Hay pocas cosas tan omnipresentes en el planeta como el plástico. La mayoría de lo que consumimos viene en envases y bolsas de este material. Frecuentemente, compramos productos con triple envoltura con algún tipo de plástico. Además, se trata de un componente utilísimo para la manufactura de todas las industrias: desde la automotriz hasta la de los videojuegos, pasando por el enorme espectro intermedio. Se calcula que más o menos se producen 300 millones de toneladas anuales a nivel mundial; de ellas, al menos 50% es de un solo uso. ¿Su vida útil? En promedio es de 15 minutos. Igualmente, cada año acaban unas 30 toneladas de este material en vertederos y 8 millones en los océanos. En ellos, se estima que hay más de 5 billones de piezas botadas desde hace quién sabe cuántas décadas. El tamaño de su impacto ambiental es, por decir lo menos, enorme.

¡Deja esa relación tóxica! Replanteemos nuestra relación con el plástico

El problema con el plástico es múltiple. Por un lado, es fácil de producir y, hay que decirlo, ayuda a solucionar muchísimos contratiempos relacionados con la distribución de productos. Por ello mismo, su uso se ha generalizado tantísimo a lo largo de las últimas décadas. Por otro lado, su producción, utilidad, reciclaje y el aprovechamiento de residuos es complejo, costoso y desigual en las partes del proceso. Se trata de un ciclo de vida que no está unificado; por lo mismo, a la fecha es difícil establecer estándares que cuiden su impacto ambiental. Encima, se calcula que para 2040 el plástico puede representar 1,300 millones de toneladas en el planeta—triplicando sus cantidades actuales.

En ese contexto, la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA) acaba de impulsar un tratado que bien podría ser histórico, para atender el problema del plástico en la crisis ambiental.

¿Qué implica este tratado?

En una reunión de la UNEA celebrada en Nairobi, Kenia, representantes y ministros de 173 acordaron comenzar las negociaciones para un acuerdo global para reducir la producción de plástico de los países, así como de mejorar su reciclaje y manejo. Éste es un esfuerzo que viene preparándose desde la COP24 (por allá de 2018) y que requiere de cooperación y colaboración entre la mayor parte del mundo. La fecha límite para el establecimiento del tratado es 2024; para entonces, debe haber objetivos claros establecidos; asimismo, fechas de concreción y mecanismos de ayuda financiera para los países más pobres; y más importante aún, procedimientos de aplicación e implementación del tratado. Por el momento no es más que un manojo de promesas, pero los más entusiastas se comienzan a referir a él como el más grande logro de política ambiental en términos internacionales desde el Acuerdo de París de 2015-2016.

Llama la atención el contexto mundial en el que se da el anuncio. No se puede olvidar que actualmente hay un conflicto enorme por la invasión de Rusia a Ucrania. Las fichas del tablero internacional no terminan de acomodarse, sobre todo en la medida que el mundo entero está tratando de encontrar las formas de acorralar a Putin, particularmente a través de los mercados de energéticos. En ese sentido, la resolución sobre el problema del plástico de la UNEA en estos días da un mensaje interesante: en medio de todo, y a pesar de todo, siguen existiendo las posibilidades de la colaboración multilateral en temas que—para bien y para mal—trascenderán la coyuntura inmediata. Lo que sucede actualmente en Ucrania es desolador, pero la crisis ambiental no se detendrá por ello; de hecho, es incluso probable que se agrave en la región por la guerra misma. 

Un largo y tortuoso camino por delante

No obstante lo anterior, este tipo de esfuerzos no dejan de ser incompletos. Con frecuencia se critican estas iniciativas por no ser lo suficientemente apremiantes. El cambio climático y la crisis ambiental no están a la vuelta de la esquina; más bien, ya están más que presentes en distintas latitudes del planeta. El exceso de producción y pésimo manejo de residuos del plástico será un problema inmanejable en 2040; sin embargo, no por ello deja de ser una realidad alarmante hoy en día. Dar dos años para redactar el tratado, establecer objetivos después a largo plazo y ver cómo lidiar con retrocesos y obstáculos en el camino da una sensación de que sobra el tiempo para atender las enormes cantidades de plástico en el planeta. Un plumazo no podrá contener esta crisis. Aunque, vaya, claro que por algún punto se debe comenzar.

Al tratado le tendrán que seguir las complejidades de la política pública de cada país firmante. Legislaciones nacionales y regionales que enfrentarán reticencia de industrias y personas. El mercado mundial de plástico asciende a 580,000 millones de dólares anuales. Y un puñado de empresas son las que cargan con la mayoría del desperdicio generado por este material en el planeta. De tal modo, no sorprenderán los torrentes de demandas que acompañarán a las implementaciones de este tratado, si se logra concretar a nivel internacional. Frente al problema del plástico, no sirven de mucho los discursos de que el cambio comienza con uno mismo. Ojalá que el trabajo de la UNEA presente una piedra angular para resolverlo. El tiempo dirá si fue algo histórico o pura llamarada de petate.

La CDMX y el plástico nuestro de cada día

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