Resumir una película es bastante sencillo cuando la historia, no el desarrollo, es conocida y hasta repetitiva. Con algunos filmes, basta mencionar el punto más alto  para comprender en su totalidad de qué va y cómo puede terminar. Eso podría suceder con Mandy, la segunda película de Panos Cosmatos protagonizada por Nicolas Cage. Esta cinta se resume en lo siguiente: Ambientada en 1983, Red Miller es un leñador pasivo que vive en lo más profundo del bosque con su novia Mandy Bloom, una mujer sensible y artística. 

Su relación, por no decir menos, es utópica. Se encierra en una existencia llena de amor y mucha paz con un cielo que parece encendido, pero que podría representar la carga emocional entre dos personas que se aman sinceramente en la soledad. La tranquilidad de los amantes se ve perturbada cuando Mandy se convierte en el objeto de deseo de Jeremiah Sand (Linus Roache), el líder de una secta que invoca a unos demonios en motocicleta para capturarla, llevarla ante él y hacerla parte de su grupo. 

Red es torturado y casi muere en manos de esas entidades grotescas. Mandy, exaltada por el asalto, es drogada y llevada ante Jeremiah, quien le ofrece un lugar en la secta. Sin embargo, Mandy se niega y se burla del líder, desatando el principio de la tragedia: Mandy es encerrada en un saco y la queman viva frente a Red.

El personaje de Cage representa el ascenso y descenso dentro de una tragedia con la muerte como clave de una dualidad. Red no muere a pesar de los golpes, pero sí lo hace cuando su amor se pierde sin poder salvarla. El personaje principal debe descender al infierno para cobrar venganza por la mujer que ama, para luego descender en una sangrienta, oscura e intensa secuencia. 

El ascenso de Red al estilo de Orfeo es una metáfora. Este personaje mitológico pierde a Eurídice cuando es mordida por una serpiente venenosa. Orfeo desciende al Inframundo y le cuenta su historia de amor a Hades y su esposa Perséfone, quien se emociona con el relato y le pide a Hades que le dé una oportunidad de engañar a la muerte. El dios le permite a Eurídice volver con su amado, si en su camino este no voltea para ver si lo sigue. Orfeo, a punto de llegar a la salida del Inframundo, voltea para ver si ella sigue ahí, y esta desaparece. 

Red desciende no a buscar a Mandy, sino a vengar su injusta muerte y a reconocer en un violento acto, el amor que le tenía. Orfeo es un iniciado y Red se convierte en uno cuando comienza el viaje de venganza. Red Miller forja una enorme hacha, como si fuera una pieza musical, y pelea contra los demonios. En una de las partes más destacadas de Mandy, Red toma una sierra eléctrica y lucha contra un sujeto que sostiene una dos veces más grande que la suya. Esta escena, sin exagerar, es pura poesía porque sabemos que el héroe no va a morir hasta cobrar cada una. 

Mandy es simple. Hay símbolos y referencias, pero no obligan al espectador a relacionar su historia y sus personajes con nada. Hacerlo es mera vanidad (como lo de Orfeo). Sin embargo, cometeríamos un terrible error si sólo nos quedamos con esto y no mencionamos que esta película de horror encierra pura belleza en todas sus formas. 

Mandy es una película death-metal, cada cuadro está tan saturado en colores como el rojo y el verde, que resulta perturbador para las audiencias, pero al mismo tiempo fascinante. Mandy arranca con una secuencia de imágenes nocturnas y forestales musicalizadas por “Starless” de King Crimson. Y si con esto no nos damos una idea de lo que Cosmatos es capaz en su narrativa visual, entonces el entorno de Mandy resultará incomprensible para el espectador. 

La cinta es visual y sonora. Mandy no es una historia escrita, sino visual alimentada por un espectro de sonido que pocas veces cobra tanta importancia como lo hace aquí. La primera mitad de Mandy, cuando esta es capturada y asesinada, se define con imágenes sorprendentes para luego dar paso a la segunda parte donde la música de Jóhann Jóhannsson revela varios momentos etéreos que sólo un actor como Nicolas Cage podría llevar. 

Nota: Escuchen con atención “Forging the Beast” de Jóhann Jóhannsson, cuyo trabajo en el score de Mandy fue el último que realizó antes de morir. 

Hay muchos filmes que apoyan su narrativa en el sonido y la música, y Mandy es tan extraordinaria y tan diversa en este aspecto, que no hay nada que se le acerque hasta el momento. Ni qué decir, nuevamente, de la construcción visual conformada por los colores,  las pausas en las escenas, los planos abiertos y cerrados que dicen más de lo que aparentemente vemos.

Mandy existe en su propia dimensión de horror, en su propia comprensión de la violencia, pero en un mismo entendimiento de lo que es el amor, el dolor y la venganza. 

Panos Cosmatos nos entregó en 2018 el Tito Andrónico del cine. Demasiado violenta para una audiencia regular, pero con la suficiente dosis de intensidad como para convertirse en una de las mejores películas de horror (gore, tal vez), de los últimos añosMandy no sería lo que es sin la presencia de Nicolas Cage. De unos años para acá, el actor cayó en una espiral dentro del cine hollywoodense con elecciones fílmicas poco probables y que lo enviaron al baúl del olvido, pero sobre todo al de la burla. No recordamos a Cage por su trabajo en Vampire’s Kiss (1988), sino por el meme de su rostro con ojos desorbitados. 

Red parece haber sido pensado para Cage. Sólo él podría encarnar la furia justificada que construye la base de Mandy y aquel nihilismo que no obedece al amor que proyecta sobre su difunta novia, interpretada con sutileza por Andrea Riseborough. Sorpresivamente, Nicolas Cage es parte de esa estética, de esas sorpresas visuales y sonoras: su mirada, su voz, todo funciona en un universo construido por Cosmatos imposible de reproducirse de otra manera. 

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Desde su primera película de 2010, Cosmatos nos ofreció un tipo de cine que va desde lo contemplativo, experimental, hasta el drama (esta vez cargado totalmente en la fisonomía de Cage y su capacidad natural de aturdir a las audiencias con una sola mirada). 

El cineasta viene de una familia de cine. Su padre, George P. Cosmatos, fue el encargado de construir una pequeña parte del imaginario cultural con cintas como Rambo II, Cobra y Tombstone. Y ahora, sin miedo a equivocarnos y con tan sólo dos filmes en su historial, Panos ha superado sus propias expectativas y, de paso, nos ha regalado uno de los filmes más viscerales del año que bien podrían plantear la base de un cine con historias conocidas, pero perspectivas totalmente ajenas a nuestro mundo.

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