No pocos consideran a Samanta Schweblin una de las escritoras argentinas jóvenes más importantes. Los reconocimientos que ha recibido son muchos (Premio Casa de las Américas y el Juan Rulfo por decir algunos); recientemente publicó Distancia de Rescate

, con editorial Almadía.

Este libro es uno de los más desconcertantes con los que me he encontrado este año: el terrorífico y bello experimento de Schweblin explora los lazos entre madre e hijo y los horrores y misterios que esa relación trae consigo luego de que ocurre una tragedia.

La historia se ubica en una zona rural de Argentina: una madre y su hija se instalan ahí y pronto son arrastradas a descubrir (y sufrir) la tragedia a la que está condenado ese lugar. La muerte, el veneno, la enfermedad, pero sobre todo, la búsqueda de aquello que es realmente importante en los momentos más crudos de nuestra existencia, son los pilares de un relato que, para ser honestos, me provocaba una ansiedad enorme. Los personajes principales son cuatro: Carla, madre de David; y Amanda, madre de Nina. Son los diálogos de Amanda y David los que conducen un relato magnífico cuyas desconcertantes imágenes empujan al lector a un mundo entre los sueños de una madre y sus recuerdos de una catástrofe.

La misma autora, amablemente nos concedió una entrevista y nos dijo, con sus propias palabras, de qué va esta historia:

“Es una historia que linda un poco con el mundo del terror sin llegar a ello completamente, provoca más bien la sensación de una monstruosidad que puede ser muy dañina de un momento para otro. Se trata de la historia de una madre y su hija de tres añitos que están veraneando en el campo argentino, en una zona rural y se ven envueltas en un accidente muy extraño y este accidente que ellas no pueden terminar de entender, no saben muy bien qué ocurrió, las deja varadas geográficamente y mentalmente como si una vez que ocurriera el accidente ellas perdieran control de lo que está pasando. El libro está construido por el relato de dos voces que es la madre y un niño (que no es su hija) y entre los dos intentan reconstruir ese accidente y entender qué es lo importante y qué debe ser aprendido para que no vuelva a pasar”.

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Distancia de rescate, además de desarrollar una historia poderosa, hila sigilosamente una tensión que termina por hacer del lector un rehén de la narración y esto es natural toda vez que nos enfrentamos a un libro muy peculiar, a caballo entre el cuento y la novela corta, que coquetea con el relato de terror, con el realismo mágico y (formalmente) con lo cinematográfico.

El hecho de que este relato no pueda introducirse en un cajón específico hace que nuestras expectativas cambien y nos metamos a ese mundo a tientas, esperando a que la vista se acostumbre y podamos ver las siluetas de los personajes cuyo terror finalmente se nos presentará claramente.

Al respecto, Schweblin nos dijo que:

“Cuando el terror y lo fantástico se viven desde un clima y un registro que son absolutamente cotidianos y realistas, eso extraño, eso amenazante, se vuelve mucho más factible de suceder [como en el relato de Schweblin] eso es lo que genera tanta tensión. Si hablo de Frankenstein como un monstruo que vivió hace muchos años, muy lejos de aquí, pues no pasa mucho, uno puede enfrascarse en ese mundo, comprar toda esa fantasía. Pero si esa amenaza ocurre en un mundo posible es entonces factible que suceda.

Acá hay algo también importante y es que hay una segunda lectura en el texto, que no es explícita porque no me interesaba que lo fuera, pero todas estas cuestiones tan extrañas que parecen fantásticas en el relato como estos niños con problemas y malformaciones, caballos que se mueren porque sí, los patos que se desmayan y se mueren, esta necesidad de un pueblo de llevar a sus enfermos a una curandera porque no les basta la medicina formal, todo esto que parece estar en el registro de lo fantástico, es real, es algo que pasa en el campo argentino por los agroquímicos y los herbicidas. Esto está pasando, esos nenes existen, esos animales se mueren y es algo real, yo no quería nombrar todo esto nombrar todo esto porque no se trata de esto la novela,  pero el hecho de que todo lo que parece estar en el registro fanático es real, vuelve mucho más fuerte el texto”.

Claro, la categoría de lo fantástico es de por sí problemática, pero la autora sabe muy bien qué hilos jalar para construir un mundo cotidiano en donde lo extraño se instala de repente, cómodamente, simulando haber estado desde siempre ahí. 

Schweblin introduce personajes como el de una curandera, hace que los animales mueran (tal vez por un veneno, tal vez por una mirada) y eso, una vez que entras en su juego, se vuelve algo terriblemente natural.

La autora nos dijo que quería que fuera “algo muy natural. En el momento en que esa curandera se convirtiera en una especie de mago fantástico con súper poderes, yo corría el riesgo justamente de que el texto se volviera completamente fantástico.  En ningún momento se pisa el terreno de lo fantástico ni del realista, el texto camina todo el tiempo en la cornisa y uno puede dudar. El momento en que ese tipo de personajes se vuelven tan extremistas uno entra en un código que deja afuera el realismo”.

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No es fácil crear un texto como el de Schweblin. Todo aquel que se haya enfrentado a la tarea de la escritura sabe que la tensión es un equilibro de voces, acciones, sentimientos y requiere de pruebas, borradores y ensayos. La autora fue muy cuidadosa con eso y logró que, gracias a la forma en que los diálogos están dispuestos (a sus paranoicas repeticiones, a lo que se dice con silencios y lo que se muestra en la inmovilidad) el lector no pueda hacer más sino apretar los brazos del sillón. 

