No me gusta comparar películas, sobre todo cuando vienen de distintas épocas y se realizaron por motivos distintos. Sin embargo, esta es más una advertencia: cada vez que hablen de Digger, de Alejandro G. Iñárritu con Tom Cruise, muy probablemente van a escuchar comparaciones con cintas como Dr. Strangelove, de Stanley Kubrick.
Estas equiparaciones empezaron desde que salió el primer tráiler hace unos meses. Y no sólo con esa película, sino que también se han mencionado ciertas similitudes con el trabajo de Roy Andersson.
Digger y las comparaciones con el pasado
Es un mal de nuestra época: creer que todo lo que se dice o se puede decir ya se dijo antes. Que lo que decimos hoy son meras referencias, copias o reinterpretaciones de mensajes, historias y personajes anteriores. Como si existiera un pasado que era mejor, más creativo y más arriesgado.
Nos hemos convertido en esas personas que, como nuestros padres o abuelos, creen que lo de antes era mejor. Nos decimos que ya no hay un Hitchcock, un Bergman o una Varda. Los directores actuales reconocen a esas figuras como parte de las bases de su trabajo, pero nosotros y ellos, a veces, confundimos la influencia con la repetición.
Y justo esa fascinación por el pasado también nos lleva a celebrar figuras como Tom Cruise, mal llamado la “última estrella de cine”, quien, con mucha intensidad y fervor, sigue haciendo películas como Top Gun: Maverick, la cinta más taquillera de su filmografía.

Después de más de 40 años de carrera, Cruise alcanzó su mayor éxito en taquilla con una película que apelaba directamente a la nostalgia y retomaba muchas de las herramientas, imágenes y emociones del cine de acción de los 80. Top Gun: Maverick triunfó, entre muchas otras cosas, porque nunca intentó escapar de Top Gun de 1986. Recuperó gran parte de su narrativa, personajes y su estructura.
No lo decimos de mala manera ni asumimos que Maverick está mal. Pero somos conscientes del círculo vicioso que esto puede suponer. La fórmula del éxito parece ser la nostalgia que se repite a sí misma, no necesariamente la nostalgia que se replantea desde contextos modernos.
¿Por qué queremos ver dos veces lo mismo si sabemos que lo que se hizo antes fue grandioso?

Todo este choro viene a que Digger también parece asociarse con el pasado, pero desde un contexto moderno. Dr. Strangelove construyó su sátira alrededor de la posibilidad de un holocausto nuclear, mientras Digger habla sobre el colapso climático. Ambas colocan la catástrofe en manos de hombres poderosos, blancos, ridículos y grotescos que difícilmente asumirán la responsabilidad por las consecuencias de sus actos.
Pero, ¿por qué querríamos que Digger fuera el nuevo Dr. Strangelove? ¿Por qué convertir una influencia o coincidencia temática en una exigencia para que Iñárritu se acerque a Kubrick? ¿Qué tal si, reconociendo que ambas parten de posturas críticas similares, celebramos cada una por sus aciertos y errores dentro de sus propios contextos?
Acertado: Tom Cruise como Digger Rockwell
La elección de Tom Cruise como protagonista es perfecta. Digger necesita a un actor capaz de dominar cualquier espacio con su carisma, su personalidad hipnótica y, por qué no, con cierta intimidación. Y ese es Tom Cruise.
Para interpretar a Digger Rockwell, Cruise se esconde bajo capas de maquillaje y prótesis para interpretar a un personaje que casi tiene su edad. Y tiene sentido porque Digger es una caricatura de un cúmulo de millonarios que dominan industrias que, a su vez, tienen un enorme poder sobre el mundo.
Está pálido y panzón. Grita, es explosivo y definitivamente no es chistoso. Pero lo más importante es que es lo suficientemente inteligente para saber lo que hace y también lo suficientemente cínico como para que no le importe.

Es como esos empresarios tecnológicos que advierten sobre los riesgos de la inteligencia artificial mientras continúan desarrollándola. Digger sabe que existe un problema, pero reconocerlo no significa que esté dispuesto a renunciar a aquello que lo provoca.
Rockwell es un magnate petrolero. Su abuelo cavó la fortuna familiar y Digger la llevó a todo el mundo. Y con eso no solo nos referimos a los productos que se desprenden del petróleo, sino a los mismos yacimientos, conseguidos mediante acuerdos corruptos auspiciados por el gobierno de Estados Unidos y políticos que también se han beneficiado de ellos.
Para Digger solo hay dos cosas importantes en la vida: el dinero y su gata Maggie. Es chistoso: Digger no se niega a reconocer que sus empresas están contribuyendo al colapso del mundo, pero le vale. Lo que sí se niega a aceptar es que su gata lleva la mitad de su vida prácticamente muerta.

