libraban en el centro. Más pronto que tarde, Hernán Cortés eligió Coyoacán para vivir, y para construir, tanto el primer ayuntamiento de la Nueva España, como la primera capilla española de la capital: “La Conchita”.
Años más tarde, después de la Independencia, la historia pasó por todas las calles de Coyoacán. Entre sus callejones y casas coloniales, en 1847 el Convento de Churubusco fue el escenario de las heroicas batallas del ejército contra Estados Unidos, y más adelante, durante la Revolución, el Ejército Libertador de Zapata encontró en la zona un lugar para descansar y planear sus siguientes movimientos.

Finalmente, Coyoacán no sería lo que es sin los intelectuales. Su carácter de pueblo tranquilo, con aire provinciano y su excepcional belleza arquitectónica, lo convirtieron en un refugio ideal de los grandes pensadores de la ciudad. Aquí vivió el escritor Francisco Sosa, Diego y Frida hicieron su vida, Salvador Novo caminó por las calles del barrio y el Indio Fernández pensó en María Candelaria.
6 parques imperdibles de Coyoacán
Con esto en mente, no hay mejor plan para este fin de semana que recorrer estos espacios eternos de Coyoacán. Un grupo selecto de lugares, algunos inadvertidos, que mezclan de manera grandiosa la arquitectura colonial con la naturaleza eterna de México. En estos parques hay árboles que lo han visto todo y bancas que, si pudieran hablar, nos confesarían todos los secretos de la CDMX.
La Conchita
Se trata de una plaza-jardín que en la época prehispánica era un asentamiento tapaneca y que, tras la caída de Teotihuacán, fue el primer espacio elegido por Hernán Cortés como su lugar de vivienda y como la sede de la pequeña, y totalmente poética, Capilla de la Concepción que terminó de edificarse en el siglo XVI.

Por si esto fuera poco, a un costado de la plaza está erigida la Casa Colorada, donde dice la leyenda que vivió la Malinche.
Santa Catarina
Un hermoso jardín de barrio escondido frente a una capilla del mismo nombre, que, además de ser una de las más antiguas de la capital, fue una de las primeras cuya construcción, plagada de patios grandes, sirvió para facilitar el proceso de evangelización en México.

Respecto a la naturaleza, aquí encontraremos una gama amplia de árboles de diferentes tamaños y colores. Troncos fantásticos que nos ofrecen una sombra para contemplar la tarde con tranquilidad.
Viveros
Este espacio, profundamente verde, es al mismo tiempo un centro de recreación, un sitio histórico construido en 1901 por el mismísimo Miguel Ángel de Quevedo y un pulmón ecológico importantísimo, cuyas 39 hectáreas están habitadas por más de 5 mil árboles, incluyendo el ahuehuete de la Nana, con más de 600 años de antigüedad.

Parque Frida Kahlo
Inaugurado el 6 de julio de 1984, este pequeño y encantador jardín ubicado frente a la Conchita, es algo más que una oda a la íntima relación que había entre la pintora y Coyoacán; es más bien un oasis para esos caminantes que buscan escapar del ruido cotidiano y quieren sumergirse entre plantas bonitas y ramas etéreas.

No es muy grande, pero está lleno de joyas inadvertidas como esa estatua de Frida donde la vemos casi en un paseo, vestida de tehuana y con flores en la mano.
Parque Masayoshi Ohira
Cerca del Centro Nacional de las Artes se encuentra un jardín de estilo japonés construido como símbolo de la gran relación diplomática que han mantenido a lo largo del tiempo Japón y México.

Inaugurado en 1942, este parque nos ofrece una experiencia totalmente genuina en la que podemos desde caminar a través de una tradicional puerta Torii, hasta contemplar las luces del día arriba de un puente de madera que cruza un riachuelo.
Parque Ecológico Huayamilpas
Ubicado en la Colonia Ajusco, Huayamilpas es sin duda una de las glorias naturales más importantes del sur de la Ciudad de México. Nació en los años 80 gracias a la iniciativa de un grupo de vecinos que trabajaron para convertir un basurero en un espacio público donde se pudiera hacer vida comunitaria en torno a la naturaleza.

El parque está asentado en el Pedregal de San Ángel, por lo que el suelo es rocoso y el paisaje es casi salvaje, plagado de especies endémicas y el canto de aves como el cenzontle.