La autora nos cuenta que “David es el personaje que todo el tiempo pregunta qué es lo importante e intenta dirigir ese diálogo; esa pregunta repercutía sobre mí porque me hacía pensar constantemente qué era lo importante de ser contado, era preguntarme a mí misma, como narradora, cómo construir este relato en particular; eso fue un desafío para mí porque el elemento importante en cualquier historia es la tensión y la tensión no es una energía que sólo se da en un thriller o un cuento de terror, la tensión puede estar también en 30 páginas de un personaje que se lleva a la boca una naranja; quiero decir, hay tensión o no la hay y para mí, como lectora y narradora, si no hay tensión, yo no puedo seguir avanzando, es como si fuera una energía que necesito, sí o sí, si no, no puedo escribir. Yo aprendí a manejar esa tensión en 10 o 15 páginas, ya tenía libros de cuentos, pero el gran desafío para mí en este libro fue escribir un texto que superara esas dimensiones, escribir una novela. ¿Cómo hago para escribir con esa tensión en 150 páginas? Ése era el desafío y yo sabía que si eso se rompía, mis propias ganas de escribir también caerían.

Esa tensión salió de muchísimos borradores, esta historia la reescribí mucho, las primeras páginas sobre todo; me costaba hallar la manera de contar lo que quería contar (que sí tenía muy claro), pero de una manera que me asegurara esta tensión y así, encontré estas dos voces (la de David y la de Amanda), de manera muy intuitiva también”.

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Debido al lugar en donde ocurren los hechos –un soleado campo argentino, casas amplias y sembradíos, calles vacías y habitantes de semblante indescifrable–, el libro me recuerda mucho a esos relatos de lo insólito en el campo, algo como lo que hacían Flannery O’connor o Margaret Atwood, incluso al ambiente que se crea en Children of the Corn. La autora nos cuenta acerca de este mundo que tiene un correlato en el campo argentino.

“La historia necesitaba que fuera en el campo porque justamente entraba en juego el accidente que ellas tienen con un químico que se usa en el campo argentino, desde el principio tenía ganas de jugar con esta sensación veraniega de que hay una alberca, ojotas, los bikinis, le refresco, las reposeras, el olor del bronceador, todo estas cosas que son veraniegas, cruzadas con la tensión de lo que se está contando y que es tremendo. Me interesaba ese cruce porque me parece que en un texto tan complejo tenía que haber también cierto relax, al menos al principio, para que el lector entrara en una zona de confort que podía ser esa mini residencia casi de placer en medio del campo argentino, lo que me permitió meter poco a poco ese mundo que, como vos decías, te provoca rechazo, es muy difícil entrar. La geografía tenía que ver con eso, tenía que ser lindo, el paisaje el campo de soja, hablo del sonido efervescente, del sembrado… me interesaba cruzar esas dos cosas y ese espacio me pareció propicio”.

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Distancia de Rescate establece una relación profunda con el lector, la pregunta constante que David se hace sobre qué es lo importante de contar en una historia, atraviesa todo el proceso creativo, se la hace la autora y se la hace al lector para llegar entonces a la verdad de lo que ocurrió: ¿en dónde se perdió lo irrecuperable, en que punto nos desprendemos de lo más importante de nuestras vidas? Se trata de enfrentar el horror, la pérdida y la ansiedad a través de la narración.

“Mientras construía este texto no fui muy consciente de sus cualidades reflexivas (de los reflejos en la narración), todo el tiempo uno pude hablar de la dupla de los padres porque cuando las mujeres salen de la narración, quedan los dos padres preguntándose cosas que no pueden contestar, como un karma ancestral, una fatalidad que se repite familia tras familia y esto a la vez es reflexivo con el arte de narrar. Es muy emocionante o extraño o incluso hasta insólito todo esto porque, cuando yo escribo el texto, escribo de una manera muy intuitiva y claro que tomo decisiones muy consientes y soy cuidadosa (corrijo mucho y limpio mucho) y tengo muy claro lo quiero que piense el narrador, soy muy controladora, quiero decir, trato de no dejar cosas abiertas pero igual, después me doy cuenta de la cantidad de cosas que descubro cuando llegan ustedes, los lectores y los periodistas y comienzan a hacer estos análisis y es tan gratificante que el texto pueda ser tan reflexivo”, nos dijo Schweblin.

Generalmente, cuando quiero recomendar un libro o una película, acudo a su anécdota, a las imágenes que ofrece, las menos de las veces a lo que me hizo sentir. Me cuesta trabajo recomendar el libro de Schweblin porque no encuentro una razón específica para que ustedes lo lean y porque definitivamente no puedo reducir su nebulosa y espeluznante anécdota, mucho menos poner en palabras la vorágine de ansiedad y tristeza que el relato me provocó.

Distancia de rescate, como la buena literatura, no tiene razones para leerse y al tratar de encontrar alguna, terminaré diciendo, como hago con mis libros favoritos: “mira, sólo tienes que leerlo”.

Samanta Schweblin

Distancia de Rescate

Editorial Almadía 

Por Luis Miguel Albarrán @Perturbator