Después de cinco días de Cumbre Tajín esto fue lo que más disfrutamos

Cinco días pasaron ya, es hora de volver a la sopicueva y retomar nuestras vidas lejos del calor y la hermosa gente de de Veracruz, no sin antes hacer un pequeño recuento de lo que más disfrutamos en esta decimosexta edición de Cumbre Tajín.

Las actividades que existen dentro del Parque Temático Takilhsukut

son muy extensas, no importa donde decidas detenerte, con seguridad estarás a menos de 20 pasos de alguna de las casas o nichos de cultura, esto resulta emocionante si decides ir sin un plan establecido y simplemente acercarte a un lugar que te de buena espina. Eso hicimos los primeros días y logramos encontrar una de las cosas que más nos gustaron, el escenario musical de Cumbre Niños, donde por azar llegamos a la hora que se presentaba el Coro de Niños del Centro de las Artes Indígenas. Fue sumamente bellos escuchar un coro tan bien preparado, con un repertorio TAN extenso y con unos lindos y juguetones arreglos orquestales. Nos gustó tanto que unos días después decidimos regresar sin ver el itinerario y nuevamente nos sorprendimos con un cuarteto de soul/hip hop/rock llamado Soul Inscribed, de cual probablemente ninguno de los asistentes habíamos escuchado, pero que nos mantuvo fascinados durante más de una hora por su gran ejecución e improvisación de voz, flauta, saxofón y beat box, todo de diez.

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Ya que nos quedaba cerca, desde ahí caminamos hasta el Nicho de la Purificación, donde nos la pasamos tan bien que le hicimos una reseña especial. Este espació es una maravilla y vuelve a Cumbre Tajín en un festival único. La sanación, la espiritualidad y la medicina tradicional totonacas se congregan en este apacible espacio que busca la salud y el bienestar.

A medio camino entre el Nicho de la Purificación y el de la música nos quedaba la Sala Esperanza García Dionisio, donde se estuvo presentando la Muestra Internacional de Cine en la Cumbre, y en donde, por segunda ocasión, Ambulante tuvo un espacio propio. Muchas de las proyecciones de Ambulante tuvieron lugar en Papantla, pero nosotros tuvimos oportunidad de entrar a ver dos buenos documentales; Huicholes: Los Últimos Guardianes del Peyote y la cinta de 1986 Forest of Bliss, que retrata los días de Benares, India sin usar diálogos y enfocándose en las tradiciones religiosas y mortuorias. Una elección no tan festiva, pero sí muy emotiva.

Y hablando de emotividad, probablemente uno de los momentos que más nos emocionó fue el que pasamos dentro de la Casa Xanath o casa de la vainilla como le decían por ahí, donde después de vendarte los ojos, las guías te llevan por un viaje sensorial a través de la leyenda del origen de la vainilla, en el que -para no quemarles mucho la experiencia y que vayan el próximo año- te degüellan, arrullas a un bebe y te sacan el corazón. Por más raro que se escuche, tienen que creernos ¡es hermoso!

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Cuando nos cansábamos de caminar, nuestra opción casi siempre era ir a sentarnos a la Plaza de la Danza, no sólo porque las hamacas INVARIABLEMENTE estaban ocupadas, sino porque prácticamente a todas horas había grupos de bailes presentándose uno tras otro. El espectáculo es hermoso e hipnótico. Aún cuando el día anterior hubiéramos visto la danza de Quetzales, de Negritos o de Tejoneros, cada municipio tiene sus propias variantes de indumentaria e interpretación, así que el espectáculo de la Plaza de la Danza se renueva constantemente y es por eso que está en nuestra lista de actividades favoritas.

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Otra de las maravillas que involucra baile y música dentro de Cumbre Tajín son los desfiles que esporádicamente te encontrabas por los pasillos del parque. Era muy padre que en el momento en el que creías que ya habías visto todo o que te empezabas a preguntar qué más hacer, un grupo de bailarines o músico enmascarados te tomaba por sorpresa y renovaba tus ganas de seguir en la fiesta, de lanzarte por una cerveza o un helado y continuar viéndolo todo.

Es imposible que resumamos en esta nota todo lo que vimos y vivimos estos días, pero les dejamos un poco de lo que más nos llegó –sin contra la música, claro está-, esperando que si no fueron este año, se animen para el siguiente. Definitivamente son cinco días que vale la pena pasar como invitados de un anfitrión tan maravilloso como la cultura totonaca.

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Fotografías: Rodrigo Jardón