Tras su paso triunfal por Sundance y la Berlinale, Beth de Araújo llegó al FICM 2026 para presentar Josephine, su segundo largometraje, protagonizado por la talentosísima Mason Reeves junto a Channing Tatum y Gemma Chan.
Josephine es un drama familiar, pero no se acerca ni remotamente a nada que hayan visto. Si no es así, les devolvemos su dinero. La cinta plantea un dilema que mete al espectador en un laberinto de horror y frustración, pero también de esperanza y amor.
Es raro que dichos elementos convivan de una manera tan compleja como en Josephine. Y ustedes dirán: “Oye, nos acabas de hablar de Fjord, que también es un drama familiar”. Sí, pero, a pesar de poner al centro de sus historias los núcleos familiares, lo hacen desde espacios tan distintos que cada una ocupa un lugar especial.

¿De qué trata Josephine?
Josephine toma su nombre de una niña de 8 años que vive con su padre y su madre en San Francisco. Josephine es una niña atlética gracias a su padre, quien se describe como una persona “física”… deportista, pues.
Es así como una madrugada, al salir al parque para entrenar futbol, Josephine se separa de su padre para encontrarse en medio de una situación terrible: la violación de una mujer. Josephine ve, como quien intenta entender un evento por primera vez, cómo una corredora es violentada.
Tras esta situación, Josephine comienza a actuar de manera agresiva hacia sus papás y sus compañeros de escuela, culminando con su participación en el juicio como testigo del crimen.
Dicho así, Josephine suena a un complicado episodio de La ley y el orden: UVE. Pero Beth de Araújo es una gran directora y, en poco menos de dos horas, plantea una serie de dilemas morales, éticos, psicológicos y hasta físicos alrededor de Josephine.
Nosotros somos Josephine
La película inicia con nosotros siendo Josephine, y este detalle nos parece clave para entender que todo lo que sigue en la película lo veremos desde los ojos de una niña de 8 años.
Por eso, Beth de Araújo nos muestra con aparente frialdad la escena del ataque tal y como Josephine la ve. La cineasta no deja espacio para interpretar lo ocurrido, imaginarlo. Y hacemos hincapié en lo desgarradora que es la escena porque una niña de 8 años es testigo.
Para cuando su padre llega al lugar y llama a la policía, comienza la segunda parte dolorosa de la experiencia de Josephine: la indiferencia de los adultos. Su padre evita escucharla, quizá por falta de palabras; el policía la ignora e, incluso, la sienta a un lado de la mujer que acaba de ser violentada; y su madre, esperando que asista a terapia, cede cuando su padre prefiere llevarla a clases de defensa personal en lugar de terapia psicológica.
Desde ahí, la figura del “hombre del parque” acompaña a Josephine como un fantasma. Y la niña, sin comprender lo que vio, desarrolla un horror hacia la figura de los hombres, al grado de evitar acariciar a un perro cuando le dicen que es macho.

Un cinturón no te salva
Las capas que Beth incluye conforme pasan las horas, días, semanas y meses desde que Josephine ve el ataque se acumulan alrededor de una misma idea: ningún adulto a su alrededor es capaz de ayudarla no a darle sentido, sino a reconocer en palabras lo que vio. Nadie le explica en qué parte del suceso se encierra el horror.
Es maravilloso cómo, en frases cortas, la directora plantea problemáticas profundas. Les daremos un ejemplo. Cuando la niña se queda al cuidado de la policía tras el ataque, un oficial la sube a la patrulla. Josephine busca el cinturón, pero no lo encuentra.
Josephine le dice que, si no se pone el cinturón, podría hacerse daño, a lo que el policía le responde que, con o sin cinturón, el daño podría ocurrir. La pérdida de inocencia de Josephine empieza con el crimen del parque, pero se extiende conforme nadie le ayuda a entender lo que sucedió.
La metáfora del cinturón nos pareció una manera bastante directa de decirnos que no importa qué tanto sigas las reglas o qué tanto te protejas: la seguridad jamás está garantizada.
Por eso Josephine, a sus 8 años, logra comprender la contradicción de su padre, un hombre que asegura que él puede protegerla a ella y a su madre de algo como lo que ocurrió en el parque. No puede. Y Josephine lo entiende más pronto que tarde.

Aprender a vivir con miedo
Hay un halo de ambigüedad en la actuación de Mason Reeves que me sorprendió mucho. Pienso que surgió, en parte, como una medida de protección hacia la actriz pero que, en realidad, sirve para plantear el desconocimiento del mundo al que su personaje se vio obligada a enfrentarse, uno que choca y se ataca.
Sus padres, interpretados por Tatum y Chan, pelean de manera constante porque reflejan polos opuestos, pero manejados de una manera muy sutil dentro de los roles de género tradicionales. Él es un hombre fuerte, deportista, que responde con cierta agresividad a todo, incluso cuando le dice a su esposa y madre de su hija que lo que sugiere no está bien y no se hará.

En cuanto a ella, es una bailarina de danza contemporánea. Luce delicada y su voz no suele mantenerse al mismo nivel que la de él. Sin embargo, es ella la única que puede responder las preguntas más dolorosas de Josephine porque, al igual que ella y la víctima del ataque, es mujer.
Beth de Araújo nos repite de manera constante cómo el miedo moldea el desarrollo de Josephine. Y eso nos hace pensar, históricamente, en cuánto ha cambiado a las mujeres vivir con miedo, en quiénes pudieron y pudimos haber sido sin crecer con la certeza de que, eventualmente, algo malo podía suceder. Y sucedió.

