El arte crea identidades a un nivel individual y colectivo, y uno de los que han forjado este segundo en México, es el cine y la industria del entretenimiento; sin embargo, la televisión y mucho menos la abierta, podría considerarse una forma artística, y aquí es donde radica la diferencia.

El cine como lo señaló en su momento Carlos Monsiváis, en específico el mexicano, ha sido un constante reflejo de una sociedad turbada que nunca termina de definirse ante las revoluciones, la violencia y la búsqueda de libertad. ¿Quién es el mexicano y cuáles son los elementos que lo definen fuera de su imaginario?

Esos elementos, bien o mal, han sido proporcionados por el cine con mayor fuerza desde la década de los 30 hasta la fecha. Así, en algún momento las mexicanas (o mejor dicho cubanas) se presentaron y ficheras mientras los hombres se convirtieron primero, en charros cantores para dar paso a su criminalidad en la figura del ladrón de poca monta y el narcotraficante. Esas han sido las imágenes de México en el mundo a partir del cine.

Sin embargo, fue la época de oro la que más nos definió no sólo en un nivel cinematográfico, sino como identidad nacional; es decir, los cineastas de esta época fueron los encargados de construir la ideología dominante que moldeó la cultura popular y, por ende, nos dio las reglas a seguir en aspectos sociales, políticos y económicos.

CuadroXCuadro: ‘La otra’ de José Revueltas y la constante tragedia del mexicano

‘Nosotros los pobres’ de 1948 de Ismael Rodríguez.

El mismo Monsiváis decía que la historia de nuestro cine se resume como “la acumulación de basura estética, desperdicio y voracidad económica, la defensa de los intereses más reaccionarios, la despolitización, el sexismo”, aquellos conceptos que de una manera más sutil o evidente, forman parte de la actual sociedad mexicana y que “nos demuestra que a pesar de todo, en una etapa de esa cultura popular manipulada, supo describir enriquecedoramente la realidad”.

La época de oro del cine mexicano, que se ubica de la mitad de los 30 a principios de los 60, dominó Latinoamérica y llegó a lugares poco probables gracias a la baja producción de Hollywood que se puso, como todas las industrias, al servicio de la guerra. Pero la cantidad no es lo más destacado o lo único de esta etapa, sino también la calidad y la llegada del star system al país con protagonistas de la talla de María Félix, Dolores del Río, Arturo de Córdova o Pedro Armendáriz, directores como Roberto Gavaldón, Julio Bracho, Emilio “Indio” Fernández, Ismael Rodríguez, Alejandro Galindo o Miguel Zacarías y fotógrafos reconocidos como Gabriel Figueroa y Alex Phillips.

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Ellos, de alguna u otra forma, forjaron varios aspectos de la cultura popular como la educación sentimental (término de Monsiváis), concepto asociado al sentimentalismo de las películas de los 40 como El peñón de las Ánimas o Crepúsculo.  Pero también estuvo la parte relacionada a la condición social de los personajes, pero no tan burlesca como el trabajo de Ismael Rodríguez en colaboración con Pedro Infante en Nosotros los pobres… Y una de esas cintas fue La otra de Roberto Gavaldón de 1946 con Dolores del Río como protagonista.

La otra es una de las colaboraciones entre Gavaldón y José Revueltas, cuyo trabajo fue reconocido en 1947 por los premios Ariel al hacerse acreedora del galardón por Guión Adaptado. El filme estuvo nominado en las categorías de Película, Director para Gavaldón, Actriz para del Río, Coactuación masculina para Víctor Junco, Fotografía para Alex Phillips, Música de fondo para Raúl Lavista y Guión para Revueltas, ganando sólo en este último.

Este filme sigue la historia de María y Magdalena, hermanas gemelas en situaciones económicas distintas. María vive en la pobreza como manicurista, su belleza es eclipsada por su timidez mientras Magdalena, altanera y de mal carácter, se unió en matrimonio con un hombre sumamente rico que al morir, hereda toda su fortuna a su esposa. Las hermanas, ambas interpretadas por Dolores del Río, han estado peleadas desde niñas. “Siempre supiste tomarme la delantera. Arrebatarme lo mejor”, le dice María vestida de forma “humilde” mientras su hermana abre su clóset lleno de ropa.

CuadroXCuadro: ‘La otra’ de José Revueltas y la constante tragedia del mexicanoEn un momento clave de la película, cuando Magdalena le muestra todo lo que ha conseguido a través de la astucia y al “valerse de los hombres de vez en cuando”, María toma la decisión de dejar de vivir su propia vida y dejar de lado todo lo bueno (que Magdalena no tiene en la suya) como el amor sincero de Roberto. Y así, María asesina a su hermana y toma su identidad para disfrutar de una vida llena de lujos; sin embargo, descubre que Magdalena estaba relacionada con un crimen, y es ella, de este modo, la que debe pagar por ellos con un hombre avaro y egoísta.

La otra es una adaptación de la película Stolen Life de 1939 y A Stolen Life de 1946, esta segunda con Bette Davis como protagonista. En la primera, una de las hermanas se roban el amor de un hombre, y en la segunda, una de las gemelas muere por accidente y la otra roba su identidad hasta que no aguanta más estar separada del hombre que ama y decide confesar todo.

En ambas cintas, considerando a La otra, la premisa se basa en la presencia de dos gemelas cuya rivalidad las lleva a un punto de quiebre, pero la enorme diferencia entre esas producciones y la mexicana, es el fatalismo y la constante tragedia del personaje principal, algo que se ha adherido a la imagen del mexicano en la historia del cine y que en algún punto se hizo de mal gusto, por no decir ridículo.

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Víctor Junco y Dolores del Rio en ‘La otra’.

Tres años después del estreno de La otra, llegó Los olvidados de Luis Buñuel con una crudeza que apenas se vislumbraba en el cine mexicano con este tipo de cintas. María, bajo la identidad de su hermana, es sentenciada a 30 años de prisión por el asesinato de su esposo y otros crímenes cometidos con su amante como robo. Para la protagonista no hay opciones: como Magdalena, debe enfrentar la muerte de su esposo y como María, la muerte de su hermana.

A pesar de la tragedia en su final, no es esta la peor parte del destino, sino la imposibilidad, por decisión propia, de no confesarse ante el hombre que la amó… Como en La diosa arrodillada, la protagonista construye un camino para llegar a su objetivo, y cuando parece tenerlo, desaparece. Y así, Raquel (María Félix) pierde a su amado Antonio (Arturo de Córdova) y María a Fernando.

La desesperación de María asociada a la pobreza, se convierte en un punto clave del cine nacional que explotó la tragicomedia con personajes siempre similares y el “encanto poético” de la bondad, pureza y gracia del pobre. María, como se describe ella misma, nunca ha odiado, no se ha permitido hacerlo siquiera, a pesar de una vida de soledad e injusticia. A la fecha se sigue presentando un mismo modelo de mexicano pobre (y viceversa) en las telenovelas donde la y el protagonista deben atravesar un calvario para llegar a la felicidad llamado matrimonio (esto, ahora, en pleno siglo XXI).

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