Casi todos nuestros hábitos de consumo tienen fuertes impactos ambientales. Quizá ése es el mayor problema de la crisis climática en la que nos encontramos: no hay una sola fuente principal de la catástrofe. Han abonado a ello un uso desmedido de recursos que van desde los combustibles fósiles hasta la ropa que vestimos. Por ello mismo, contrarrestar el deterioro al medio ambiente depende de buena voluntad de gobiernos y empresas, así como de conciencia individual para hacer cambios significativos que permitan que este planeta siga siendo, en la medida de lo posible, habitable. Para lograrlo es necesario atender la mayor cantidad de aristas del problema, incluida la producción, compra y venta masiva de textiles en lo que se suele conocer como “fast fashion”. 

El fast fashion se ha vuelto una opción increíble para que más personas puedan acceder a prendas y outfits a la moda de bajo costo. Se trata de empresas que maquilan ropa masivamente para que los consumidores puedan renovar su armario constantemente; sin embargo, la mayoría de las veces esto se logra a costa de mano de obra muy barata—bajo condiciones que violentan derechos humanos básicos de las personas—y materiales de pésima calidad—que son de baja durabilidad y casi imposibles de reciclarse o reusarse. Pero sus bajos precios y alta velocidad de producción han hecho del fast fashion un sector de la industria textil de consumo gigante. Precisamente sus volúmenes de producción y venta lo han puesto en el foco de muchos debates sobre qué tan conveniente es permitir que siga este modelo de la moda.

Pero todo parece indicar que algunos gobiernos están buscando ponerle freno al fast fashion para desacelerar su consumo y propagación.

¿Y cuál es el problema del fast fashion?

A primera vista, parece irrelevante concentrarse en la industria de la moda en la carrera por salvar al planeta de los estragos del cambio climático. Por supuesto que hay problemas ambientales que se antojan más apremiantes: el uso desmedido de combustibles fósiles; la falta de incorporación de energías renovables; el consumo de carne que requiere de cantidades enormes de agua para su producción;  la falta de alternativas sustentables al transporte individual en ciudades de densidades poblacionales insostenibles; y así nos podemos seguir con un larguísimo etcétera. No obstante lo anterior, lo cierto es que el fast fashion sí ha alcanzado niveles altos de contaminación que presentan un problema enorme para la humanidad. Además, en buena medida se trata de una industria que aglutina todas las cuestiones anteriores.

Por un lado, la industria textil es responsable de 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta. Y en la medida que el fast fashion trabaja a ritmos acelerados, buena parte de esos GEI dependen de él. Representa 30% del total del mercado. Asimismo, es un sector que aporta 20% de las aguas residuales a nivel global y que emplea más energía que la aviación y el transporte marítimo combinados. En términos generales, la moda es la segunda industria más contaminante en el mundo, sólo después de la aviación. Los desechos textiles representan poco más de 92 millones de toneladas anuales—que suelen acabar en vertederos después de pocas usadas— y 190,000 toneladas de microplásticos en los océanos.

En suma, el fast fashion no es un problema ambiental menor. Sólo parece serlo, por estar tan anclado a nuestras dinámicas y hábitos cotidianos.

¿Candados efectivos a la industria?

Todo esto viene a cuento porque la Comisión Europea (CE) presentó una propuesta para atender el problema del fast fashion en el continente. Es un proyecto que es parte de los esfuerzos recientes por impulsar una economía circular en la Unión Europea. La idea es promover la producción, venta y consumo de bienes que sean sustentables. Además, que sean de mayor durabilidad; que puedan ser reparados fácilmente; y, sobre todo, que desde su manufactura estén pensados para ser reciclados sin mayor complicación. En ese sentido, la propuesta de la CE no se constriñe nada más al fast fashion, sino que propone estimular la compraventa de smartphones, electrónicos y muebles que cuenten con estas características.

Aunque bien intencionado, el plan es bastante estrecho de miras. Por el momento, lo que se propone es que se cree una escala de sustentabilidad que muestre el impacto ambiental, la durabilidad y la “reparabilidad” de un producto de estos sectores. Hasta cierto punto, es una calca de un etiquetado que ya existe en Europa para electrodomésticos. Mismo que en una escala de la A a la G ayuda a consumidores a saber qué aparatos son los que más energía consumen para tomar una decisión “ecoamigable”.

El documento de la CE abiertamente reconoce el impacto ambiental del consumo de textiles y del modelo del fast fashion: cuarto más relevante en términos de cambio climático y tercero en relación con el uso industrial de agua. Sin embargo, la propuesta será un etiquetado que permita saber qué tan reciclable y qué tan amable con el ambiente fue la producción de la prenda, para que el consumidor pueda tomar “la mejor decisión”.

Por algo se empieza. Pero a estas alturas del partido ya sabemos que de poco sirven este tipo de etiquetados.

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