Cuando se habla de Naturaleza, inmediatamente pensamos en ecosistemas, en el ciclo de la vida. Pero solemos omitir la presencia de los seres humanos. Y en realidad, no es de extrañarse. Desde que tenemos consciencia de nuestra supuesta superioridad, nos hemos encargado de marcar una diferencia funesta entre el hombre y todo lo demás, como si aquello no fuera importante y nuestra existencia se viera separada de lo que en realidad somos.

¿Una cuestión de ego o de miedo? Si es la primera, nuestro egocentrismo nos sobrepasa y está a punto de llegar a un límite del que no hay vuelta atrás. Si se trata de miedo, la cosa se define de otra manera (al menos el camino) aunque lleguemos al mismo punto; es decir, a la fatídica extinción con sus distintos nombres de acuerdo a la cultura de cada lugar.

La constante en la historia de la humanidad ha sido esa esa: la separación del hombre y su propia naturaleza, su biología y precisamente lo que le dio la capacidad de verse separado del universo que comparte y domina. No se trata únicamente de la explotación irresponsable de los recursos naturales, y todo aquello que nos ha llevado a conversaciones sobre las consecuencias irreversibles del daño al planeta. Sino de algo que la mayoría de las veces, va más allá de nuestro entendimiento: la explotación y consumación de nosotros mismos.

Las conquistas y el poderío reflejado en las guerras, desde tiempos antiguos, son quizá el mejor ejemplo de un razonamiento contrario y muchas veces irónico. Luchamos contra un idioma y color de piel distinto en favor de una sola permanencia. En otras palabras, conquistamos territorios y exterminamos a su gente pensando en nuestra existencia. Y con esta clase de episodios, es que se ha construido nuestra realidad y el principio del fin.

El racismo y la violencia generada por discursos de odio, son el ejemplo de cómo en la actualidad, continuamos con una misma línea que obedece a algo descrito por Sigmund Freud en El malestar en la cultura como instinto de muerte, una manifestación que al principio habría sido “puesto al servicio del Eros (instinto de vida), pues el ser vivo destruiría algo exterior, animado o inanimado, en lugar de destruirse a sí mismo. Por el contrario, al cesar esta agresión contra el exterior, tendría que aumentar por fuerza la autodes-trucción, proceso que de todos modos actúa constantemente”.

Todos, de esta forma, somos testigos de esas manifestaciones de destrucción. Sin embargo, si alguien ha sido doble espectador, es el fotoperiodista brasileño Sebastião Salgado. Este hombre, quien se define entre el mundo del arte y la objetividad, ha documentado la “condición humana” durante más de 40 años. Este trabajo es presentado en el filme documental La sal de la tierra codirigido por Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, hijo de Sebastião.

Wim Wenders y Salgado.

La sal de la tierra, de 2014, nos muestra cómo Sebastião ha sido testigo de la evolución de la humanidad en sus momentos más determinantes que, lamentablemente, son los más trágicos. Ha viajado y capturado imágenes sumamente poderosas en América del Sur donde miles de personas son explotadas en las minas de oro; en África donde hay hambruna y extrema pobreza; y en el centro y este de Europa donde los refugiados son considerados menos que animales. Ha convivido y sobrevivido junto a migrantes indocumentados, esclavos, víctimas de la guerra, el hambre y la desesperación.

Pero si hay algo que se reconoce en sus fotografías, es que ha encontrado belleza en esa “fealdad”. Y aquí es donde reside su trascendencia. Para reconocer algo que es bello, como lo hace Sebastião, primero debes comprender la fealdad, la miseria y la fatalidad.

En varias ocasiones, Sebastião Salgado ha sido acusado de “embellecer” el dolor y el sufrimiento de los seres humanos en función del consumo occidental. No obstante, se trata de todo lo contrario, de amortiguar un golpe que nos hemos negado a recibir. Cualquier fotógrafo, trabaja con luz y sombras, la dualidad de la que siempre hemos hablado, y el contraste en las fotografías de Salgado, representan esto mismo.

Sus imágenes, las cuales sobresalen por los espacios y los contrastes, le otorga cierta dignidad al protagonista, provoca empatía y abre una conversación. Si no fuera así, muy probablemente nos encontraríamos con un trabajo que atiende más al morbo como a la documentación, la cual, en sí misma, sirve de forma objetiva para presentar al mundo y la humanidad sus múltiples realidades.  

Una de sus series fotográficas más conocidas, Workers, es la que está conformada por imágenes de una mina de oro de Brasil. En ellas podemos ver Serra Pelada, un enorme agujero, una entrada al infierno, donde miles de personas están siendo explotadas. Esto, como el mismo Salgado dice en La sal de la tierra, es el resumen de su historia, la de la humanidad.

Wenders narra con una voz muy suave (muy al estilo de Werner Herzog en sus trabajos documentales como en Encounters at the End of the World), que en las imágenes de Sebastião Salgado, las personas “después de todo” no son más que “la sal de la tierra”, haciendo referencia al Sermón de la Montaña (también conocido como el Sermón del Monte) de Jesús como parte del Evangelio: “Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su fuerza, ¿cómo se le restaurará su salinidad?”. Pero, ¿en qué sentido lo somos?, ¿acaso se trata de uno negativo asociado a la infertilidad, la destrucción y el dolor? La sal, como se ha interpretado, da “sabor” a las cosas, lo cambia. Si el hombre pierde esa cualidad, cómo es que vamos a interpretar y descubrir la belleza de todo lo demás…

La sal de la tierra es un documental en el que se evidencia la forma en que dos maestros dominan su oficio, uno que tiene muchos rostros y lentes. Wenders documenta el trabajo documental de Salgado (una disculpa por cualquier confusión). Se trata de un trabajo meramente humano que, por eso, adquiere mayor valor. Porque es para nosotros en función nuestra.

Salgado dice en varias ocasiones que su trabajo lo ha enfermado, como con Exodus y Sahel: The End of the World, con tanta miseria y destrucción en un mismo lugar. Sin embargo, esas reflexiones lo han llevado a reconocer la belleza en la fealdad, producida por el hombre mismo, y a formular la premisa que hemos negado siempre: somos parte de un todo, y si hemos sido capaces de reflejar nuestra condición en la miseria, también podemos hacer lo contrario. Con La sal de la tierra, Win Wenders reforzó su lugar como uno de los directores más destacados capaces de dejar la ficción, para dar paso a una serie de documentales humanos que nos realzan como especie y como parte de un mundo que aún podemos salvar (salvándonos a nosotros mismos). 

La Sal de la Tierra está disponible en Amazon Prime.

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