Esta visita al rodaje ocurre antes del arranque de la segunda temporada y revela cómo se grabó Como agua para chocolate desde adentro.

Desde que era niño siempre quise ver cómo se graba una serie. En el imaginario, los sets son como museos: pasillos, foros, luces, cámaras, vestuario impecable, silencios y un murmullo constante, como si todo el mundo supiera exactamente a dónde va y qué debe hacer.

Pero ¿qué pasa cuando la historia exige lo contrario: no construir un mundo, sino mudarte a él? Viajar decenas de kilómetros y adaptar una hacienda real a una producción, sin romper su tiempo. Sin internet. Sin visitas ajenas. Como si el presente se quedara afuera.

Eso hizo esta serie: nos llevó a Tlaxcala para dar un salto al pasado, al México de principios del siglo XX. Y ahí el set se siente raro y especial: se vive con el estómago, con el olfato y con la memoria.

Visitamos el set de Como agua para chocolate antes del estreno de su segunda temporada y hablamos con el equipo creativo para entender cómo la cocina, la memoria y la emoción siguen siendo el motor de una de las adaptaciones más sensoriales del streaming.

Maru Rangel y la cocina real en el set de Como agua para chocolate

Maru Rangel, responsable del food styling, prepara alimentos reales en el set de la serie Como agua para chocolate.
Maru Rangel está a cargo del food styling en Como agua para chocolate. Foto: HBO Max.

Durante nuestra visita al set de Como agua para chocolate, apenas cruzas la cocina —el verdadero corazón de la historia— queda claro que aquí la comida no es utilería ni accesorio, tampoco simulación para cámara. Sería un pecado para la novela original que lo fuera, si todo en la historia orbita alrededor de lo que se cocina.

¡Aquí se cocina de verdad!: se pica, se sofríe, se hornea, se prueba y, si es necesario, se vuelve a hacer una y otra vez.

Al frente de esa alquimia está Maru Rangel, responsable del food styling, pero también algo más difícil de definir: guardiana emocional de una historia donde cocinar es amar, resistir, sanar y recordar.

“Yo soy Tita”, nos dice Maru en algún punto del set visit. No como frase publicitaria, sino como confesión de su vínculo con la historia. Su conexión con la cocina viene de generación en generación: de su abuela a su madre, de su madre a ella, y de ella a sus hijos, y ahora a las actrices de la serie.

Una herencia imposible de calcular. Un conocimiento que se hereda a través de compartir una cocina, aprender de los ingredientes y dominar los utensilios, pero también de escuchar historias, observar procesos y entender que cocinar es una forma de estar con otros.

Con la comida no se puede mentir

En cine y televisión la comida suele ser una ilusión: platos maquillados, trucos para que se vean bien y duren mucho, aunque no se coman. Aquí, no.

Las recetas son reales. Los actores comen de verdad. Y eso implica una logística obsesiva: múltiples versiones del mismo platillo, consistencia entre tomas, repetir el mismo pan, el mismo mole, el mismo postre, una y otra vez.

“No nada más actúan los actores. De verdad creen lo que están haciendo”, explica. “Y eso facilita una reacción honesta. La comida no se puede fingir”.

En escenas con decenas de extras, se cocina para todos. No hay comida falsa. El mole se sirve. La gente come. Y eso cambia la energía del set. En una serie donde los platillos están ligados al deseo, la tristeza, la pasión, la rabia y el amor, esa honestidad se vuelve parte de la narrativa.

Cocinar como alquimia, vínculos humanos y memoria

Escuchar a Maru hablar de cocina es escuchar a alguien hablar de relaciones humanas. Para ella, cocinar no es solo técnica: es tiempo, cuidado e historia.

Habla de la levadura que burbujea como algo casi mágico. Del sazón como paciencia y como intuición. De una receta como una relación: “cada ingrediente aporta algo, cada persona suma energía”.

“La cocina es eso: relaciones humanas”, dice. “Una es alegría, otra llega de malas, otra trae calma. Todo se va cocinando”.

