Por Esteban Illades

El 1 de julio, millones de mexicanos irán a votar. Muchos lo harán por primera vez. Ese día, por la noche, si las cosas funcionan como deben, Lorenzo Córdova, consejero presidente del Instituto Nacional Electoral, dará un anuncio preliminar de tendencias de votación a nivel presidencial. Éste no será el resultado oficial. Será un estimado, conforme a análisis estadísticos, del rango de porcentajes de voto que podrán obtener los candidatos.

El 2 de julio, el país despertará y probablemente vea dos cosas: una, a la selección mexicana en Octavos de final del Mundial de Rusia, frente a la selección brasileña (en caso de pasar a la segunda ronda, lo cual está en el aire, lo más seguro es que lo hiciera en segundo lugar de grupo, detrás de Alemania). La otra, un México igual que el de antes, pero con un nuevo presidente. Faltará el conteo oficial, faltará la certificación del Tribunal Electoral, que como vimos con el caso de “El Bronco” hace unas semanas, es capaz de cualquier cosa. Faltarán muchas cosas, pero un nuevo presidente habrá sido electo.

Esa persona, que asumirá el poder, tendrá mucho trabajo que hacer cuando gobierne. Tendrá que ver cómo revertir un aumento inusitado de homicidios durante la última década. Tendrá que velar por toda la población, en particular por los millones que viven en pobreza y pobreza extrema. Tendrá que gobernar un país en el que, según diversas encuestas, hay casi unanimidad en la creencia de que va por el camino equivocado.

Tendrá, para efectos prácticos, un trabajo tan difícil que no se puede solucionar ni solo ni de golpe. Esa persona tiene que tenerlo en mente desde ya. No podrá ser Superman. Pero podrá deberse a diario a su país.

Pero eso le corresponderá a él o ella y a su equipo. Para ese trabajo son, o deberían ser, electos.

Sin embargo, habrá otra responsabilidad. Ésta no del presidente ni su gabinete, sino de todos los mexicanos. No es cursilada estilo Solidaridad sino una previsión de lo que hoy se antoja factible: grupo que gane y grupos que pierdan serán antagónicos por definición.

Precampañas electorales 2018

En caso de que gane Andrés Manuel López Obrador, habrá mucha gente preocupada. Mucha gente con miedo (fundado e infundado). Sus partidarios deberán extender la mano, así les cueste trabajo. Estarán en el poder o apoyarán a quien lo detente, y por lo mismo deberán acercarse a quien no. No importa el contrafactual de “es que ellos no se portarían así con nosotros”. La mano extendida primero. Toda proporción guardada —y sin comparar a AMLO con Nelson Mandela— como en Sudáfrica cuando terminó el apartheid. Habrá que saber escuchar y habrá que buscar la reconciliación.

Lo mismo si gana Ricardo Anaya, hoy segundo en las encuestas. Del otro lado tendrá a una corriente política derrotada por tercera vez consecutiva. Tendrá a un sector de la población que ya no cree en el sistema porque su candidato no puede ganar. Tendrá a muchísima gente enojada porque el país no tomará el rumbo que ellos quieren. Tendrá un gran problema desde el primer minuto.

Por lo mismo, los frentistas tendrán que escuchar a los morenistas. No hacerlos de lado como sucedió en 2006. Cierto es que entonces, dado el desconocimiento de la victoria de Felipe Calderón por parte de López Obrador, el PRI se rehusó a sentarse en la mesa. Pero igual habrá que tender puentes. Entender al otro.

Gobernar para todos, prometen los candidatos al unísono. Es una de las pocas promesas que debemos exigir se cumplan al 100. El 2 de julio el país seguirá existiendo. Su gente también. No hay que olvidarlo.

Por ello hay que dialogar. Y hacerlo desde ahora. Cierto, la política es un negocio inmundo. Cierto, en campañas no hay amistades que crucen espectros. Pero de este proceso los que salimos golpeados somos todos.

Ese 2 de julio habrá que salir a la calle, como cada lunes, pero con una encomienda más: acercarse al otro.

Porque a fin de cuentas somos mexicanos. Nos tocará seguir aquí el 2, el 3 y así sucesivamente. Lo que quedará en nuestras manos será la manera de sobrellevarlo.

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Esteban Illades

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