Los dos fenómenos cinematográficos que más han marcado 2026, Backrooms y Obsesión, tienen algo en común además de haber conquistado la taquilla internacional: sus creadores pertenecen a la Generación Z.
Se trata de Kane Parsons, de 20 años, responsable de Backrooms, y Curry Barker, de 26, director de Obsesión; dos películas de bajo presupuesto que ya hicieron historia.
Backrooms costó 10 millones de dólares y, hasta ahora, ha acumulado 118 millones en la taquilla internacional. Obsesión, por su parte, tuvo un presupuesto de apenas 750 mil dólares y hoy suma 148 millones, logrando, además, crecer en su segundo fin de semana.
El terror y la Generación Z
Estos dos directores supieron traducir el lenguaje críptico de internet —capaz de acumular millones de reproducciones— al cine, un arte que durante años escuchó pronósticos sobre su inminente desaparición.
Se decía que cada vez menos personas estarían dispuestas a reunirse en una sala oscura, rodeadas de extraños, para ver una película. Parece que no fue así.
Y sí, podrían argumentar que dos películas no cambian radicalmente el panorama de la industria. Sin embargo, sí establecen un precedente interesante.
Lo más llamativo es que este impulso no proviene de géneros tradicionalmente prestigiosos, como el drama o la comedia. Proviene del terror.
Y, en uno de estos casos de éxito, de una de sus variantes menos conocidas: el horror liminal. Pero ¿qué es exactamente, cómo funciona y por qué somos tan susceptibles a la incomodidad que genera?
El horror liminal
El horror liminal es un subgénero que construye sus narrativas a partir de una sensación de vacío e incertidumbre.
Posee características visuales muy reconocibles, especialmente la presencia de espacios aparentemente abandonados, como oficinas, escuelas, pasillos o edificios vacíos que sugieren una amenaza imposible de identificar por completo. Sabemos que esos lugares no están habitados, pero aun así sentimos que algo podría hacernos daño.
Como ocurre con muchos otros subgéneros del terror, el horror liminal toma elementos de distintas tradiciones narrativas para construir su identidad. En este caso, suele apoyarse en recursos del horror analógico y del found footage, además de incorporar conceptos como el uncanny valley para provocar una sensación constante de incomodidad y rechazo.
Halloween y las transiciones
La palabra “liminal” proviene del latín limen, que significa “umbral” o “límite”. Con el tiempo, el término adquirió un significado relacionado con las transiciones: aquello que existe entre dos estados; que abre y cierra; ese espacio intermedio que no pertenece completamente a ningún lado.
En otras palabras, un lugar suspendido.
Estas zonas de transición han estado vinculadas al horror desde hace siglos, no solo por lo que representan física y psicológicamente, sino también por tradiciones como Halloween, una festividad asociada al tránsito entre el otoño y el invierno: un umbral simbólico donde, según distintas creencias, la frontera entre los vivos y los muertos se vuelve más difusa.
Por eso, los espacios liminales suelen percibirse como ambiguos e indefinidos. Son lugares suspendidos en el tiempo y en el significado, lo que los vuelve particularmente inquietantes.
Lo liminal, en ese sentido, representa un espacio que no identificamos como seguro y donde la amenaza del vacío se percibe de forma sutil, pero constante.
¿Qué significan los backrooms?
La idea de los backrooms funciona como un ejercicio de internet que retoma muchos de los elementos del horror liminal. Los ejemplos más famosos son Backrooms (2022) y The Oldest View (2023), ambas creadas originalmente como series de YouTube por Kane Parsons.
Pero, como podemos ver, no se trata de un concepto nuevo. Estas producciones retoman muchas de las narrativas y recursos visuales que el cine ya había explorado durante décadas, en películas como:
- Messiah of Evil (1973), de Gloria Katz y Willard Huyck
Disponible en Plex y YouTube - Suspiria (1977), de Dario Argento
Disponible en Prime Video - Angel’s Egg (1985), de Mamoru Oshii
Disponible en Internet Archive
El cine de David Lynch
David Lynch es considerado uno de los grandes maestros de lo liminal gracias a su capacidad para construir atmósferas que, aunque parecen apoyarse en el misterio —muchas veces policiaco o detectivesco—, terminan convirtiendo sus escenarios en experiencias oníricas sin principio ni final claros.
Los mejores ejemplos de horror liminal dentro de su filmografía son:
- Lost Highway (1997)
Disponible en MUBI - Inland Empire (2006)
- Twin Peaks (1990-1991 / 1992 / 2017)
Disponible en MUBI
El cine japonés también cuenta con grandes exponentes del horror liminal, entre ellos:
- Hausu (1977), de Nobuhiko Obayashi
Disponible en Internet Archive - Ju-on: The Grudge (2002), de Takashi Shimizu
Disponible en YouTube - Exit 8 (2025), de Genki Kawamura
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Backrooms y su significado
Backrooms es la película que terminó por convertir los espacios liminales en un fenómeno cinematográfico masivo. Antes ya habíamos visto propuestas como Vivarium (2019), de Lorcan Finnegan, o Skinamarink (2022), de Kyle Edward Ball, pero Backrooms parece habitar otro espacio. Y sí, el mal chiste era inevitable.
La historia sigue a Clark, un arquitecto frustrado que vive dentro de la tienda de muebles donde trabaja. Su esposa lo abandonó y él intenta procesar esa pérdida en terapia junto a la doctora Mary Kline, quien lo lleva a revivir la noche que cambió su vida para ayudarlo a descubrir una verdad que ha permanecido oculta.
Mientras conocemos los traumas de Clark, también descubrimos que Mary atravesó una infancia marcada por la violencia y los abusos de una madre diagnosticada con agorafobia y esquizofrenia.
Un día, mientras revisa la tienda, Clark encuentra una grieta luminosa en una pared. Del otro lado existe un laberinto infinito de habitaciones similares a oficinas: espacios silenciosos, prácticamente vacíos y atravesados por una sensación permanente de amenaza.
¿Amenaza de qué? No lo sabemos.Pero algo está mal ahí, muy mal.
¿Qué revelan?
Los backrooms pueden ser explorados por distintas personas al mismo tiempo, lo que nos permite entenderlos como una suerte de memoria colectiva: un espacio destinado a contener traumas inconscientes que permanecen acumulados y compartidos.
Ese cúmulo de experiencias traumáticas termina produciendo un profundo vacío emocional y, por consecuencia, una desconexión con la propia humanidad. Una ruptura que, a su vez, facilita que las personas se conviertan en agentes de trauma para otros.
Por eso, creemos, los backrooms se comparten. El miedo que representan no surge de monstruos visibles o amenazas que se reconozcan, pero sí de algo que nos hace sentir mucho más inquietos, y es la posibilidad de quedar atrapados para siempre dentro de aquello que nunca logramos procesar.
