Por José Ignacio Lanzagorta García

Para el gobierno de la ciudad de México, vivimos en “la mejor ciudad para divertirse” de América Latina. Es su manera de leer un ranking de la edición británica de la revista Time Out, que luego de consultar a 15 mil personas en 32 ciudades, acomodaron los resultados sobre temas de consumo, ocio y calidad de vida en un índice que nos puso casi a la mitad en el sitio 15.  Y, bueno, sí, somos la “mejor de América Latina”, pero porque más bien fuimos la única que analizó Time Out. Hay que decir que en 2016, la última vez que la revista había hecho este índice, habíamos quedado en la 6ª posición. En aquella ocasión la revista sólo analizó 18 ciudades, así que queda la duda de si perdimos lugares sólo a la luz de más competencia o si sus entrevistados de ahora fueron menos felices que los de hace dos.

Dejemos de lado cómo se construyó el índice. No importa. Quién sabe cómo ponderaron qué cosas, quién sabe si las muestras de entrevistados en las ciudades fueron representativas o, si lo fueron, de qué formas de vida y niveles de consumo. Me quedo la lectura que hace el gobierno de la ciudad y también con una breve sentencia de la publicación: que aquí “absorbemos más cultura” (sic) que en cualquier otro lado a través de teatro, cine y música en vivo. También me quedo con que en 2016 Time Out ya anticipaba que, de su ranking, es la ciudad que salió con la mayor percepción de inseguridad en la noche.

Imagino que para el gobierno de la ciudad de México debe ser un gran éxito. A lo mejor somos la única de América Latina (y, por ende, “la mejor”) en figurar ahí porque es la única que ha hecho gestiones para aparecer en cuanta publicación internacional sea posible. O no, quién sabe. Como sea, en la recta final de una administración que parece haber gobernado para una marca-ciudad antes que para sus ciudadanos, su validación está ahí, en esas cosas; en que una revista internacional de ocio y consumo diga que, efectivamente, aquí hay ocio y consumo. A lo mejor la inseguridad subió, tal vez la movilidad empeoró, chance la contaminación es preocupante, puede ser que la amenaza de la escasez de agua crece, pero, hey, dicen en Londres que absorbemos cultura.

ángel de la independencia
Foto: Shutterstock

Con o sin ranking, lo cierto es que la vida de la ciudad de México es siempre vibrante. Las primeras guías turísticas para estadounidenses del siglo XX clamaban que aquí no había vida nocturna. Tal vez porque no había, en términos relativos, lo que hay ahora… o tal vez es porque no sabían dónde buscar. Hoy, son pocos los rumbos donde, de día o de noche, no hay por lo menos una solitaria taquería improvisada o formal atestada de comensales que defenderán hasta con las uñas ser “la mejor de toda la ciudad”. Y sabemos que esto no es gracias a un exagerado conjunto de voluminosos y estorbosos volumétricos con las siglas “CDMX”.

Siempre me ha sorprendido el pulso de la ciudad de México. Funciona. Funciona a pesar de que su gobierno sólo se busque en las revistas y periódicos internacionales. Funciona a pesar de nosotros mismos. Es una ciudad donde todos sabemos de o hemos experimentado asaltos, acosos, injusticia, impunidad y corrupción. Es una ciudad donde llegar a tu puesto de trabajo puede tomarte horas de hacinamiento o tráfico. Es una ciudad donde tendrás que pagarle derecho de piso a oficiales y no oficiales. Es una ciudad donde la policía puede desaparecer a quien encuentra vulnerable porque sí, porque puede. Time Out dice que es peligrosa de noche… yo la he encontrado más amenazante de día.

Y aquí estamos. La fórmula para el caos está recetada para todos los días. Las bases para que todo fuera dramáticamente peor están puestas. Las historias terroríficas y lamentables nunca nos faltan. Pero somos la 15ª ciudad… perdón, la “mejor ciudad de América Latina” para divertirse. Porque al margen del sentido y uso de esos rankings, eso es lo que hacemos: salimos, atendemos la gigantesca oferta de sociabilidad que –no sólo la delegación Cuauhtémoc- tiene y construimos. Nos queda alguna civilidad, nos queda alguna sensación del orden, nos queda alguna dignidad de la ciudad que somos y que queremos ser, nos queda alguna pulsión de vida que sentimos que nos la debemos, a pesar de todo.

Esa pulsión la tenemos definitivamente no gracias a esta administración, sino a pesar de ella. Es un capital que, como todos, se puede aprovechar o malgastar hasta perderlo para siempre. Hace seis años terminaba un gobierno que tal vez lo aprovechó mejor que ningún otro, nos dejó una ciudad con muchos avances, llena de los mismos problemas, pero con tanta esperanza que votamos de manera abrumadora por el candidato del mismo partido. Hoy la esperanza ha menguado, los avances son todavía más magros y los problemas crecieron. Pero la pulsión sigue. Se aproximan nuevos tiempos donde, ojalá, esa pulsión no vuelva a ser presentada una y otra vez como resultado de un gobierno omiso, sino como la base con la que podemos y debemos construir una mejor ciudad… la mejor ciudad.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito

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