En un momento íntimo, Maru habla de su relación con la novela y con su propia historia: su abuela, su madre, el mole, la infancia. Aprender a expresar cariño a través de los platillos cuando las palabras no siempre estaban disponibles.

Cuenta incluso que su nacimiento está ligado a un mole que su madre preparó durante el embarazo. Para ella no es “ solo una receta”: es parte de su origen. Y esa coincidencia la une a Tita, como si el realismo mágico hubiera acomodado piezas desde antes de que existiera la novela.

Maru Rangel junto a Azul Guaita caracterizada como Tita, unidas por la cocina como lenguaje emocional en Como agua para chocolate.
Maru Rangel junto a Azul Guaita caracterizada como Tita en el set de Como agua para chocolate. Foto: HBO Max.

Por eso, cuando Maru dice “yo soy Tita”, no se refiere al personaje, sino a la esencia: una mujer que cocina para decir lo que no puede con palabras. Una mujer que convierte la cocina en su lenguaje de amor.

Pero lo que ocurre en la cocina no se queda ahí. La serie está en medio de una revolución. La comida es el punto de partida, pero no el único lenguaje: esa misma madurez emocional atraviesa la dirección, la fotografía, los personajes, el vestuario y la forma en que la serie —y todos los involucrados— deciden contarla.

Julián de Tavira y la dirección de la segunda temporada de Como agua para chocolate

Julián de Tavira dirige una escena en el set de Como agua para chocolate durante la segunda temporada.
Julián de Tavira dirige la serie Como agua para chocolate. Foto: HBO Max.

Para Julián de Tavira, director de la serie, la segunda temporada es, sobre todo, “recuperar lo conseguido y empujarlo hacia adelante”. Esa coherencia es clave para entender cómo se grabó Como agua para chocolate sin traicionar el universo de la primera temporada, pero dejando que el tiempo pese en los personajes. No son los mismos que conocimos. “Cambia la densidad emocional: menos inocencia, más consecuencias”.

Y en medio de todo, vuelve la idea central: “esta historia se cuenta desde las mujeres”. No como discurso, sino como la manera natural de contar la historia desde la mirada, la cocina, los rituales, la herida y la resistencia.

Esa misma madurez que Julián plantea desde la dirección también se traduce en cómo la serie se ve. En el set de Como agua para chocolate, la fotografía, el vestuario y el peinado están pensados para sentirse vividos, no perfectos.

La fotografía del set de Como agua para chocolate, según Ximena Amann

Esa madurez, dice la fotógrafa Ximena Amann, se tradujo en una palabra: profundidad.

Profundidad de emociones, sí. Pero también profundidad de campo y profundidad de luz: contraluces más marcados, sombras más presentes, una imagen con más capas, como los propios personajes.

Ximena Amann supervisa la iluminación y fotografía en el set de Como agua para chocolate.
Ximena Amann es la directora de fotografía de Como agua para chocolate. Foto: HBO Max.

Su regla es directa: sin concepto, la foto sería “puros cuadros bonitos sin intención”. Aquí lo visual está al servicio de lo que sienten. El reto técnico parte con la época: no hay electricidad. Se diseña con velas, fuego, quinqués, antorchas, fogatas y “luz de luna”.

Entre sus referencias aparece la pintura: Johannes Vermeer como inspiración para contrastes más delimitados. Luz que modela y que a la vez deja un halo de misterio.

Obra de Johannes Vermeer utilizada como referencia visual para la fotografía de la serie Como agua para chocolate.
Johannes Vermeer, fue una de las referencias visuales para la fotografía de Como agua para chocolate.

Si la fotografía trabaja con luz y sombra para traducir emociones, el vestuario hace lo mismo con telas, peso y textura.

Amanda Cárcamo: la tela como psicología del personaje

En vestuario, Amanda Cárcamo lo dice sin rodeos: en esta época, la paca no alcanza.

