Por Raúl Bravo Aduna

Llevamos alrededor de 15 meses encerrados en casa. El confinamiento forzado por la pandemia nos obligó a replantear muchísimas de nuestras rutinas diarias. Rápidamente, de pronto, nos encontramos en la necesidad de establecer formas en las que nuestras vidas completas pudieran caber en los espacios de nuestro hogar. Sin saber cuánto tiempo duraría esta emergencia sanitaria, modificamos nuestras casas, primero, para permitir que el trabajo se mudara a una versión remota. También para quienes aún estudian; de repente, en un día, niños y jóvenes buscaron la manera de tratar de aprender a través de pantallas. Obviamente, lo mismo sucedió con nuestras formas de socialización. Sin tener el mundo exterior a la mano, transitamos a videollamadas y videojuegos para poder seguir conviviendo con familiares y amigos. Y ni se diga, por supuesto, del entretenimiento que consumimos para sobrellevar los días.

 

Si de por sí llevábamos algunos años pegados a pantallas para divertirnos, la pandemia aceleró procesos para anclar completamente nuestra atención en servicios de streaming, redes sociales y plataformas digitales. Con la incorporación del teletrabajo a nuestras vidas, parece que, en promedio, un trabajador de tiempo completo adquirió alrededor de 15% extra de tiempo libre que ya no podía ser utilizado en el “mundo real”. Igualmente, para quienes conservaron su empleo, esto representó un aumento de ahorros en algunos sectores de la población. Eso llevó a que un montón de hábitos de consumo se transformaran para privilegiar experiencias al interior del hogar: ver series y películas, escuchar podcasts, leer más, jugar videojuegos e incluso tomar cursos en línea, tanto por gusto como por entretenimiento. Estos cambios se han visto reflejados en las dinámicas de las industrias que se enfocan en la atención, que han sabido aprovechar el momento.

¿De regreso al mundo exterior?

Conforme han avanzado las estrategias de vacunación en México y el mundo, y las reaperturas económicas cada vez son más agresivas, nuestras rutinas nuevamente empiezan a cambiar. Es muy probable que haya un deseo extendido por realizar actividades fuera de nuestros shorts y chanclas y lejos del sillón enfrente de la tele. Sin embargo, aún no se sabe cómo es que convivirán estas posibles nuevas rutinas con el comportamiento aprendido a lo largo del último año; particularmente, si pensamos que en realidad todavía nos falta por vivir otras formas de pandemia, derivadas de las nuevas variantes del virus que aún no terminamos de domar. Así parecen entender lo que sucede las industrias de la televisión y el cine.

Luego de que el año pasado hubo un aumento estratosférico de suscripciones a plataformas de streaming en la primera mitad de 2020 (15 millones de personas nada más en Netflix), los números son un poco más conservadores en lo que va de 2021. No obstante lo anterior, las apuestas de casas productoras parecen ir en el sentido de que cada vez menos querremos ir al cine para buscar entretenimiento: no sólo porque cada vez hay más plataformas para incluir a nuestras pantallas, sino porque se ha anunciado por casi todas que sus entrenos de películas se realizarán simultáneamente en línea y en salas de proyección. La decisión se explica por el confinamiento por un lado y por pretender hacer a un lado a intermediarios, por el otro.

Igualmente, la maquinaria del entretenimiento televisivo se ha puesto en marcha a tal grado que a veces parece que no pasan más de unos cuantos días sin algún estreno masivo al que tenemos acceso por medio de nuestras pantallas.

¿Dónde está puesta nuestra atención?

Pero el cine y la tele no son los únicos que se han visto beneficiados por la transición absoluta de nuestra atención a las pantallas que hay en nuestros hogares y bolsillos. Las descargas de apps, tanto de videojuegos como de plataformas de redes sociales, han tenido incrementos bestiales desde que comenzó la pandemia. El sospechoso más obvio es TikTok que ha adquirido una relevancia notable en todo el mundo a lo largo de ya un par de años. Y lo mismo sucedió con videojuegos, como Among Us, Roblox y Minecraft, que tuvieron picos de usuarios de locura en varios momentos de los últimos 15 meses. De hecho, entre los incrementos de horas empleadas en productos de entretenimiento en 2020, los videojuegos superan por mucho a la tele, redes sociales, lectura de noticias y música, promediando cerca de 4.4 horas semanales (alrededor de 30% más que antes de la pandemia).

 

Algo particularmente interesante de apps y videojuegos, en cuanto a consumo se trata, es que sus niveles no han bajado con las reaperturas económicas de países ricos. Lejos de regresar a niveles prepandémicos, los aumentos de descargas y uso siguen constantes en lo que llevamos de 2021. Distintos analistas de mercados, siguiendo esa misma veta, precisamente pronostican que el entretenimiento a través de videojuegos será de los hábitos de atención frente a una pantalla que probablemente permanezcan mucho más allá de la pandemia; asimismo, que las redes sociales que ofrezcan contenido para olvidarse de lo que sucede en el mundo (TikTok e Instagram, por ejemplo) serán las campeonas del regreso a las rutinas en el mundo exterior. 

¿Y qué viene?

Mencioné algunos de los ejemplos más obvios de los vehículos de entretenimiento que nos han acompañado en nuestras horas de confinamiento. Pero la realidad es que no son las únicas industrias que se han beneficiado de nuestro superávit de atención en estos meses. Algunos números apuntan que las suscripciones a revistas aumentaron por primera vez en años. Lo mismo ha sucedido con la venta de libros en todo el mundo, sobre todo de temas relacionados con cocina, jardinería, manualidades y similares. Es decir, no todo se ha tratado de pantallas, sino de formas para llenar los momentos de tedio enclaustrados en un mismo espacio por tiempo sostenido. Y, claro, justo ésos son los hábitos de consumo que comienzan a disiparse con los regresos a esquemas de escuela y trabajo más bien híbridos.

La pregunta que queda es doble. Por un lado, ¿cómo se readaptarán estas industrias de la atención a un mundo en el que sus consumidores—o sea, nosotros—ya no están sujetos a vivir sus vidas completamente mediadas por pantallas? Por el otro, ¿cómo es que nosotros paulatinamente reconfiguraremos nuestras rutinas fuera de la posibilidad del entretenimiento perpetuo? Si le hacemos caso a la ciencia ficción más fatalista, ninguna de esas respuestas serán particularmente halagüeñas. 

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