Foto: Victoria Valtierra // Cuartoscuro

Con peras y manzanas: adiós a la ciencia

Por Esteban Illades

En este sexenio es fácil perder la cuenta de los atropellos o de los amagos de atropellos. Tal es el caso de lo que plantea en estos días la bancada de Morena en la Cámara de Diputados: por tercera (¿o cuarta?) vez busca desaparecer todos los fideicomisos federales y darle el dinero al presidente y su gobierno para que dispongan de él como mejor les plazca.

El argumento en cada ocasión es el mismo: el dinero de los fideicomisos es opaco y quienes lo utilizan no rinden cuentas. Esto, como mucho de lo que el gobierno sostiene como cierto, es a todas luces falso, pero eso es lo de menos.

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Foto: Presidencia.

Hablar de una supuesta opacidad es esconder el motivo verdadero por el cual se quiere extinguir estos fideicomisos: desde antes de la pandemia, desde antes de la crisis, el gobierno se estaba quedando sin dinero. El año pasado, como las cuentas no salían, utilizó la mitad del dinero en el FEIP, el Fondo de Estabilización de Ingresos Presupuestarios, para cuadrarlas. Ahora, con una caída económica terrible, ya no hay de dónde obtener más; ya lo dijo el secretario de Hacienda, adiós a los guardaditos.

Es decir, por un mal manejo de finanzas, por malas elecciones presupuestales, por baja recaudación, por enemil factores, el dinero ya no estaba. Y ahora con la pandemia y su pésimo manejo, pues hay todavía menos.

El asunto es que ese dinero que le quiere extraer a los fideicomisos es dinero que cumple propósitos, que sirve.

No sólo eso: son propósitos bastante importantes. En concreto hay tres tipos de fideicomiso que de extinguirse generarían un enrome daño. El primer tipo es el que sostiene a los centros de investigación –es decir, los pocos lugares del país donde se hace ciencia–. Muchos de ellos tendrían que cerrar o despedir a mucha gente. Se perderían generaciones enteras de científicos, incuantificables avances tecnológicos; habría un retroceso educativo importante. Pero pues si algo se ha demostrado en este sexenio es que la ciencia no es prioridad.

El segundo tipo es el Fonden –el Fondo para la Atención de Emergencias–. De ahí proviene el dinero que se usa en caso de huracanes, temblores y demás desastres naturales. Sin ese dinero habría que improvisar cuando a México le pegara uno de los múltiples fenómenos que le pegan cada año, y que con el calentamiento global se volverán más potentes –por ejemplo los incendios o las sequías.

El tercero es el destinado a atención a víctimas, que vaya que las hay en este país.

La última vez que se intentó despojar de sus recursos a todas aquellas instituciones que operan con fideicomisos, el escándalo fue mayúsculo: tuvieron que salir los tres amigos (Cuarón, del Toro e Iñárritu) para pelear el dinero asignado al cine nacional. Tuvieron que salir los académicos a explicar por qué la ciencia es útil –tal cual. A eso se tuvo que llegar.

Parecía que el conflicto se había detenido.

Pero esto es lo que se conoce como una guerra de desgaste: la promesa tuvo fecha de caducidad. No se tocó el dinero durante meses, pero el presidente regresó a la carga. Instruyó a sus diputados para que regresaran como la burra al trigo, todo con el fin de hacerse de unas cuantas monedas que ni de cerca cubren el boquete presupuestal.

¿Y para qué lo quieren? Para Salud es obvio que no. A ellos les ha recortado durante la pandemia. Para educación, tampoco: no les interesa la que debería ser su principal prioridad. Para disminución de violencia menos: la violencia se disminuye con apoyo a los municipios, esos fondos son inexistentes en la propuesta de presupuesto para 2021.

¿Entonces? Para el petróleo. Para la refinería. Para lo que sólo puede catalogarse como un sinsentido. El petróleo va de salida, las refinerías también. Pero al gobierno no le ha llegado el recado, o si le llegó no lo entiende. Piensa que las recetas de los años setenta serán la salvación en 2020.

Mientras tanto, la receta correcta –la de la educación y la ciencia–, ésa está olvidada en un cajón. No sólo eso: los mexicanos serán más pobres en esta década que viene. Estarán peor educados. Tendrán menos acceso al resto del mundo. Comerán peor. Sufrirán más.

Pero un presidente que dice que se va en cuatro años a su rancho, él no está preocupado. Porque su sueño, así de pequeño, es poner una placa y cortar un listón: así sea para recordar que ahí se malgastó el dinero de los mexicanos, él estará feliz de tener las letras de su nombre en un letrero que en unos cuantos años sólo servirá para recordar de quién fue la idea de tirar el dinero a la basura.

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Esteban Illades

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