En un mundo en crisis, en donde la destrucción de la naturaleza humana y no humana es cosa de ayer, de hoy y de mañana, pensar el medio ambiente desde una postura que no sea crítica es un privilegio del indolente, del indolente privilegiado, un acto de franca complicidad con quienes devastan el mundo. Reivindicamos el pensamiento crítico, en oposición al razonamiento vano y convencional, ya que el pensamiento crítico reflexiona sobre el mundo, cuestiona el orden social, y su potencia radica en que busca el cambio, incide en la transformación; esto es, no acepta la derrota, y al hacerlo, pinta las paredes y abre las ventanas de un nuevo porvenir. 

Un pensamiento crítico desliza sus tentáculos para socavar desde las profundidades lo poco juzgado, lo que es hábito y rutina complaciente, el ámbito intocable, lo que nadie se atreve a criticar, especialmente los dominios sacrosantos del quehacer científico. Abre la posibilidad de dudar de las verdades más estimadas, los grandes consensos de la razón, de hurgar en el discurso científico y encontrar los hilos del poder que, desde allí, se mueven. Desde este pensamiento podemos disentir, mantener una actitud escéptica, desacralizadora ante las arenas movedizas del conocimiento científico y de su orden jerárquico. Así, todo conocimiento, cualquier conocimiento, por muy sagrado que se considere, debe ser sometido a revisión y crítica permanente. 

El saber y poder: un vínculo indisoluble 

Parafraseando a Foucault, tenemos que partir del principio de que la ciencia no es una actividad que se produzca al margen de lo social y de la política. La práctica científica se da en un contexto dominado interna y externamente por relaciones de poder. La ciencia es inherentemente política, y la política hace uso de la ciencia para perseguir sus intereses. Lo que la política le demanda a la ciencia para la toma de decisiones no son conocimientos objetivos para sustentar las políticas, sino símbolos, certidumbres mediáticas, formas de legitimación, para sobre ellas sustentar los discursos y la administración de los conflictos. Las ‘verdades’, las grandes narrativas que nos dan certeza, son movilizadas ideológica y políticamente. 

Entendemos a la ciencia como la forma política e ideológica suprema del periodo moderno, una de sus expresiones más sutiles, encubierta con el velo de la neutralidad. ¿Cómo podemos hacer semejante aseveración? Por un lado, podemos sostener que el mundo científico es en sí mismo un ámbito de ejercicio de poder, en donde comunidades científicas, actuando como los grupos de poder que son, controlan lo que se investiga, la forma como se investiga, a quiénes se le autoriza a investigar, a publicar, a hablar. Por otro lado, históricamente, el conocimiento y la sabiduría de los pueblos originarios, de las personas que trabajan la tierra, todo el saber popular es degradado, esto es lo que se ha llamado la pérdida de la soberanía cognitiva que padecen las personas sin los grados académicos con los que los científicos se auto erigen como los portadores de la verdad. Cuando se nos dice cuáles son los problemas de los que debemos preocuparnos y ocuparnos, cuáles son las soluciones a modo para resolverlos, es ésta una forma de ejercicio del poder. Esto conduce a la cancelación de nuestra agencia ética y política para decidir nuestro saber, nuestros deseos y para elegir el mundo en el que quisiéramos vivir.

Una postura crítica frente al cambio climático 

Esto último lo podemos observar en el ámbito del cambio climático. La política pública para enfrentar este fenómeno no es algo que se decida en el campo de la ciencia climática, aunque ésta sea permanentemente invocada, convocada o incluida en el discurso de la toma de decisiones. Las políticas se deciden en el terreno más determinante y crucial que es la economía y el poder. Cuando se habla de la ciencia climática parece existir hoy día una extraña hermandad entre los países desarrollados y no desarrollados. Todos muestran un gran entusiasmo discursivo cuando se habla públicamente de enfrentar sus causas, prevenir sus consecuencias, corregir sus daños, salvar al mundo. No obstante, cuando llega la hora de los acuerdos, de los compromisos reales, de pagar los costos, de someterse a instancias internacionales independientes, a algún tribunal con capacidad punitiva para castigar la simulación, a los que no cumplen con los acuerdos internacionales, nadie quiere comprometerse a nada. Se mueven bajo el principio de que primero están sus intereses, su desarrollo, su competitividad, su economía y, en el caso de los representantes de los países pobres, el argumento recurrente es el derecho a contaminar y el de sus gobernados al desarrollo y al bienestar, como si a estos gobernantes les importara mucho el bienestar de su gente. 

Distinguir con la crítica lo que es relevante de lo trivial e ideológico

En lo referente al diagnóstico de los problemas, existen al menos dos aspectos que destacan. Uno es su incapacidad para distinguir diferencias en los factores explicativos. Estamos acostumbrados a no hacer preguntas políticas básicas tales como: ¿quiénes ganan con este fenómeno? ¿quiénes pierden? ¿quiénes son los responsables? ¿quiénes asumen la carga? La afirmación, por ejemplo, que hacen los expertos en el campo de las ciencias del clima sobre el origen antropogénico del cambio climático y, que pareciera aclararlo todo, facilitando además, el entendimiento y solución del problema, se ha convertido en realidad en una de las principales causas de confusión y malos entendidos. Como nos los mostró Raiza en en este texto, el origen antropogénico no se refiere a cualquier factor, no puede reducirse a una generalidad; debemos hablar de la forma diferencial y desigual en la que se vive el medio ambiente, la forma diferencial y desigual de afectarlo, de dañarlo, y los motivos de este daño.

¿Quién es el “humano” detrás del Antropoceno?

 

Otro problema tiene que ver con un diagnóstico que actúa bajo la lógica de El elefante en la sala (The elephant in the living room). Un diagnóstico que no ve, que no quiere ver, que a veces no es capaz de ver, lo que es obvio, tan visible que no permite su percepción, que produce ceguera y que tiene que ver con las causas abrumadoras que provocan no sólo el cambio climático, sino la crisis ambiental contemporánea. Es ésta una incapacidad para situar la crisis ambiental como resultado del principal motor de la vida actual, de la maquinaria económica y política, de los factores de poder que explican la crisis. El discurso nos invita a ocuparnos de nimiedades, dejar de usar popotes, cuando lo que se requiere es dinamitar las estructuras del sistema. 

Deseo y necesidad del pensamiento crítico 

Pensar críticamente el cambio climático, o cualquier otra problemática ambiental, significa deconstruirlos en su aparente neutralidad, develar así la movilización ideológica del poder que se oculta en los diagnósticos y las soluciones vanas que propone la ciencia y la política convencional. El pensamiento crítico obliga a problematizar este simplismo cognitivo que encubre y legitima la persistente destrucción de la vida.  

El pensamiento crítico no es sólo un acto cognitivo que permite conocer el mundo sino que es, sobre todo, una actividad subversiva, la más estimulante incitación para trascender infiernos y mostrar nuestra poderosa e irrenunciable capacidad para soñar y construir futuros amables y humanos. La crítica está entrañablemente animada por un profundo contenido ético y político, una actividad que alienta la utopía y es, en el fondo, la expresión de una voluntad transformadora y reivindicadora para pensar mundos improbables, pero no imposibles, de alegría y esperanza.

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Ana De Luca y José Luis Lezama son fundadores del Centro de Estudios Críticos Ambientales ¨Tulish Balam”.

Twitter: @C_TulishBalam

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