¿Por qué me intenresa?
Pocas maneras más hermosas de celebrar a México que leyendo a sus grandes autores y autoras.
Se viene el Día de la Independencia y, además de comer como los dioses, escuchar el grito y ver el desfile, podremos agregar a nuestra lista una nueva tradición, la de aprovechar el descanso para leer algunos relatos breves escritos por las grandes plumas mexicanas. Hablamos de cuentos que dibujan a la perfección ese México diverso en el que coexiste la cultura con los paisajes y los pueblitos con las ciudades.
Desde la exploración de los mitos y de nuestra identidad que hicieron artistas gigantes como Octavio Paz o Carlos Fuentes, pasando por la creación de atmósferas y susurros de Juan Rulfo hasta esas narraciones cotidianas casi absurdas de Amparo Dávila, las y los escritores de este país han buscado convertir todas nuestras complejidades en obra de arte, y vaya que lo han logrado.

A diferencia de las novelas que dependen de largo aliento para desarrollarse, los cuentos mexicanos son algo así como un destello que en pocas páginas logran capturar la verdadera esencia de lo que significa ser mexicano; esa paradoja preciosa que nos sugiere que en este país se habla mejor a través de los silencios que de las palabras.
En ese sentido, cada relato corto es un mapa para explorar todos esos Méxicos que son México. Y es que solo la literatura nacional ha sido capaz de hacernos caminar sobre esa delgada línea que separa la vida y la muerte, la cotidianidad y los mitos, y lo visible y lo invisible.

Aquí el realismo mágico es solo realismo; basta ver el azul del Pacífico, encontrar una foto en una ofrenda, entender cómo las águilas devoran serpientes y leer un cuento para que todos los días sean 16 de septiembre y sintamos hasta la médula que ¡viva México! no es un grito, es una declaración de amor.
10 cuentos mexicanos perfectos para leer en septiembre
Dicho todo lo anterior, hemos seleccionado 10 cuentos mexicanos hechos no solo para dialogar de frente con nuestra identidad, sino para que emprendamos un viaje hondo y necesario a todos los recovecos de la república. A los pueblos secos y callados del Bajío, a los templos mayas del Yucatán, a los callejones perdidos de Tlaxcala y hasta a un departamento de la Benito Juárez.
1.La culpa es de los tlaxcaltecas.
Elena Garro

Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir, abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre…”
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2. Chac Mool
Carlos Fuentes

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el chucrut endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos…”
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3. La cena
Alfonso Reyes

Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos.
A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.”
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4. Diles que no me maten.
Juan Rulfo

—¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
—No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
—Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
—No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá…”
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5. La muerte tiene permiso
Edmundo Valadés

Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos…”
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6. El guardagujas
Juan José Arriola

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo y, con la mano en visera, miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo, consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete…”
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7. Tenga para que se entretenga.
José Emilio Pacheco

El 9 de agosto de 1943, la señora Olga Martínez de Andrade y su hijo de seis años, Rafael Andrade Martínez, salieron de su casa (Tabasco 106, colonia Roma). Iban a almorzar con doña Caridad Acevedo, viuda de Martínez, en su domicilio (Gelati 36 bis, Tacubaya). Ese día descansaba el chofer. El niño no quiso viajar en taxi: le pareció una aventura ir como los pobres en tranvía y autobús. Se adelantaron a la cita y a la señora Olga se le ocurrió pasear al niño por el cercano Bosque de Chapultepec…”
8. La sumanita
Inés Arredondo

Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía…”
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9. El huésped
Amparo Dávila

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que uno se acostumbra a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer…”
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Ramo azul
Octavio Paz

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo…”
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