Lo que necesitas saber:
Todo lo que existe es posible por una serie de ausencias, es la base del término que tomó Mark Fisher para desarrollar el concepto de música hauntológica.
En los últimos meses se han reportado ventas que hacen exclamar el regreso de los formatos físicos en la música… pero, ¿realmente se fueron alguna vez? El fantasma de lo que representaron para varias generaciones siempre ha acechado, impidiendo su total desaparición.
En una era en la que todo se inclina hacia lo digital, ¿por qué continuamos aferrados al formato físico? La primera respuesta –y la más lanzada– es “por nostalgia”… pero, “¿nostalgia de qué?”, preguntaría el crítico Mark Fisher, desechando la idea de que los actuales compradores de vinilos, CDs y cassettes actúan por sólo creer que estos formatos son mejores que los actuales. Quizás lo son (apoyados de muy especiales y caros elementos técnicos), pero tal vez hay algo más detrás.

Música hauntológica: el sonido del futuro que nunca llegó
De manera muy breve se puede decir que el término hauntología nace del juego de palabras “ontología” (estudio filosófico de lo que se puede decir que existe) y “haunt” (en inglés, acechar o rondar) y fue pensado por el filósofo Jacques Derrida para la descripción del presente no de forma positiva: todo lo que existe es posible sobre la base de una serie de ausencias, “fantasmas”, huellas del pasado y de futuros nunca logrados.
El término derridiano fue tomado por Fisher a inicios de los 2000 para pensar y hablar de la música, la virtualidad de los formatos y, primeramente, para calificar a lo creado por músicos como William Basinski, The Caretaker, Burial, Mordant, Philip Jeck, cuyo sonido característico es el “crack” del vinilo, aun cuando éste realmente está ausente de las grabaciones y la reproducción de su obra.
“Un anhelo de ese viejo régimen material juega un rol en la melancolía que satura la música hauntológica”, señala Fisher en el libro Fantasmas de mi Vida para describir lo que une a los artistas mencionados y los pertenecientes al legendario sello británico Ghost Box Records. Un anhelo que se contraponía con la preocupación por la forma en que la tecnología comenzaba a preservar la memoria en formatos carentes de presencia física. De ahí su interés por la televisión, cassettes y sonidos de artefactos en desuso.
La idea de Fisher es simple y reflexiona sobre algo fascinante: escuchamos algo en formato digital que nos remite a un formato físico, ya ausente. Entonces, sobre el consumo musical del nuevo milenio ronda el fantasma de algo que nos hemos negado a olvidar y, con él, lo anhelado por generaciones pasadas. Todo esto en un momento en el que el futuro parece negado.

“No sólo el futuro no ha llegado, sino que ni siquiera parece ya posible, sin embargo, esta música constituye la negación a abandonar el deseo de futuro”, asegura Fisher, quien vio en Kraftwerk una de las últimas muestras de música “futurista”, en el que la tecnología se usó para crear algo realmente innovador. Después de la banda alemana, parece que impera una idea de falsa novedad…
¿Un “no futuro”? Hay un cóctel de elementos que podría animar a echar el término: artistas que deambulan en géneros reconocibles, constante evocación de la nostalgia como carta fuerte para promocionar un concierto o álbum y, quizás más importante, el uso de las innovaciones tecnológicas para “revivir” el pasado… renovar lo viejo (y aquí podemos mencionar algo que no alcanzó a ver Mark Fisher, fallecido en 2017: la IA para rescatar material desechado por bandas por su mala calidad inicial).
“Kraftwerk nació de una intolerancia a lo establecido, el presente está marcado por la capacidad a acomodarse al pasado”, sentencia Fisher en el texto en el que habla de música pero a la vez reflexiona sobre algo más profundo, siendo que la cultura musical con la que él creció en los 70 (revistas, libros, moda, diseño, portadas de discos, etcétera) proyectó los futuros que, con el pasar de los años, nunca se concretaron.
El regreso de los formatos, pero sólo para remarcar la ausencia del futuro
El incumplimiento del futuro que se prometió también en términos políticos, sociales y económicos, todo eso abarca la hauntología musical. De ahí la necesidad (quizás inconsciente) de algunos artistas de evocar el pasado en las propuestas del presente, sin anhelar un periodo temporal particular: tal vez sólo reanudar los procesos de un futuro que nunca se materializó…
Un acto para que la cultura vuelva a carburar para alcanzar a la acelerada vida cotidiana (o si no es que ralentizarla), salir del confort que ofrece lo retro por generar una satisfacción rápida y fácil sin implicar más que una variación mínima de lo ya conocido. Todo eso se alcanza a entender en la música hauntológica creada durante los primeros años del siglo XXI, en la cual se puede incluir a Boards of Canada, así como trabajos de Public Service Broadcasting.
Música en la que, además del “crack” del vinilo, imperan samples de documentales, voces desintegradas por el pasar de los años por las cintas magnéticas, loops de entrevistas desintegradas que animan al escucha a reconstruir lo que ya no se puede recuperar y ambientes que hacen evidente que el tiempo, en efecto, se ha detenido (mas no la vida)…
Pero hay algo que quizás no alcanzó a prever Fisher: que el fantasma que rondaba a esa música se haría material. A más de 20 años de que se comenzó a hablar de música hauntológica, el sonido que apenas evocaba (el del vinilo) ha vuelto de manera masiva a los escaparates, produciendo un revival de su producción.
Bueno, un pequeño detalle: el viejo formato ha “revivido” (sin haber muerto por completo) pero, con él, no hay música que hable de un futuro creado a partir del presente. Después de todo, quizás sí lo alcanzó a prever Fisher y es que realmente ya no existe un presente susceptible de ser asido o articulado. Sólo es reciclar y reempaquetar.

