Disney es lo que hace nuestros sueños realidad. En cada una de sus partes, la filosofía de la compañía se ha encargado de convertir a su público (clientes) en un personaje de cuento, en algo más que un espectador que sigue sus pasos con celosía, con cuidado y con la esperanza de experimentar un momento de felicidad. Sus películas han construido una gran parte del imaginario cultural desde la salida de Blancanieves en 1937, el cual podemos considerar como el primer clásico animado. 

A este le siguieron historias inspiradoras que se apegaban a los valores tradicionales de la época en que fueron escritos y adaptados a la pantalla grande. Pinocho, Dumbo, Fantasía y Bambi en la década de los 80 hasta llegar a la fórmula de éxito de los clásicos con el innegable protagonismo de las princesas (irónicamente) como Cenicienta, Alicia en el país de las maravillas (no es princesa, nos queda claro), La bella durmiente en los 50, La sirenita de finales de los 80, La bella y la bestia, Pocahontas y Mulan para el cierre del siglo XX. 

Todos estos sin olvidar a Peter Pan, La dama y el vagabundo, El libro de la selva, Los aristogatos, Robin Hood, El zorro y el sabueso, El rey león, El jorobado de Notre Dame, Hércules y Tarzán. Faltan muchos más, pero estas podrían ser las películas más importantes de Disney, aquellas que definieron no sólo las lecciones de varias generaciones, sino el rumbo que la compañía tomaría en el nuevo milenio y el futuro de la tecnología de animación.  

Disney nos entregó clásicos, historias orgánicas que trascienden en el tiempo y el espacio. Sin embargo, quién iría a pensar que Disney “necesitaría” traer de vuelta todas estas historias con las bondades de las nuevas tecnologías, las cuales han ido cerrando las barreras entre lo caricaturesco y lo que se ve (pero no se siente) real. Y aquí es como volvemos al primer punto: hacen realidad los sueños de su público al que le dice qué quiere ver, pero no siempre lo que necesita. 

La nueva etapa de la compañía ha reimaginado nueve de sus clásicos animados en un formato live action que juega con la animación tradicional, CGI e hiperrealimso. Pero en cada una de ellas (a excepción de Cenicienta y Aladdín, a opinión personal) ha fallado en su intento no de forma catastrófica, pero sí esencial. El rey león de Jon Favreau no ha sido la excepción, y es quizá el mejor ejemplo de la pregunta que no se planteó desde un principio: no es cómo se debe hacerlo, sino si realmente se debe hacer.

¿Debemos revivir una de las historias más populares como El rey león? Con esta nueva producción, la respuesta se puede dividir. Pero hemos de considerar que las expectativas eran enormes en relación a la posibilidad de ver a un personaje entrañable y vulnerable como Simba en un escenario real, tan real, que lo sintiéramos nuestro, que dejáramos de lado la caricatura para entrar en un mundo que hemos interpretado en la realidad. 

Pero no es así. El rey león es casi un remake escena por escena del filme de 1994 que visualmente resulta impresionante. En toda la película, sólo hay una toma “natural”, lo demás es el resultado de un híbrido de animaciones nunca antes visto. 

Pero el león se ve tan real, que se convierte en un problema. En El rey león animado de 1994, podemos ver a un león sufriendo, sonriendo y cantando porque el formato lo permite. Timón se puede poner a bailar hula y Rafiki puede dárselas de ninja porque las posibilidades son infinitas en una película animada, pero no no en una cinta (animada también) que pretende ser real. La tecnología no permite ser espontáneo. 

Las tomas abiertas en El rey león son las mejores. La película arranca con la famosa secuencia de “The Circle of Life” donde los animales se reúnen a rendir pleitesía al futuro heredero de la sabana africana, Simba. La escena de 1994 es poderosa y emocionante, y en el remake se hace justicia a su majestuosidad. Sin embargo, cuando al espectador le toca intimar con los personajes, El rey león pierde gran parte de su encanto y se convierte en algo mucho más simple de lo que debía: un león que se mueve como tal, pero que habla con la voz de un actor o actriz conocido. 

Simba es Hamlet, es un arquetipo complejo que en 1994 se supo representar a través de la figura de un león que se exilia ante la culpabilidad de la muerte de su padre. Ahora, Simba es un león que se escucha como Donald Glover. Y así con el resto de los personajes como Nala y Beyoncé, Sarabi y Alfre Woodard y Scar con Chiwetel Ejiofor. 

Scar resultaba fascinante por representar a ese antagonista shakesperiano que escondía una sexualidad dividida (llegamos a esa conclusión al ver la película a cierta edad, que quede claro). Ahora, es un león que se escucha como Chiwetel Ejiofor. Y no es que el actor lo haga mal, de ninguna manera, pero no hay nada de Scar en Scar, al menos no en el animado. El número musical de este personaje deja su misticismo y las evidentes referencias nazis, para trabajar en una “canción” hablada. No hay hienas marchando, no hay un Scar teatral, no hay llamaradas verdes… 

El rey león tuvo sus aciertos con James Earl Jones, quien regresó después de 25 años a interpretar a Mufasa. Agradecemos esa potencia en su voz en un personaje que se domina porque simplemente no se puede separar del actor. Seth Rogen es el Pumba perfecto mientras Billy Eichner supera sus expectativas. Zazú en manos de John Oliver no se queda atrás y en sus partes, se supera a sí mismo. 

El trabajo de vocalización en El rey león es demasiado bueno, pero la animación no les hace justicia y no porque sea mala, sino todo lo contrario, porque con ella en un primer intento, no se puede jugar con la fantasía y la realidad.

Descubrimos que uno de los personajes atraviesa una carga emocional específica por la voz, no por la naturalidad de la escena. Esto, desde un punto de vista objetivo, puede afectar la conexión del público con el personaje, sobre todo con el Simba frío que vemos en pantalla. 

No sabemos si esa falta de expresiones en los personajes/animales tiene el firme propósito de hacer sentir el filme más real en el gran trabajo de fotorrealismo que se realizó. O quizá la tecnología, esta vez, no estuvo a la altura de la historia que iba a contar. Preferimos pensar en la segunda y en la idea de que Disney y sus estudios, hagan algo más con las posibilidades de un live action. Es decir, en historias originales que no afecten algo que ya está íntimamente arraigado a nuestro imaginario.

El círculo de la vida de Disney se alteró un poco con la entrada de los live action y la prisa por cubrir cada uno de ellos, pero no todo es fatal, ni está perdido. El rey león puede servir como un ensayo y error de los planes a futuro que podrían apelar a la misma magia que construyó la enorme cantidad de clásicos animados en el pasado.