Con el estreno de Cumbres borrascosas, la nueva película de Emerald Fennell protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, vuelve una pregunta: ¿qué hace que una película sea verdaderamente erótica? Y no porque esta producción lo represente; al contrario, ejemplifica todo lo que no es.
Lo maravilloso del cine es que cada espectador vive una experiencia distinta. Incluso Cumbres borrascosas, como interpretación de la icónica novela de Emily Brontë (de ahí las comillas en el título), es válida. Sin embargo, resulta necesario señalar ciertos aspectos que convierten a esta película, en el mejor de los casos, en una simplificación de lo verdaderamente erótico.

La nueva Cumbres borrascosas
Esta versión no es una adaptación fiel de la novela de 1847, sino una interpretación de Fennell frente a una historia que considera universal. En cualquier caso, nos presenta una de las historias de amor más perturbadoras de la literatura: una relación basada no en el amor, sino en la posesión y en la capacidad de infligir dolor desde la dependencia emocional.
Los protagonistas, Catherine y Heathcliff, se conocen desde la infancia y desarrollan un vínculo marcado por dinámicas de poder económico y, por lo tanto, social.

Con el paso del tiempo, su relación se intensifica y surge una atracción sexual que se ve frenada por la diferencia de clases. Heathcliff desaparece y Catherine termina casándose con un comerciante rico.
Años después, él regresa con una gran fortuna y una clara intención de herirla. Ella, a su vez, resentida por la ausencia, también busca lastimarlo. La violencia entre ambos es tan profunda que arrastra a todos los que los rodean.
El cine erótico
Excitar a una persona es fácil. Cuestionarla sobre lo que hay detrás de ese estímulo, no tanto.
El erotismo cinematográfico va más allá del sexo explícito: es un recurso narrativo para explorar el placer, la intimidad, el deseo, el amor y las relaciones humanas. No se trata sólo de mostrar actos sexuales, sino de otorgarles significado.

El sexo no implica necesariamente intimidad. Existe un componente emocional complejo que debe revelarse en pantalla, ya sea vinculado al amor, a las dinámicas de poder o incluso a la violencia. Además, intervienen elementos sensoriales y simbólicos que construyen tensión y profundidad.
En este sentido, las escenas íntimas deben ser determinantes en la evolución de la trama y de los personajes.
La primera película erótica y los dramas de época
Una de las primeras películas eróticas de la historia es Victorian Lady in Her Boudoir (1896), dirigida por Esmé Collings. En apenas un minuto y medio, muestra a una mujer despojándose de su ropa sin llegar al desnudo.
El erotismo siempre se adapta a lo permitido en cada época. Lo que fue escandaloso en su momento puede parecer inocente hoy. Por eso, los desnudos y las escenas sexuales deben leerse en su contexto histórico.
Los dramas de época suelen contener el erotismo de una “mejor manera” que muchas producciones contemporáneas. A través de elementos de la producción, revelan el deseo sin necesidad de hacerlo gráfico. La transgresión de lo prohibido y la tensión frente a las normas sociales fortalecen la carga erótica.
El cine noir de los años 40 y 50
Durante la vigencia del Código Hays, que regulaba lo moralmente aceptable en Hollywood, el sexo no podía mostrarse de manera explícita. Los directores debían ingeniárselas para mostrar la tensión sexual mediante recursos visuales: vestuario, maquillaje, iluminación y fotografía.
Había poco o ningún contacto físico, pero la insinuación era poderosa. El deseo se construía en los detalles, no en la exhibición directa. Décadas después, en los años 70 y 80, muchas de esas historias fueron rehechas para mostrar gráficamente lo que antes se sugería entre líneas.

Los años 70 y 80: auge del cine erótico
Tras la revolución sexual de los 60 y el impulso del feminismo, el cine erótico vivió un auge entre finales de los 70 y toda la década de los 80. Muchas películas celebraban la sexualidad y exploraban la liberación del cuerpo en pantalla.
A diferencia de la pornografía —que también tuvo un crecimiento notable en los 70— el cine erótico se distinguía por su dimensión narrativa y emocional. No acumulaba escenas sexuales sin propósito; construía historias con profundidad.
Sin embargo, también fue una etapa problemática: en ocasiones, la violencia se disfrazó de liberación, incluso fuera de la ficción. La radicalización del erotismo sirvió para reforzar narrativas agresivas sobre los cuerpos femeninos y diversos. Algunos ejemplos de esta tensión entre sexo, poder y violencia son Last Tango in Paris o Deep Throat.

El erotismo en la comedia adolescente
En los años 80, el sexo adolescente se volvió un elemento recurrente en cintas como Fast Times at Ridgemont High o Porky’s. Durante los 90, ese enfoque perdió solemnidad y derivó en comedias centradas en la ansiedad, la presión social y la identidad juvenil.
Cumbres borrascosas no es una película erótica
Todo este recorrido sirve para aclarar un punto: Cumbres borrascosas no es una película erótica, aunque la crítica o sus creadores insistan en presentarla como tal.
No tiene nada de negativo que una obra incluya múltiples escenas sexuales. Pero la cantidad de sexo no convierte automáticamente a una producción en erótica. Y la versión de 2026 carece de intimidad. Puede haber desnudos o escenas explícitas, pero eso no basta para construir un discurso erótico sólido.

El diseño de producción y el vestuario son visualmente impactantes. La estética, cercana a una fantasía estilizada —que nos hace pensar en Cries and Whispers de Ingmar Bergman— nos saca de la realidad de la época. Es como un sueño. Sin embargo, existe una desconexión entre esos elementos y el desarrollo de los protagonistas, que permanecen limitados y poco explorados.
La fantasía no dialoga con la relación central; se convierte en un adorno. Y lo mismo ocurre con el sexo: es un recurso estético, no una herramienta narrativa.

Margot Robbie y Jacob Elordi
La elección de Margot Robbie y Jacob Elordi parece responder más a su atractivo mediático que a una construcción profunda de los personajes. Son dos personas hermosas y populares, y la campaña promocional ha explotado esa imagen para vender una historia apasionada y sexualmente intensa. Pero esa promesa se queda en la superficie.
El verdadero erotismo cuestiona y obliga a reconocer las dinámicas de poder. En esta versión, la directora no problematiza las tensiones de clase ni las implicaciones de género entre Catherine y Heathcliff.

Desde la novela, su relación es incómoda al marcarse por la posesión y el resentimiento. El problema no sería mostrar la violencia implícita, pero sí envolverla en una estética que nos obligue a pensar que es sexy sólo porque los dos protagonistas son bellos y se dicen cosas perversas.
En este caso, cuando la crueldad se presenta como intensidad y pasión, lo que ocurre no es erotismo: es la romantización de la toxicidad. Y sin cuestionamiento de esa misma premisa, lo que queda es sólo sexo en pantalla. Algo que el cine ya ha mostrado muchas veces.

