¿Por qué me interesa?
El Pan de Muerto es una de las poesías gastronómicas más valiosas de nuestra identidad.
Es Día de Muertos y las calles y las casas de todo México se han llenado de cosas bonitas: de macetas de cempasúchil, de altares para recibir a los que se fueron y de catrinas con vestidos de colores que nos recuerdan que, en este país, la muerte es solo el principio del viaje. Además de las decoraciones y los homenajes, estas fechas no sabrían igual sin el Pan de Muerto, un manjar ancestral que, aunque se puede conseguir en todas las panaderías, siempre sabrá mejor si lo preparamos en casa.
Y es que de tanto en tanto conviene resistir a las recetas iguales y prefabricadas y dejarnos llevar por ese espíritu hecho a mano que deambula en este lugar del mundo. Existen pocos poemas tan exquisitos como ese que se genera con la masa en las manos y un perfume de naranja y azahar que se escapa del horno para recordarnos cómo se vivían las grandes tradiciones, antes de que todo se pudiera comparar.

Es verdad que a simple vista la misión de hacer nuestro propio pan de muerto parece compleja, sobre todo si no tenemos experiencia en las artes de la repostería; sin ,mbargo, el valor agregado de hacer festines tradicionales con nuestras propias manos es inmenso y solo el intento será más valorado que partir el clásico pan de muerto que sabe a lo mismo; que tiene la misma cantidad de azúcar y esos “huesitos” que ya no emocionan a nadie.
Brevísima historia del pan de muerto
Esta historia empezó a escribirse mucho antes de la llegada de los españoles, gracias a que varios pueblos mesoamericanos ya tenían la costumbre de preparar alimentos rituales para ofrendarlos tanto a sus dioses como a sus muertos. Entre todos los manjares que ponían en sus ofrendas destacaba el tzoalli, una mezcla de amaranto, miel y maguey, que para muchos fue el precursor del pan de muerto.
Siglos más tarde, cuando llegaron los españoles, la tradición de venerar a los muertos y preparar sus platos favoritos evolucionó. Tras la evangelización, las ofrendas unieron sus elementos clásicos, velas, flores, comida, con tradiciones europeas arraigadas como la celebración del Día de Todos los Santos, una fecha especial en la que se consumía el “pan de las ánimas”.

De dicho sincretismo, y gracias a la pericia gastronómica de las monjas de Puebla, nació nuestro Pan de Muertos como lo conocemos ahora.
Un símbolo de la identidad mexicana
Aunque proviene de la Colonia, el pan de muerto es casi más mexicano que el pozole. Más pronto que tarde, nuestros pueblos lo convirtieron en símbolo de resistencia e identidad nacional que no solo nos permite honrar a los que no están, sino entender que en México la comida es la vida y que la vida se come con azúcar y perfumes cítricos.
Cada parte del pan de muerto significa algo: su forma redonda representa el ciclo de la vida y la muerte, y el círculo crujiente del centro simboliza para algunos el ombligo del mundo y para otros el cráneo del muerto. Finalmente, los llamados “huesitos”, más que una alegoría a las figuras óseas, son las lágrimas que lloramos por los que se van o, según varios antropólogos, los cuatro rumbos cardinales del universo de la cosmogonía mesoamericana.
¿Cómo hacer un pan de muerto casero PASO por PASO?
Dicho todo lo anterior, si queremos que este Día de Muertos sea el más especial que hemos vivido, pongámonos la misión de hacer con nuestras propias manos el pan de muerto; para lograrlo, necesitamos comprar los ingredientes y poner mucha atención a cada paso de la receta, tener paciencia y prender el horno.
Es importante destacar que la receta que vamos a compartir se inspiró en antiguos recetarios mexicanos, por lo que no encontrarán ingredientes modernos como la vainilla artificial.
¿Listos?
Ingredientes:
- 4 tazas de harina de trigo
- 1 paquete de levadura seca instantánea
- ½ taza de azúcar
- 1 pizca de sal
- 2 huevos grandes
- ½ taza de leche entera tibia
- 1 barra de mantequilla que hay que derretir y luego enfriar.
- Ralladura de 1 naranja
- 1 cucharadita de agua de azahar (preparada con la infusión perfumada de los pétalos de la flor de azahar).
Modo de preparación:
Etapa 1 (La masa)
En un recipiente pequeño, hay que mezclar la leche tibia con la levadura, el azúcar y las cucharadas de harina. Luego debemos batir bien con un tenedor hasta desbaratar los grumos.

Cuando la masa esté lista, abrimos un hueco en el centro y añadimos los huevos, la leche tibia, la mantequilla derretida, la ralladura de naranja y el agua de azahar.
Etapa 2 (Amasar)
Cuando hayamos terminado de mezclar los ingredientes, los amasamos hasta que la mezcla ya no se pegue a las manos y se sienta tersa; este proceso dura aproximadamente 7 minutos.

Después colocamos la masa en un tazón, lo tapamos con un trapo húmedo y limpio, y la dejamos reposar hasta por 50 minutos o hasta que duplique su tamaño.
Etapa 3 (Los huesitos)
Ya con la masa lista, hacemos dos cosas: primero sacamos dos tiritas y una bolita y luego, con el resto de la mezcla, moldeamos la forma circular y tridimensional del pan de muerto.

Las tiras las cruzamos encima y colocamos la bolita en el medio, que, como recomendación, antes de meterla al horno hay que pincharla con un palillo para que resista el calor.
Etapa 4 (Al horno)
Una vez que el pan esté armado, lo dejamos descansar 20 minutos en una charola con mantequilla.
Mientras tanto, precalentamos el horno a 180°C.

Finalmente, ponemos a hornear nuestro pan de 20 a 25 minutos, hasta que se dore por fuera.
Etapa 5 (El decorado)
Sacamos el pan de muerto del horno, lo barnizamos con mantequilla derretida y lo espolvoreamos con azúcar de forma generosa.