Error: sobreexplicar la sátira
Han vendido Digger como una sátira que juega con la percepción que tenemos de la realidad. Parte de una idea que ha rondado durante los últimos años: que existen muchas versiones de la realidad. No muchas verdades, sino muchas versiones.
Todo el mundo parece vivir en una realidad distinta, y creemos que esas diferencias son las que han llevado al mundo al punto en el que está. Pero esas diferencias sí existen. En una parte del mundo se denuncia un genocidio mientras, en otra, hay personas enfocadas en creer falsamente que las vacunas provocan autismo.
Es el mismo mundo, pero son realidades percibidas de formas completamente distintas a partir de la negación de la otra. Y la película plantea que son los poderosos quienes se han esforzado en construir y alimentar esas realidades distintas, haciéndonos responsables de los conflictos y provocando que seamos nosotros quienes terminemos peleando sus guerras.

Es un tema denso, y la sátira parece una herramienta ideal para abordarlo porque permite exagerar, ridiculizar y deformar la realidad para señalar lo absurda que ya es.
La sátira puede servirse de la comedia y de la caricatura. El problema en Digger es que, creen, necesitan explicar la exageración constantemente para que entendamos qué está criticando.
Y ahí es donde Digger se debilita un montón. Es una comedia, es una caricatura y es una sátira, pero una que no confía lo suficiente en que el espectador entienda por sí mismo sus ironías y absurdos.
La película sobreexplica lo que está haciendo y, además, nos recuerda constantemente que estamos frente a una caricatura. No como una lectura meta del relato, sino como una guía para evitar que el espectador pierda el rumbo.
Grave error. Las interpretaciones de Cruise y del elenco —Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, John Goodman y demás— eran suficientes para construir la caricatura dentro de la sátira.

Acertado: romper la ilusión
Intentaremos explicar esta parte sin dar spoilers. Como hemos visto en los tráilers, Digger y sus compañías son responsables de un desastre natural de proporciones devastadoras. Cuando sale la noticia, Digger debe empezar a mover sus cartas para saber qué historia tiene que contar para desprenderse de la responsabilidad.
Y se sirve de la hipocresía para hacerlo: no queremos el cambio climático, pero seguimos cargando gasolina y votando por gobernantes que no dudarían en aprobar acuerdos que reduzcan zonas protegidas para convertirlas en espacios de explotación de recursos.
Para contarnos la historia del desastre y la narrativa que construye Digger alrededor de él, Iñárritu recurre a un recurso que asociamos con Brecht: el distanciamiento.

En lugar de permitir que nos abandonemos completamente a la ilusión de la historia aunque esta sea una caricatura del absurdo, la rompe y nos recuerda que estamos frente a una construcción. La intención es que mantengamos cierta distancia para observar críticamente lo que está sucediendo pero, ¿lo logra?
Michael Haneke ha trabajado desde hace décadas con una lógica similar. Películas como Funny Games constantemente niegan al espectador la posibilidad, seguridad y comodidad de perderse por completo en la ficción.
No saca de la película para obligarnos a pensar qué estamos viendo, por qué queremos verlo y qué lugar ocupamos frente a la violencia que sucede en pantalla.

Para nosotros, Digger Rockwell es una caricatura. Para Digger Rockwell, no. Tampoco lo son las personas que lo rodean ni el mundo que habitan. La caricatura está frente a nosotros, pero no a los personajes.
Por eso, cuando Digger insiste demasiado en señalarnos que estamos viendo algo absurdo, rompe con algo que ya estaba funcionando por sí mismo. No necesitábamos que la película nos dijera que Digger era ridículo.
El pasado puede servir de referencia, pero Digger merece ser juzgada por lo que intenta hacer y ser ahora. Tal vez, sólo tal vez, por esa razón sus aciertos son notorios mientras sus errores también se hacen evidentes. La cosa es que había una gran sátira desde el principio, y no hacía falta señalarla.

