Lo que necesitas saber:
El 25º Festival de Cine Alemán celebra los 50 años del punk con una selección de películas de Alemania y México sobre rebeldía, contracultura y disidencia.
A 50 años del nacimiento del punk, esta retrospectiva reúne películas de Alemania y México para recordar que aquello nunca fue solamente música. También fue una forma de cuestionar al poder, crear comunidad y decir: “no necesitamos permiso”.
La selección viaja desde el Berlín dividido de los años ochenta hasta Ciudad Nezahualcóyotl, pasando por escenas underground, comunidades queer, mujeres punk y jóvenes que encontraron en la música una manera de construir su propia identidad.
Y aunque las películas ocurren en lugares y épocas distintas, todas terminan chocando con la misma pregunta: ¿qué significa desobedecer?

Alemania: Cuando hacer ruido también era resistir
La parte alemana recupera historias de una juventud que encontró en el punk, el rock y la contracultura una manera de enfrentarse a las reglas de su tiempo.
Ahí aparece Decoder (1984), de Muscha, una pieza de culto en la que el sonido, los mensajes ocultos y el sabotaje cultural se convierten en armas contra los mecanismos de control.
También está Nuestra juventud (Unsere Kinder) (1989), documental de Roland Steiner que se mete de lleno en las subculturas de Alemania Oriental, cuando hablar de punks, skinheads o góticos todavía era prácticamente un tema prohibido.
Susurros y GRITOS (1988), de Dieter Schumann, completa este retrato de la RDA a través de músicos y jóvenes que hablaban de sus frustraciones justo antes de que el Muro de Berlín cayera.
Pero el punk tampoco se quedó atrapado en una sola estética. Queercore: How to Punk a Revolution (2017), de Yony Leyser, recupera el movimiento de artistas y activistas queer que decidieron crear su propio espacio cuando ni el punk dominante ni la cultura gay de la época los representaban.
Con figuras como Kathleen Hanna, Kim Gordon, John Waters, Peaches y Beth Ditto, el documental demuestra que aquello de “hazlo tú mismo” podía convertirse también en una revolución contra las etiquetas.

México: del barrio a la pantalla
Del otro lado del mapa, la retrospectiva encuentra una historia igual de intensa en México, especialmente en las periferias y escenas juveniles que durante años quedaron fuera del cine nacional.
Una de las figuras centrales es Sarah Minter, pionera del cine y video experimental mexicano, quien puso su cámara frente a personajes y comunidades que rara vez aparecían en pantalla.
En Nadie es inocente (1987), Minter se adentra en Ciudad Nezahualcóyotl para seguir a Los Mierdas Punk, jóvenes que encontraron en la música y la anarquía una forma de sobrevivir, expresarse y construir identidad en plena crisis económica.
Más de 20 años después, la directora volvió a encontrarse con ellos en Nadie es inocente. 20 años después (2010), para descubrir qué había quedado de aquellos sueños juveniles y cómo había cambiado la vida de sus protagonistas.
Su recorrido también incluye Alma punk (1992), protagonizada por una joven riot grrrl cuyo camino entre Tijuana y Estados Unidos cruza marginalidad, identidad y feminismo.
La selección mexicana continúa con Somos Mari Pepa (2013), de Samuel Kishi Leopo, una historia sobre una banda adolescente que descubre que crecer, enamorarse y encontrar una voz propia puede ser tan complicado como tocar punk.
También están Club Internacional Aguerridos (C.I.A.) (2019), Violentas mariposas (2024) y Sex Panchitos (2025), películas que exploran desde distintos ángulos la violencia, el barrio, el arte callejero y el paso del tiempo.

50 años después, el punk sigue haciendo ruido
Cine y punk: diálogos de la disidencia forma parte de Alle gegen Alles. Punk@50, iniciativa del Goethe-Institut para celebrar cinco décadas de un movimiento que, contra todo pronóstico, sigue teniendo algo que decir.
La retrospectiva fue construida con la colaboración de la Filmoteca de la UNAM para la selección mexicana y el German Film Office de Nueva York para la alemana.
Porque quizá esa sea la verdadera historia detrás de estas películas: el punk nunca fue únicamente una cuestión de guitarras, chamarras y ruido.
Fue —y sigue siendo— la posibilidad de crear cuando nadie te abre la puerta, formar comunidad desde los márgenes y preguntarte qué pasaría si, en lugar de seguir las reglas, simplemente decides hacer las tuyas.
Y sí: 50 años después, el punk todavía no termina.