Amanda Cárcamo revisa telas y vestuario de época para Como agua para chocolate.
Amanda Cárcamo lidera el diseño de vestuario de Como agua para chocolate. Foto: HBO Max.

Muchas piezas se mandaron a hacer. La búsqueda real fue la tela: lanas, linos, algodones. Materiales naturales cada vez más raros. Parte del hallazgo estuvo en Tlaxcala: tejidos de cintura y texturas rudas que luego se tiñen, se procesan, se estampan y se transforman.

Su parte favorita no es “el look”: es darle alma a cada personaje desde el color y la textura. Su ejemplo es clarísimo:

Tita: nostalgia en azules, telas ligeras y vaporosas.

Azul Guaita interpreta al personaje de Tita de la Garza en la serie Como agua para chocolate en la serie de HBO / MAX
Azul Guaita interpreta a Tita de la Garza en la serie Como agua para chocolate. Foto: HBO MAX

Rosaura: plizados, telas pesadas, más lana, más rigidez.

Detalle del vestuario de época utilizado en Como agua para chocolate, con telas naturales y múltiples capas.
 Ana Valeria Becerril es Rosaura en la serie Como agua para chocolate. Foto: HBO Max

También está la verdad física: no es cómodo. Capas y capas, telas que pican. Entre tomas hay que soltar enaguas para que las actrices respiren. Y hay una decisión que se vuelve clave para todo el universo de la serie: evitar corsés. No por comodidad solamente, sino para que la provincia y la Revolución Mexicana se sientan como lo que son, no como una fantasía rígida.

Elisa Ramírez: peinados que cuentan historias y maquillaje (aunque casi no se note)

Elisa Ramírez trabaja el peinado de un personaje para la serie Como agua para chocolate.
Elisa Ramírez está a cargo de maquillaje y peinado en Como agua para chocolate. Foto: HBO Max.

Para Elisa Ramírez, el peso narrativo está en el peinado. Por época, casi no hay maquillaje: se investiga, se define el periodo y luego se diseña personaje por personaje.

Tita, con el cabello trenzado, cuenta su historia: infinita, enredada, emocional. En Rosaura, los accesorios y los tonos se oscurecen conforme se oscurece su arco.

En la segunda temporada el reto crece por los saltos temporales: de 1915 a los veintes y los treinta. Eso implica envejecimientos, cambios físicos y una continuidad precisa.

La apuesta de Elisa es la naturalidad: piel sana, hidratada, casi “de cuentito”. Y, sobre todo, coherencia entre dos mundos: revolucionarios sucios, uñas negras, grasita; hacienda limpia, pero nunca “pulida”. Provincia, jabones que resecan, frizz y una rusticidad que también es parte de la historia.

Un set que no solo se recorre: se vive

Más que un recorrido, este detrás de cámaras de Como agua para chocolate es una forma de entender por qué esta historia sigue conectando desde la emoción. En conjunto, todo apunta a lo mismo: esta producción no busca verse “perfecta”, busca verse vivida.

La luz tiene sombras porque los personajes ya las tienen. La tela pesa porque la época pesaba. El cabello no está “domado” porque la vida real tampoco lo está. Y la cocina no está ahí para adornar la toma, sino para sostenerlo todo: para recordar qué nos enamoró de Como agua para chocolate, una historia que se parece mucho a las de nuestras propias familias, esas que se cuentan y se heredan entre generaciones.

La comida no es solo un recurso narrativo: es una forma de contar quiénes somos, de dónde venimos y qué amamos y aquí no es una metáfora bonita, es práctica diaria.

En medio de luces y cámaras, hay algo profundamente honesto ocurriendo: alguien pica cebolla, prueba una salsa y repite una receta no solo para que se vea bien, sino para que se sienta real.

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Soy Coordinador de Edición y Producción Multimedia en Sopitas.com. Formo parte del equipo desde 2020 donde entre TikToks, entrevistas y memes, me escapo para escribir de diversidad, arte y los lugares...

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